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Anoté los números del uno al diez y al lado de cada número escribí un punto hiriente, tal y como yo lo recordaba.

1. Delirante

2. ¿Esperaba yo que las pasara canutas y me cabreaba si no era así?

3. Paranoica

4. Imaginarios

5. y Demasiadas atenciones

6. Triquiñuelas tontas

7. ¿Le llamaba con cualquier ocurrencia insignificante y esperaba que él hiciera indagaciones?

Por más que lo intentara, no di con nada para los números ocho, nueve y diez, de modo que les puse una cruz. Con esos siete puntos ya bastaba.

Sabía que Wyatt se equivocaba en una cuestión. Yo no había imaginado nada. Alguien al volante de un Chevrolet blanco sin duda se había pegado a mi coche, sin duda había intentado seguirme y sin duda había aparcado al otro lado de la calle, delante de Great Bods. La gorra de béisbol, las gafas de sol, la estructura facial… había visto suficiente como para saber que la persona que me esperaba aparcada era la misma que había intentado seguirme un rato antes. Y ayer, una mujer al volante de un Chevrolet blanco sin duda me había seguido hasta Great Bods. Quedaba por aclarar si eran una sola persona, la misma persona, pero ¿de qué otro modo podía explicarse que quien me seguía hoy supiera dónde trabajaba?

Pero mi imaginación se estancaba cuando intentaba encontrar algún motivo de que me siguieran. No iba por ahí con grandes sumas de dinero. No había robado un banco ni enterrado el dinero en algún sitio. No era el contacto de ningún espía y, la verdad, ¿qué iba a hacer un espía en el oeste de Carolina del Norte? Tampoco tenía un antiguo amante ni amigo ni familiar que fuera espía o ladrón de bancos, que se hubiera escapado de la cárcel, y que hubiera obligado a los federales a mantenerme vigilada, por la posibilidad de que ese antiguo amante, amigo, o lo que fuera, intentara contactar conmigo y… Vale, esto estaba ampliando los límites del enredo hasta Hollywood.

Comprendí que mi forma de pensar se alejaba de la de Wyatt precisamente en eso. Para él, no existían motivos de que me siguieran, ergo nadie me seguía. En lo que diferíamos era en que yo sabía que quien se puso detrás en el carril de girar era además el conductor que había aparcado al otro lado de la calle, y que por cierto había llegado antes que yo. No tenía ninguna prueba, pero las pruebas y estar segura de algo no son lo mismo.

Por lógica, si no imaginaba las cosas, entonces tampoco era una paranoica. Había tenido mis dudas yo también, porque no entendía por qué alguien iba a seguirme. Pero en cuanto comprendí que estaba claro que me habían seguido, el motivo dejó de importar, al menos en lo que respecta a la paranoia, a no ser que tuviera delirios, en cuyo caso nada de esto importaba porque no estaría sucediendo.

Dos puntos revisados; sólo quedaban cinco.

El comentario sobre «ideas delirantes» me molestaba. No estoy loca ni tengo ideas delirantes. A veces empleo un medio enrevesado para conseguir lo que quiero, pero suelo hacerlo para inducir a alguien a pensar que soy un peso ligero mental y a subestimarme, o porque disfruto con los medios tanto como con los fines. Wyatt nunca me había subestimado. Él ve mi representación de la cabezahueca como lo que es: una estrategia. A mí me gustaba ganar tanto como a él.

Entonces, ¿a qué se refería con lo de delirante? No sabía cómo contestar a aquello. Él tendría que ofrecer su propia respuesta.

Los otros cuatro puntos eran complicados y excesivamente serios como para intentar afrontarlos en ese momento. Estaba demasiado cansada, demasiado estresada, demasiado afectada. Wyatt y yo estábamos a punto de dejarlo, y no sabía qué podía hacer al respecto.

Empezaba a dormirme cuando me di cuenta de que no había dicho una sola palabra sobre mi nuevo corte de pelo. Lo demás no lo había conseguido, pero eso sí: me eché a llorar.

Dormí, pero no demasiado bien y no mucho. Tampoco mi subconsciente proporcionó alguna respuesta milagrosa a mis problemas.

