Cervantes, Don Quijote, I, XIV
Una a una las cápsulas, en la palma de la mano derecha, entre los dedos, rodando entre el pulgar y el índice, pequeñas balas rosadas que no herirán la sien, que se disgregan tras cada sorbo de agua en los oscuros ácidos del estómago y en la sangre suicida que tan débilmente late en los párpados y en las muñecas donde las duras venas trazan un surco como una cicatriz sobre la carne amarilla, monedas graduales para contar y tachar cada minuto y hora de la noche última, para adquirir no la muerte, que aun ahora es inconcebible y abstracta, sino una ávida somnolencia apaciguadora del pensamiento y de la fatiga, una dulzura semejante a la del viajero que llegó muy tarde al hotel de una ciudad lejana donde nadie lo espera y entra derribado de sueño en las frías sábanas desconocidas que se van volviendo hospitalarias al calor de su cuerpo y ya lo abrigan, cuando va a dormirse y pierde los asideros del tiempo, de la razón, de la memoria, como la oscuridad de un dormitorio de la infancia. Las cápsulas, sobre la mesa de noche, el vaso de agua, los cigarrillos, la curva justa de la almohada donde reposa la nuca sin hundirse del todo, de manera que elude la horizontalidad de un cuerpo muerto o enfermo y permite la contemplación sin esfuerzo de la ventana abierta, a la derecha de la habitación, de la puerta tan cautelosamente cerrada que ya nadie va a abrir, del propio cuerpo cuya figura se borra hacia los pies de la cama como una duna gastada por el viento. Están hechas de una materia tersa que las uñas no pueden hundir, neutra en el paladar, deslizada y neutra en la garganta, lentamente horadada y mordida, como una moneda en una copa de ácido, cuando llega al estómago y diluye en él, en esa lóbrega cavidad ignorada que forma parte de mí tan indudablemente como mis manos o mi rostro, su dosis de veneno y deseado letargo, su dulzura de mano tendida en la oscuridad que roza los párpados y les concede el sueño como si devolviera la vista a los ojos de un ciego. Sólo quien elige el modo y la hora de su propia muerte adquiere a cambio el derecho magnífico de parar el tiempo. Arranca agujas y números, deja vacío el doble recipiente inverso del reloj de arena, vierte en el suelo el agua de la clepsidra como si derramara una copa de vino. Queda entonces la forma pura y extraña del cristal, la esfera en blanco, oblea o círculo de papel, la interminable duración inmóvil de un reloj detenido en la muñeca de muerto o en el salón de una casa vacía. No hay nada sino tiempo estéril entre dos latidos del corazón, entre una cápsula y un sorbo de agua, entre dos instantes tan despojados de sustancia propia como la extensión de un desierto, pero él, Minaya, no lo sabe, y acaso no lo sabrá nunca, porque imagina todavía que el tiempo está hecho a la medida de su deseo o de la negación de su deseo y escruta los relojes como un astrólogo queriendo averiguar en ellos la perentoria forma de su porvenir. En la estación de Mágina mira el gran reloj suspendido de las vigas metálicas de la marquesina, camina hacia el final del andén, hacia las luces rojas y la noche donde se pierden los raíles, pregunta a qué hora llegará el tren correo de Madrid, comprueba en su reloj de pulsera que es cierto el voraz avance hacia la medianoche que señalan las agujas en la gran esfera amarilla colgada como una luna sobre su cabeza. Las doce, muy pronto, las campanadas en la plaza del General Orduña, en el gabinete, en la biblioteca donde aún queda el olor de los cirios y de las flores funerales, el tren que ya costea el Guadalquivir y silba cuando empieza a remontar la ladera de Mágina, con sus ventanas iluminadas y fugaces entre los olivos y sus largos vagones del color del plomo, lento y nocturno como los trenes que conducían a los hombres hacia un horizonte deslumbrado por los fulgores de una batalla que retumbaba en el aire y sobre la tierra como una lejana tempestad. Pasivamente espera la llegada del tren que