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Quizá, susurró una vocecilla en mi oído, y noté que se me arrugaba el corazón con una mezcla de dolor y pánico.

Había puesto el móvil en modo silencioso para que no me distrajera el teléfono, pero mientras conducía lo saqué del bolso para ver si tenía alguna llamada. El mensaje en el pequeño visor decía que había tres llamadas perdidas. Desplazando la mirada del teléfono a la carretera -sí, sé que es peligroso, bla, bla, bla- accedí al registro de las llamadas entrantes: había llamado mamá, la madre de Wyatt y Wyatt.

Me dio un brinco el corazón, literalmente. Wyatt había llamado. No sabía si eso era bueno o malo.

No devolví ninguna de las llamadas en ese momento porque tenía que concentrarme en Jazz. Además, me sentí contenta de tenerle a él para concentrarme, porque no estaba preparada aún para pensar en el gran problema. Aun así, me mantenía al tanto de los coches blancos.

Ningún Chevrolet de ese color me había seguido de camino a casa de Jazz, pero eso no significaba que pudiera relajarme.

Cuando me metí en el aparcamiento de un restaurador de muebles, Jazz explotó y la tomó conmigo, por decirlo de alguna manera.

– ¡No! ¡En absoluto! No voy a gastarme ni un centavo más en comprar algo que Sally no va a apreciar. Tal y como ella ha comentado tan amablemente, en lo que a decoración se refiere, yo no distinguiría un agujero en el suelo de mi propio culo…

– Cálmate, no quiero que compres nada. -Mi voz sonó un poco brusca también, porque, a esas alturas, Sally y él casi estaban dejando de darme pena ¿vale? Me resultó raro, quiero decir, consideraba a Jazz y a Sally de verdad un tío y una tía para mí, o sea, que usar mi voz de adulta con él era una novedad. Él también me miró sorprendido, como si todavía me viera como una niña en su cabeza.

– Lo siento -dijo entre dientes-, sólo he pensado que…

– Y ella tenía razón en una cosa: no tienes ni idea de decoración. Sólo echar una mirada a tu despacho ha servido para darme cuenta. Y por eso voy a mantener una larga conversación con Monica Stevens.

Pensó en ello un segundo, y luego me miró esperanzado.

– ¿Crees que recuperará los muebles de Sally?

Di un resoplido.

– Sácatelo de la cabeza. Eran reliquias. Quienquiera que comprara esas mercancías a Monica no va renunciar ahora a su botín así por las buenas.

Suspiró y su expresión se volvió otra vez depresiva. Miró el local del restaurador, que de verdad tenía un aspecto un tanto asqueroso, con piezas desechadas apiladas sin orden ni concierto alrededor del establecimiento. Un cabezal de hierro oxidado estaba apoyado en la pared, a un lado de la puerta de entrada.

– ¿Has encontrado aquí algo parecido a alguna cosa que tuviéramos?

– No estamos aquí por ese motivo. Vamos. Me siguió obedientemente. Yo empezaba a descifrar su forma de comportarse. Obstinado por naturaleza, había dejado clara su postura y no tenía intención de ceder ni un ápice. De cualquier modo, como también amaba a Sally a muerte, quería con desesperación que alguien hiciera algo, cualquier cosa, que le obligara a él a cambiar de postura -y así sentir que no le quedaba otra opción- o bien que convenciera a Sally.

A mí no me importaba quién diera el primer paso, yo tenía una fecha límite, y estaba desesperada.

Entramos en aquel local cutre, que por dentro estaba tan repleto de cosas amontonadas como en el exterior. Sonó un timbre encima de la puerta que avisó al señor Potts, el propietario, de que alguien había llegado. Una cabeza se asomó desde el cuarto trasero, donde él realizaba su trabajo.

– ¡Estoy aquí atrás! Oh, buenos días, señorita Mallory. -Vino hacia nosotros limpiándose las manos con un trapo. Como había comprado aquí mi escritorio y había hablado con el un buen rato, se acordaba de mi nombre. Una mirada de cierto desconcierto apareció en su rostro-. La veo diferente.