No obstante, el sentido común me decía que no podía actuar como si el tiempo se hubiera detenido. La fecha de la boda seguía programada hasta que Wyatt y yo decidiéramos lo contrario; eso significaba que tenía mucho trabajo que hacer. Mi nivel de entusiasmo no estaba a la altura del día anterior -de hecho, estaba bastante próximo a cero- pero no podía permitir que el ritmo aflojara.

Mi primera parada aquella mañana fue el negocio de Jazz: Calefacción y Aire Acondicionado Arledge. Jazz ya no llevaba personalmente el trabajo de instalación, tenía empleados para eso, pero sí acudía a las obras nuevas y calculaba cuántas unidades iban a ser necesarias, cómo de grandes, dónde colocarlas, dónde situar los conductos de ventilación para lograr la máxima eficacia, ese tipo de cosas. Gracias a Luke y a que había husmeado un poco, sabía que esta mañana iba a estar en su oficina en vez andar por la calle en alguna obra.

La oficina era un pequeño edificio de ladrillo en un polígono industrial con una necesidad lamentable de programas de embellecimiento; toda la sección, no sólo el edificio de Jazz. Nunca antes había estado ahí, de manera que ver el edificio me dio una nueva perspectiva del papel de Jazz en su situación matrimonial. Imaginad algo vulgar y sin adornos, ni siquiera un arbusto plantado en el resquebrajado sendero de cemento que llevaba del aparcamiento de grava a la puerta de entrada. Las ventanas delanteras al menos tenían persianas enrollables, pero, claro, el edificio estaba orientado hacia el oeste y si alguien no hubiera instalado esas persianas, el personal de la oficina estaría deslumhrado cada tarde, así que servían para algo ¿no?

Había dos escritorios de metal gris en la sala de la entrada y el primero de ellos lo ocupaba un acorazado con forma humana. Ya conocéis ese tipo de mujer: enorme cardado de pelo gris, gafas colgadas de una cadena, enorme seno precediéndola cada vez que entraba en una habitación. La mujer sentada en el segundo escritorio era más joven, pero tampoco tanto; cuarenta y tantos en vez de los cincuenta y pico de la primera, supongo. Al entrar las oí cotilleando un poco, pero dejaron de hacerlo nada más verme.

– ¿En qué puedo ayudarla? -preguntó el acorazado con una sonrisa, sin dejar de hojear una pila de papeles con sus dedos enrojecidos llenos de anillos.

– ¿Está Jazz? -pregunté.

Las dos mujeres se quedaron de piedra, la sonrisa se les heló en el rostro y la hostilidad centelleó en sus ojos. Comprendí con retraso que al llamarle «Jazz» en vez de «señor Arledge» había causado la impresión errónea. Me resultó un poco desconcertante, pues yo siempre pensaba en él como mi tío. ¿Y tenía Jazz la costumbre de enredarse con mujeres tan jóvenes como para ser sus hijas?

Intenté romper el hielo.

– Soy Blair.

No encontré indicios de reconocimiento en aquellos ojos iracundos. De hecho, me parecieron aún más hostiles. -Blair Mallory -aporté otro detalle.

Nada.

Bueno, qué demonios, ¿estábamos en el Sur o no? ¡No me digáis que esta gente no reconocía el nombre de la hija de la mejor amiga de la esposa de su jefe! Por favor.

Pero no se encendió ninguna bombilla, de modo que les di en la cabeza con la información.

– Soy la hija de Tina Mallory, ya sabéis, la mejor amiga de la tía Sally.

De repente se hizo la luz. Fue lo de la «tía Sally» lo que lo logró. Las sonrisas regresaron a sus rostros, y el acorazado salió de su posición tras la mesa para darme un abrazo.

– ¡Vaya, cielo, no te había reconocido! -dijo mientras yo me veía atacada por un par de domingas tan blandas como cualquier neumático hinchado de tu coche. Me percaté de que tenía esas mamas constreñidas y guardadas con tal sujeción cruel que podría sufrir un traumatismo cervical al soltarlas por la noche. La idea me dejó helada. Aún más espeluznante era visionar el sujetador capaz de contenerlas en su sitio. Probablemente podría usarse como lanzadora en un portaviones.