lo arrebatará de Mágina y la imposible aparición de Inés, igual que la esperaba otras veces fingiendo que ordenaba libros en la biblioteca o fumando a oscuras en su dormitorio, sin que su voluntad hiciese nunca nada para cumplir o apresurar su deseo, sólo paralizarlo en la espera, en la dolorosa conciencia de cada minuto que transcurría sin ella, de cada paso o crujido en el silencio de la casa que le anunciaban la venida de Inés para desmentirla sin escrúpulo cuando más indudablemente cerca la creía. Y para mitigar el dolor se ha impuesto a sí mismo un simulacro de coraje, como un amante traicionado que cultivara la humillación y el rencor queriendo exigirles un brío de voluntad que ya le niega su orgullo fracasado, y mira el reloj y empuña la maleta diciéndose casi en voz alta que ojalá llegue cuanto antes el tren, porque cuando suba a él y se acomode en su asiento con los ojos cerrados y la estación empiece a deslizarse al otro lado de la ventanilla por la que jurará no mirar, la definitiva imposibilidad de volver en busca de Inés o de seguir esperándola extinguirá de un solo tajo, supone, el suplicio lento de la incertidumbre. Pero probablemente el tren viene con retraso, como todas las noches, y el fiero, el instantáneo, el ya vencido propósito de partir, se disgrega en la prolongación de la espera como un gesto de humo, y Minaya cruza el vestíbulo vacío muy a la zaga de su deseo, que ya lo precede y sale de la estación como un mensajero demasiado veloz, y se detiene en la puerta, junto a los taxis alineados que también aguardan la venida del tren, y recostado en el quicio deja en el suelo la maleta y fuma melancólicamente mirando la doble hilera de tilos por donde viene una sombra a la que asigna los rasgos y el andar de Inés hasta que la cercanía y la cruda luz blanca de las farolas deshacen su espejismo. Pero es así como él ha esperado siempre, mucho antes de venir a Mágina y de conocer a Inés, porque la espera es tal vez el único modo que concibe la materia del tiempo, no una cualidad añadida a sus deseos, sino un atributo de su alma, igual que la inteligencia o la propensión a la soledad y a la ternura, y no sabe que seguirá esperando cuando suba al tren y cuando a las siete de la mañana salga aterido y sonámbulo de la estación de Atocha y camine de nuevo por la vasta ciudad que el amanecer y la ausencia habrán vuelto desconocida. Así esperó esta tarde, en el dormitorio, mientras guardaba su ropa y sus libros y los manuscritos de Jacinto Solana y se ponía ante el espejo la corbata negra que alguien, Utrera o Medina, le había prestado para el entierro de Manuel, así fue postergando la hora de bajar a la biblioteca para enfrentarse a los rostros que iban sin duda a acusarlo, al rostro muerto y transfigurado que ya parecía una máscara inexacta no de Manuel, sino de cualquiera de los hombres muertos que Minaya había visto desde su infancia, la doble máscara de sus padres, bajo el cristal de los ataúdes, envuelta en terciopelo y vendas y algodones de clínica, el rostro goteante y deshecho sobre una mesa de mármol, la imaginada máscara funeral de Jacinto Solana. Como trofeos sin gloria guardó en el fondo de la maleta los manuscritos y el cuaderno azul, el casquillo de bala envuelto en un trozo de periódico, una larga cinta rosa con la que Inés se sujetaba a veces el pelo y que él le desató anoche mientras la besaba, pero antes de cerrar la maleta apartó los libros y las camisas planchadas y dobladas por ella y recobró el casquillo, guardándoselo luego, tras un instante de indecisión, con el gesto de alivio de quien descubre al salir que ha estado a punto de olvidar la llave de su casa. Pensó, me ha dicho, cuando ya había ajustado los cierres de la maleta y examinado con pudor cobarde el nudo de su corbata y la raya minuciosamente trazada en su pelo húmedo, que no tenía verdadero derecho a recluirse en la nostalgia, que nunca, ni siquiera en los días en que sus conversaciones con Manuel