– El pelo -contesté de manera sucinta, moviendo la cabeza y meneando mi peinado. Un hombre al que sólo había visto una vez se había fijado en mi peinado, bueno, más o menos, y Wyatt, no. Volví a notar la opresión en mi corazón. Aparté aquellos pensamientos y me concentré en el problema que teníamos entre manos: presenté a Jazz y al señor Potts-. ¿Podríamos ver en qué está trabajando?

Le había hecho un resumen de la situación, así que contaba con su colaboración.

– ¡Por supuesto! Estoy trabajando en este fantástico armario viejo de dos puertas. Pero vaya trabajo, permítanme decirlo. Ya llevo unas sesenta horas sólo para quitar la pintura y el barniz. Nunca entenderé por qué a alguien se le ocurre pintar un mueble así. -Fue comentando esto mientras nos guiaba hacia la parte trasera, a su taller.

El taller estaba aún más atestado de cosas, pero tenía buena luz gracias a las grandes ventanas ubicadas a lo largo de cada pared.

Todas estaban abiertas por motivos de ventilación, y además había un gran extractor de pared en marcha. El olor era de todos modos penetrante. El suelo estaba cubierto de una resistente lona impermeabilizada; por sí sola era una colección de manchas y salpicaduras de pintura al estilo Leroy Neiman. En medio de la lona se encontraba el mueble en cuestión: un enorme armario de caoba de dos puertas, de más de dos metros de altura, con intrincadas volutas en las puertas y en torno a la estructura. Jazz pestañeó al mirarlo.

– ¿Cuántas horas dice que ha dedicado ya a esto?

– Unas sesenta. Esta cosa es una obra de arte. -El señor Potts pasó su áspera mano por la madera con gran dulzura-. Miren el diseño de volutas; complica aún más la restauración, porque tienes que quitar el barniz y la pintura de estas hendiduras, pero es el precio que hay que pagar por algo así. La gente ya no hace trabajos de este tipo.

– ¿Cuánto le llevará acabarlo?

– No sabría decirlo. Otras dos semanas, tal vez. Retirar toda esta porquería sin dañar la madera es la parte complicada.

Jazz rodeó el armario haciendo más preguntas, luego pasó a otros muebles del taller, la mayoría de ellos en distintas fases de restauración. Lo que él sabía de antigüedades, restauración y muebles en general era nada, aparte de que las sillas se usan para sentarse, las camas para dormir y cosas por el estilo, así que el señor Potts se dio el gusto y no escatimó detalles. Cuando Jazz se enteró de que el armario tenía doscientos setenta y nueve años, se volvió con una mirada de asombro.

– Esta cosa ya corría por aquí cuando nació George Washington.

Tomo nota de muchas cosas en mi vida, pero el año de nacimiento de George Washington no es una de ellas. Sin embargo, el señor Potts no pestañeó.

– Por supuesto que sí. ¿Conocen a la familia Ever?

Tanto Jazz como yo negamos con la cabeza.

– Pasó de generación en generación. Emily Tylo lo heredó de su abuela… -A contiuación explicó cómo había acabado el armario en la actual casa de Emily Tylo, fuera quien fuera esa señora.

Por fin Jazz llegó a lo que más le interesaba.

– ¿Cuánto vale?

El señor Potts sacudió la cabeza.

– No lo sé, porque no está a la venta. No sé qué valor tendrá para un coleccionista de antigüedades, pero Emily Tylo lo valora muchísimo porque pertenecía a su abuela. Si yo tuviera que venderlo, no aceptaría menos de cinco mil por él, sólo por las horas de trabajo que he metido.

Pude ver el número formándose en la cabeza de Jazz. ¡Cinco mil! Nada atrae tanto la atención de un hombre de negocios como una larga sucesión de ceros. Misión cumplida. La parte difícil ahora iba a ser alejarle del señor Potts, que estaba disfrutando de la ocasión de tener un público tan interesado. Al final me limité a coger a Jazz del brazo y empecé a tirar de él hacia la puerta.

– Gracias, señor Potts, ya le hemos interrumpido bastante. -Me despedí dirigiéndome a él por encima del hombro.

Hizo un ademán con la mano y continuó con su trabajo frotando el armario de caoba.

Jazz no era tonto, sabía exactamente por qué le había llevado a ver al señor Potts. Cuando nos metimos en el coche, dijo: