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Ante aquella declaración Alex volvió a atragantarse. Kimberly retrocedió con rapidez.

– Lo siento. Ya ha terminado mi turno.

– Pues hala, vete -dijo Daisy alegremente. -¡Y que Dios te bendiga!

Alex controló finalmente la tos. Se levantó de la mesa con una expresión todavía más enojada de lo que era habitual en él. Antes de que tuviese oportunidad de abrir la boca, Daisy extendió la mano y le puso un dedo en los labios.

– Por favor, no me estropees este momento, Alex. Es la primera vez desde nuestra boda que te gano por la mano y quiero disfrutar de cada precioso segundo.

Él la miró como si fuese a estrangularla, pero se limitó a arrojar varios billetes sobre la mesa y a empujarla fuera del restaurante.

– ¿Vas a ponerte gruñón? -Las sandalias de Daisy resbalaban en la grava mientras él la arrastraba hacia la camioneta y la fea caravana verde. -Ya lo decía yo. Eres el hombre más gruñón que he conocido nunca. Y no te sienta bien, nada bien, Alex. Tanto si lo aceptas como si no, estás casado y por lo tanto no deberías…

– Entra antes de que te zurre en público.

Allí estaba otra vez, otra de sus enloquecedoras amenazas. ¿Quería decir eso que no la zurraría si lo obedecía o simplemente que no pensaba zurrarla en público? Todavía cavilaba sobre esa cuestión tan desagradable cuando él puso en marcha la camioneta. Momentos después estaban de nuevo en la carretera.

Para alivio de Daisy, el tema de zurrarla no volvió a salir a colación, aunque lo cierto era que casi lo lamentaba. Si él la hubiera amenazado físicamente, podía haberse liberado de sus votos sagrados sin dejar de estar en paz con su conciencia.

La mañana era soleada. El aire cálido que entraba por la ventanilla entreabierta aún no era asfixiante. Daisy no encontraba ninguna razón para que él se pasara enfurruñado una mañana tan perfecta y bonita, así que finalmente rompió el silencio.

– ¿Adónde vamos?

– Tenemos una cita cerca de Greenwood.

– Supongo que es demasiado esperar que «con una cita» te refieras a ir a cenar y bailar.

– Me temo que sí.

– ¿Cuánto tiempo estaremos allí?

– Sólo una noche.

– Espero que mañana no tengamos que madrugar tanto.

– Más aún. Tenemos un largo viaje por delante.

– No me digas.

– La vida en los circos es así.

– ¿Y dices que tendremos que hacer esto todas las mañanas?

– En algunos lugares nos quedaremos un par de días, pero no más.

– ¿Hasta cuándo?

– El circo tiene programadas funciones hasta octubre.

– ¡Pero si faltan seis meses! -Daisy podía ver cómo el futuro se extendía como un borrón oscuro ante ella. Seis meses. Justo lo que duraría su matrimonio.

– ¿Por qué te preocupas? -preguntó él. -¿De verdad crees que vas a aguantar hasta el final?

– ¿Y por qué no?

– Van a ser seis meses -dijo él sin ambages. -Recorreremos montones de kilómetros. Tenemos funciones tan al norte como Jersey y tan al oeste como Indiana.

«En una camioneta sin aire acondicionado.»

– Ésta será la última temporada del circo de los Hermanos Quest -dijo él. -Así que lo haremos lo mejor posible.

– ¿A qué te refieres con que será la última temporada?

– El dueño murió en enero.

– ¿Owen Quest? ¿El nombre que está escrito en los camiones?

– Sí. Su esposa, Bathsheba, ha heredado el circo y lo ha puesto a la venta.

«¿Había sido su imaginación o Alex había apretado casi imperceptiblemente los labios?»

– ¿Llevas mucho tiempo en el circo? -preguntó ella, decidida a saber más de él.

– Voy y vengo.

– ¿Tus padres pertenecían al circo?

– ¿Cuáles? ¿Mis padres cosacos o los que me abandonaron en Siberia? -Él ladeó la cabeza y ella vio que le brillaban los ojos.

– ¡No te criaron los cosacos!