y el trato usual con los libros y la caligrafía de las fichas le otorgaban la plácida sensación de vivir una vida perdurablemente sustentada en algunas costumbres más fieles que la exaltación o la felicidad, de tal modo que ya no sabía imaginarse viviendo en una ciudad que no fuera Mágina o entregado a un trabajo distinto al de catalogar la biblioteca, había íntimamente dejado de ser un huésped al que la misma norma de hospitalidad que lo aceptó en la casa terminaría alguna vez por exigirle que se marchara de ella. Tenía abiertos de par en par los postigos del balcón, y el sonido del agua que se derramaba y ascendía sobre las tazas de la fuente y el perfume de las acacias recién florecidas llegaban como una brisa húmeda para agregar al presente y a la proximidad del viaje el peso delicado y muerto de un dolor más antiguo que su conciencia y más letal que sus recuerdos. La maleta hoscamente cerrada sobre la cama daba al dormitorio entero la apariencia lúgubre y despojada de una habitación de hotel. Como en ellas, como en ese trance en que el viajero, cuando ya se marchaba, vuelve para comprobar que no deja nada olvidado y abre otra vez los cajones vacíos y las puertas del armario donde oscila solitariamente una percha, Minaya entendió que ese lugar y esa casa nunca lo habían aceptado entre los suyos, porque aun antes de que saliera de allí ya los muebles, el olor tibio de la madera y de las sábanas, el espejo donde una vez vio que Inés se le acercaba desnuda y lo abrazaba por la espalda, renegaban de él como cómplices súbitamente desleales y se apresuraban a borrar toda prueba o signo del tiempo que permaneció entre ellos y a fingir que recobraban la misma hostilidad impasible con que lo recibieron la primera vez que entró en el dormitorio, volviéndole la espalda como aquella tarde cuando él les pedía una señal sola y última no de hospitalidad, sino de reconocimiento y despedida. Porque abajo, en la biblioteca, los otros, los habitantes ciertos de la casa, rodeaban el ataúd de Manuel y murmuraban rezos o memorias o dictámenes tristes sobre la brevedad de la vida o las dolencias homicidas del corazón acogidos a la voluntaria penumbra, esperando a que él llegara para recibirlo con su confabulado silencio de reprobación, preguntándose qué hacía, por qué no había bajado aún, por qué anoche, cuando llegó Medina, se encerró en su dormitorio y no volvió a salir hasta muy entrada la mañana, recién duchado y silencioso, como si no lo aludiese el luto o no supiera respetar los pormenores de su ceremonia. Utrera sabe, temía, Utrera vio la cinta rosa sobre la mesa de noche y olió el rastro y el sudor de los cuerpos, y ahora nos acusa en voz baja con su agraviada lucidez, con su rencor de viejo verde que reprueba y condena lo que no puede alcanzar. Salió Minaya al gabinete, porque nunca abandonaba su dormitorio desde la puerta que daba al corredor, y, en ese instante en que la urgencia de decidir un acto había apartado de su pensamiento la figura de Inés, la vio a ella, parada en la galería, de perfil, con su blusa de luto, como perdida en una encrucijada, y cuando quiso alcanzarla estaba solo en el corredor y el rostro de Inés era como esos fulgores en la oscuridad que se vislumbran con los ojos cerrados. Corrió hacia la esquina donde ella había desaparecido y siguió escuchando sus pasos en los salones vacíos y en las escaleras que había pisado una sola vez, la tarde de febrero en que subió a las habitaciones de doña Elvira. Dulce Inés imposible y espía, espina de la persecución, coartada de todo deseo y de toda vileza. Cuando ya se creía extraviado en las habitaciones sucesivas e iguales como juegos de espejos halló el camino que buscaba al reconocer sobre una cómoda a aquel niño Jesús que alzaba su mano de escayola pálida bajo una campana de cristal, señalando con el dedo índice el recodo oculto y la escalera que conducían al dormitorio donde doña Elvira se recluyó veintidós años atrás para no seguir presenciando la decadencia del mundo y el obstinado fracaso de su hijo. Pero ahora el desorden de cuya amenaza había huido en junio de 1947 como un rey despojado que elige el destierro sin abdicar de su corona y su orgullo, parecía haber roto invasoramente los muros y puertas cerradas que levantó contra él y que la defendieron durante veintidós años, porque cuando Minaya entró en el dormitorio iluminado por los ventanales del invernadero vio ante sí un lugar tan irreconocible como esas calles que al amanecer aparecían arrasadas por un bombardeo nocturno sin que uno pudiera reconocer ni un solo pormenor de lo que habían sido hasta unos minutos antes de que empezara el largo sonido de las sirenas y el estrépito incesante y temible de los aviones enemigos. Igual que entonces, igual que aquellas mujeres tapadas con pañuelos negros que buscaban entre los escombros y recobraban acaso un retrato de familia absurdamente ileso o una cuna con los barrotes retorcidos, Inés, arrodillada entre el desastre, ordenaba pausadamente viejos vestidos rasgados o pisoteados con saña por doña Elvira después de volcar en el suelo los cajones donde tal vez habían permanecido desde los primeros años del siglo, reunía cartas y postales, partituras de sonatas tristes y de habaneras que doña Elvira debió bailar en el tiempo de su inconcebible juventud, máscaras de carnaval, mantelerías bordadas, largos guantes de seda que yacían entre las ropas sucias de la cama como manos amputadas, revistas de crímenes atroces, antiguos magazines de sociedad con litografías, en papel satén trizadas por las tijeras ávidas, solemnes libros de contabilidad contra los que doña Elvira había roto y pisado luego un frasco de maquillaje. «Empezó esta mañana», dijo Inés, como si consignara los efectos de una catástrofe natural cuya violencia no puede atribuirse a nadie, «vino aquí cuando los de la funeraria bajaron a la biblioteca el cuerpo de don Manuel, y no quiso que ninguna de nosotras la ayudara a subir. Se encerró con llave, y empezó a volcarlo y a romperlo todo y a vaciar todos los cajones». Sin lágrimas, sin un solo gesto de desesperación o de evidente locura, tan metódicamente empeñada en sembrar en torno suyo el desorden como el general de un ejército que administra y calcula la devastación para siempre de una ciudad conquistada y siembra de sal las fosas donde estuvieron sus cimientos. «Hace un rato nos llamó. Estuvo tirando de la campanilla hasta que Amalia y yo llegamos. Ya se había peinado y se había vestido para el entierro y parecía que hubiera estado llorando, pero yo no le vi las lágrimas, y eso que se ha llenado toda la cara de polvos.» También Inés estaba ya vestida de luto, y la blusa negra y la falda ajustada añadían prematuramente a su cuerpo una parte de la delgada y grave plenitud que alcanzará dentro de unos años y que ahora sólo algunos de sus gestos preludian, cuerpo desconocido y futuro que ya no tocarán estas manos que lo adivinaron en caricias como profecías, y que Minaya ignora, porque todavía no ha aprendido a mirar los cuerpos en el tiempo, que es la única luz que revela sus verdaderos rasgos, los que una pupila y un instante no saben descubrir. Torpe y cobarde, como en los primeros días, agraviado por la sensación de haber perdido a Inés tan inexplicablemente como se le concedió su ternura, sólo acertó a decirle, con una frialdad que supuso contagiada de la que advertía en ella, unas pocas palabras que le hicieron sentirse, también él, desconocido e inerte, desertor de la memoria de tantas noches y días fríamente arrojados a la aceptación del olvido, cómplice no de la culpa, sino del arrepentimiento, de la simulación, de las viles miradas fijas en el suelo. Igual que la primera vez que la vio, Inés tenía el pelo recogido en la nuca, liso y tenso en las sienes, de modo que al descubrir del todo la forma de sus pómulos y de su frente depuraba la gracia de su perfil, pero un solo bucle castaño, translúcido, casi