– ¿Pero no lo oíste anoche?

– Eso es como uno de esos cuentos de P. T. Barnum para el circo -dijo refiriéndose al popular artista circense que se inventaba fantásticas historias para hacer más emocionantes los espectáculos. -Sé que alguien tuvo que enseñarte a cabalgar y usar el látigo, pero no creo que fueran los cosacos. -Hizo una pausa. -¿O sí?

Él se rio entre dientes.

– ¿Algo más, cara de ángel?

No iba a dejar que se le escapara otra vez.

– ¿Cuánto llevas en el circo?

– He viajado con el circo de los Hermanos Quest desde la adolescencia hasta que cumplí los veinte. Desde entonces voy y vengo.

– ¿Qué haces el resto del tiempo?

– Ya sabes la respuesta a eso. Estoy en prisión por asesinar a una camarera.

Ella entrecerró los ojos, haciéndole saber que lo tenía bien calado.

– ¿No trabajas de gerente en el circo todo el tiempo?

– No.

Puede que si dejaba de presionarlo un rato, le sacase más información personal.

– ¿Quiénes eran los Hermanos Quest?

– Sólo era Owen Quest. Se llama así por seguir la tradición de los Hermanos Ringling. La gente del circo considera que es mejor que todos crean que el circo es de una familia aunque no sea así. Owen fue el propietario del circo durante veinticinco años y, un poco antes de morir, me pidió que terminara la temporada por él.

– Menudo sacrificio para ti. -Ella lo miró expectante y, en vista de que él no respondía, lo aguijoneó un poco más. -Dejar de lado tu vida normal…, tu trabajo de verdad…

– Mmm. -Ignorando el interrogatorio de Daisy, Alex hizo que se fijara en una señal de la carretera. -Avísame si ves más indicaciones como esa, ¿vale?

Ella vio tres flechas rojas de cartón. Cada una de ellas tenía impresas unas letras azules y señalaban hacia la izquierda.

– ¿Para qué son?

– Nos guían hasta el recinto donde daremos la próxima función. -Desaceleró al acercarse a un cruce y giró a la izquierda. -Dobs Murria, uno de nuestros hombres, sale una noche antes que nosotros y las va colocando. Es para indicar la ruta.

Ella bostezó.

– Tengo muchísimo sueño. En cuanto lleguemos, voy a echar una buena siesta.

– Vas a tener que conformarte con dormir de noche. El circo no mantiene a inútiles; todos trabajamos, incluso los niños. Vas a tener que hacer cosas.

– ¿Esperas que trabaje?

– ¿Acaso temes romperte una uña?

– No soy la niña mimada que crees.

Él le dirigió una mirada de incredulidad, pero Daisy intentaba evitar otra discusión e ignoró el cebo que él le estaba tendiendo.

– Sólo quería decir que no sé nada del mundo del circo.

– Aprenderás. Bob Thorpe, el tipo que normalmente se encarga de la taquilla, tiene que ausentarse durante un par de días. Ocuparás su lugar hasta que vuelva, suponiendo, claro está, que sepas contar lo suficiente como para devolver bien el cambio.

– Con las monedas de curso legal, sí -respondió ella con un deje de desafío.

– Después tendrás que encargarte de algunas tareas domésticas. Puedes comenzar por poner algo de orden en la caravana. Y agradecería una comida caliente esta noche.

– Y yo. Tendremos que buscar un buen restaurante.

– Eso no es lo que tenía en mente. Si no sabes cocinar, puedo enseñarte lo básico.

Ella reprimió su enfado y adoptó un tono razonable.

– No creo que intentar que me encargue yo sola de todas las tareas domésticas sea la mejor manera de empezar con buen pie este matrimonio. Deberíamos repartirnos el trabajo equitativamente.

– De acuerdo. Pero si quieres un reparto equitativo, tendrás que hacer también otras cosas. Actuarás en la presentación.

– ¿En la presentación?

– En el espectáculo. En el desfile con el que se inicia la función, y es obligatorio.

– ¿Quieres que actúe en la función?

– Todos, menos los obreros y los candy butchers salen en el desfile.

– ¿Qué son los candy butchers?