rubio, desprendido al azar cuando se inclinaba para recoger algo, le caía sobre la cara y casi le rozaba los labios, rizado y leve como una cinta de humo que Minaya hubiera querido tocar y deshacer en sus dedos con el mismo sigilo con que en otro tiempo apartaba las sábanas sobre los pechos desnudos y el vientre y los muslos de Inés para verla dormir. Borrosamente le pidió que le dejara ayudarla, y ella, al apartarse como para eludir una caricia que tal vez deseaba y que Minaya nunca se hubiera atrevido a iniciar, dejó caer el puñado de antiguas postales que había estado recogiendo. Balnearios blancos con damas de altos sombreros sentadas en torno a los veladores, casinos junto a un mar de olas rosa y vistas heráldicas de San Sebastián en atardeceres coloreados a mano, con yuntas de bueyes que retiraban de la playa las listadas casetas de los bañistas, una estampa en recuerdo de la primera comunión del niño Manuel Santos Crivelli, celebrada en la iglesia parroquial de Santa María, de Mágina, el 16 de mayo de 1912, una carta, de pronto, con sello de la República, dirigida a don Eugenio Utrera Beltrán el 12 de mayo de 1937. «¿Te habías fijado en esta carta?», dijo Minaya, incorporándose, y sacó del sobre, con extremo cuidado, como si levantara las alas de una mariposa disecada procurando que no se le deshicieran en los dedos, una cuartilla escrita a máquina, casi quebrada en los dobleces. «Es raro que doña Elvira la tuviera aquí. Se la mandaron a Utrera.» «Esa mujer ha estado siempre loca», dijo Inés, mirando apenas la carta, «la guardaría como lo guardaba todo». La fecha del encabezamiento, escrita bajo un membrete de caligrafía floreada («Santisteban e Hijos, Anticuarios, Casa Fundada en 1881») era la misma que la del matasellos, e incluía a la carta, aun antes de que Minaya comenzara a leerla, en la franja del tiempo en que sucedieron la boda y luego la muerte de Mariana, convirtiéndola así en una parte de aquella materia sobrevivida que él no podía tocar sin estremecerse, igual que el casquillo de bala y el trozo de periódico donde lo encontró envuelto y la flor de tela blanca que Mariana llevaba en la fotografía nupcial y que Inés se puso una noche en el pelo. «Madrid», leyó, «12 de mayo de 1937», pensando que en aquel mismo día tan impasiblemente consignado por la máquina de escribir Mariana estaba viva aún, que el tiempo que ella habitaba no era un atributo exclusivo de su persona o de la historia que en torno suyo ya se iba cerrando para guiarla hacia la muerte, sino una vasta realidad general a la que también pertenecían aquella carta y el hombre que la escribió. «Sr. D. Eugenio Utrera Beltrán. Querido amigo: Me complace informarle que el próximo día 17 de los corrientes llegará a ésa nuestro colaborador D. Víctor Vega, de cuya reputada pericia en el difícil arte del anticuariado no es preciso que yo me haga valedor ante Vd., que ya sabe los años que el Sr. Vega lleva empleado en esta Casa y la alta estima en que se le tiene en ella. Tal como quedó convenido, el Sr. Vega informará a Vd. de los extremos que tan vivamente le interesan de nuestro negocio, en el que espero se decida Vd. a participar con el buen gusto y la solvencia de que hizo siempre gala en relación con las Bellas Artes. Le informo, asimismo, que el Sr. Vega se hospedará a su llegada a Mágina en el Hotel Comercio de esa Plaza, esperando allí la visita de Vd. el mismo día 17. Suyo affmo., M. Santisteban.» Miró las letras de ese nombre, Víctor Vega, lo pronunció en voz alta, al filo de una revelación, preguntándose dónde lo había escuchado o leído, agradeciendo luego al azar la ocasión de descubrir lo que de otro modo nunca habría dilucidado su inteligencia. Y cuando bajó por fin a la biblioteca, cuando tuvo ante sí la penumbra y los rostros hostiles que lo acusaban en ella, llevaba en un bolsillo la carta como una certeza que lo volviese invulnerable y más sabio, único dueño de la claridad, como esos detectives de los libros que reúnen en el salón a los habitantes de una casa cerrada donde se cometió un crimen para revelarles el nombre del asesino, que aguarda y calla y se sabe condenado, solo y manchado entre los otros, que aún ignoran su culpa. Era, esta tarde, como empujarlo hacia la conclusión de un misterio, como ordenar sus pasos y su pensamiento desde la oscuridad, desde la literatura, temiendo que no se atreviera a llegar al final y no deseando todavía que persistiera en su búsqueda más allá del límite señalado, era estar viendo lo que veían sus ojos y percibir con él el olor de los cirios que ardían junto a los ángulos del ataúd y de las flores de muerto que lo circundaban como los bordes de una sima en cuyo fondo yacía Manuel, como la vegetación de un pantano en el que se estaba hundiendo muy despacio, irreconocible ya, con las manos atadas por un rosario que se le enredaba en los dedos amarillos y rígidos y los párpados como apretados o cosidos en la obstinación de morir, sin dignidad alguna, sin esa quietud que las estatuas atribuyen a los muertos, humillado de escapularios que doña Elvira ordenó que le colgaran al cuello y vestido con un traje que parecía de otro hombre, porque la muerte, que había exagerado los huesos de su cara y la curva de su nariz y borrado la línea de la boca, hizo también más pequeño y frágil su cuerpo, de tal modo que cuando Minaya se asomó al ataúd fue como si contemplara el cadáver de un hombre a quien no había visto nunca. Salvo a Medina, que ostensiblemente no rezaba, que se mantenía erguido y en silencio como afirmando contra todos la dignidad laica de su dolor, un rastro de aquella transfiguración de Manuel contaminaba a los otros, envolviéndolos en el mismo juego lúgubre de claridad y movediza penumbra que establecían los cirios y que probablemente, como la disposición del catafalco y de las colgaduras negras que lo cubrían, había sido calculado por Utrera para obtener en la biblioteca un efecto de escenografía litúrgica. El espacio entero de la biblioteca cobraba bajo aquella luz una pesada sugestión de capilla y de bóveda, y los antiguos, los usuales olores de la madera barnizada y del cuero y del papel de los libros habían sido desalojados por un denso aliento de iglesia y de funeral no discernible de los primeros indicios de corrupción que ya se diluían en el aire. Estaban sentados en semicírculo alrededor del ataúd, bultos sin relieve ni posibilidad de movimiento bajo las ropas de luto que los ataban a la sombra, abriendo apenas los labios mientras rezaban, como si la voz unánime acompasada en el ritmo de las letanías no surgiera de sus gargantas, sino de la oscuridad o del olor de los cirios, emanada de la rígida pesadumbre del duelo como una sucia segregación, y cuando entró Minaya no levantaron sus pupilas para fijarlas en él, sino en un punto del espacio ligeramente apartado de su presencia, como si en lugar de un cuerpo hubiese empujado la puerta una corriente del aire, cerrándola luego con un golpe amortiguado. Estrechó la mano de Frasco, que se levantó ceremoniosamente para darle el pésame en un tono de voz demasiado alto, provocando una mirada de ira de Utrera, una imperiosa orden de silencio. O tal vez no fue el tono de la voz, pensó Minaya, sino el solo hecho de que Frasco, al darle el pésame, le estaba reconociendo un vínculo de familia con Manuel que Utrera consideraba ilegítimo. Sin atreverse a decirle nada a doña Elvira, que tenía la cara medio tapada por un velo translúcido y dirigía el rezo del rosario deslizando las cuentas entre sus dedos afilados como patas de pájaro, Minaya fue a sentarse junto a Medina y supo por él los pormenores del escarnio. «Han sido ellos», le dijo el médico al oído, «la vieja y ese parásito, ese meapilas. Mire lo que han hecho con Manuel, ese rosario en las manos, esos escapularios, el crucifijo. Él dejó bien claro en su testamento que no quería un entierro religioso, y ya ve lo que han hecho, han esperado a que se muriera para conseguir lo que no pudieron cuando estaba vivo. Y si no llega a ser por mí, que les armé un escándalo, me lo entierran con hábito de nazareno. ¿Dónde se había metido usted? Me he pasado toda la mañana buscándolo. Tengo algo muy importante que decirle». Utrera otra vez les exigió silencio, llevándose teatralmente el dedo índice a los labios, y Medina, con irónica gravedad, se cruzó las manos sobre el vientre como parodiando el gesto de un canónigo. «Ese tipo ya lo sabe. Por eso lo mira a usted así. Está muerto de envidia.» «No le entiendo, Medina.» Gordo, magnánimo, Medina sonrió para sí y dedicó a Minaya una mirada como de clemencia, de incrédula admiración hacia su juventud y su ignorancia. «Todos lo saben ya, hasta Frasco, que se ha alegrado tanto como yo. Manuel cambió hace una semana su testamento. Ahora es usted su heredero universal. Claro que eso no le servirá de mucho durante unos pocos años, porque doña Elvira dispondrá de todos los bienes en usufructo hasta que se muera. Y esa mujer es capaz de llegar a los cien años si se lo propone, igual que ha vivido hasta ahora, únicamente por despecho.» De modo que ahora, al final, cuando consumaba el preludio de la expulsión, las palabras de Medina le otorgaban bruscamente el derecho no a la posesión de la casa o de «La Isla de Cuba», porque ese era un término desasido y abstracto que no sabía concebir, sino a la pertenencia a una historia en la que hasta entonces había sido testigo, impostor, espía, y que ahora, en un futuro que tampoco era capaz de imaginar, iba a prolongarse en él, Minaya, dejándole sin embargo, lo sabría luego, muy pronto, cuando llegara a la estación para comprar un solo billete hacia Madrid, la misma sensación de inconsolado vacío de quien despierta y comprende que ningún don de la realidad podrá mitigar la pérdida de la dicha que acaba de conocer en su último sueño. Aturdido, como si lentamente despertara, abandonó el letargo en que lo sumían la espera, la penumbra y el rumor de los rezos y salió al patio en busca del alivio del aire y de la rosada y amarilla luz que sólo se volvía blanca en las losas de mármol, blanca y fría en el espejo del primer rellano, resonante de voces, porque en ese patio todo sonido, una risa, una voz que dice un nombre, unos pasos, un aleteo de paloma sobre los cristales de la cúpula, adquiere la firmeza nítida y deslumbrante de los guijarros en un cauce de agua helada, y las cosas que ocurren en él, aun el acto tan leve de encender un cigarrillo, parecen, magnificadas por su sonoridad, estar sucediendo para siempre. Tal vez por eso, cuando Utrera salió tras él y comenzó a acusarlo, Minaya estuvo seguro de cada una de las palabras que iba a decir y de que ése era el único lugar donde debía pronunciarlas. Ahora no llevaba un clavel blanco en el ojal, sino un botón de luto, y una ancha faja de tela negra cosida en una manga, lo cual le daba un aire como de guiñapo mutilado. Le pidió fuego, acercándose mucho, como un bujarrón o un policía, menudo, expulsando el humo en rápidas bocanadas, decidido a la injuria, a no callar ni una sola ofensa. «No sé qué espera, no sé por qué no se ha marchado todavía, cómo se atreve a seguir aquí, a entrar en la biblioteca, a burlarse de nuestro dolor.» «Manuel era mi tío. Tengo el mismo derecho a velarlo que cualquiera de ustedes.» Se asombraba de su propia audacia, de la firmeza de su voz, más indudable y clara en la sonoridad del patio, muy cercana, de pronto, a una apetencia de crueldad, involuntariamente complacido en acceder a un asedio que se convertiría en celada para su acusador justo cuando él, Minaya, lo quisiera, con sólo mostrar la carta o el casquillo que guardaba en su chaqueta o decir una o dos palabras necesarias. «No me mire así, como si no me entendiera. No esté tan seguro de que nos ha engañado como engañó al pobre Manuel. Usted lo mató, anoche, usted y esa mozuela hipócrita con la que se revolcaba en el lugar má