– Te juro que lo recogeré todo en cuanto acabe aquí -le dijo atropelladamente, -así que no te preocupes si ves las cosas fuera de su sitio.
Él asintió con la cabeza y la dejó sola. Las siguientes horas pasaron sin incidentes. A Daisy le gustaba conversar con las personas que iban a comprar las entradas, y en varias ocasiones, cuando las familias le parecían pobres, se inventó un sinnúmero de asombrosas razones para decirles que habían ganado entradas gratis.
Ya se había propagado el rumor de que era la mujer de Alex, y muchos de los empleados del circo se inventaron excusas para pasar por allí y satisfacer su curiosidad sobre ella. Tanta cordialidad extrañó a Daisy. Reconoció a algunos de los hombres que se ocupaban de los tenderetes, a algunos payasos y a varios miembros de la familia Lipscomb, que realizaba un número ecuestre. Se dio cuenta de que algunas de las chicas tenían que disimular para ocultar los celos que sentían porque ella hubiera logrado pescar a Alex Markov; Daisy apreció el gesto. Por primera vez, sintió un atisbo de esperanza. Tal vez las cosas resultaran bien después de todo.
Quizá la persona más interesante que se presentó ante ella fue Brady Pepper, el padre de Heather. Apareció con sus ropas de trabajo: un mono blanco ceñido a la cintura por un ancho cinturón de color oro con unas cintas doradas que adornaban el escote y los tobillos.
Una chica llamada Charlene ya le había dicho que Brady y Alex eran los hombres más atractivos del circo, y tuvo que darle la razón. Brady Pepper le recordaba a una versión más baja de Sylvester Stallone, lleno de músculos, actitud arrogante y acento neoyorquino. Tenía un atrayente aspecto de tío rudo, aunque por la manera que tuvo de examinarla de arriba abajo Daisy supo que era un redomado mujeriego. Se recostó en la esquina del escritorio con las piernas extendidas; la perfecta imagen de un hombre que se sentía a gusto con su cuerpo.
– Así que procedes del circo, ¿no?
Él le hizo la pregunta con el tono agresivo y casi acusatorio que muchos neoyorquinos empleaban para preguntar cualquier cosa y Daisy tardó un momento en darse cuenta de a qué se refería.
– ¿Yo? Oh, no. Mi familia no forma parte del circo.
– Eso lo hará todo más difícil para ti. En el circo de los Hermanos Quest no eres nadie si no puedes justificar tu ascendencia circense en un mínimo de tres generaciones. Simplemente pregúntale a Sheba.
– ¿A Sheba?
– Es la dueña del circo. Bathsheba Cardoza Quest. Es una de las voladoras más famosas del mundo. Trapecista -dijo él cuando vio su expresión confusa. -Ahora entrena a los hermanos Tolea, que actúan con nosotros. Son rumanos. También hace la coreografía de otros números, supervisa el vestuario y otras cosas por el estilo.
– Si el circo es suyo, ¿por qué no lo dirige ella en vez de Alex?
– Ése es un trabajo de hombres. El gerente tiene que tratar con borrachos, peleas con cuchillo, discusiones. A Sheba no le gustan esas cosas.
– Aún no la conozco.
– Es que se ha ido unos días. Lo hace en ocasiones, cuando las cosas se ponen feas por aquí.
Debió de resultar evidente que ella no comprendía lo que él había querido decir, así que se lo explicó.
– A Sheba le gustan los hombres. Sin embargo, no está demasiado tiempo con ninguno. Es un poco esnob. No se enrolla con nadie que no proceda de una antigua familia del circo.
La imagen que se había formado de la dueña del circo, una viuda entrada en años, se desvaneció de la mente de Daisy. El gesto tirante en la boca de Brady hizo que se preguntara si Sheba Quest no significaría algo para él.
– En mi caso, mi viejo era carnicero en Brooklyn. Me marché con un circo ambulante el día que me gradué en el instituto y nunca miré atrás. -La miró con algo de rabia, como si esperara que discutiera con él. -Sin embargo mis hijos sí tienen sangre circense en las venas gracias a su madre.
– No creo haberla conocido.
– Cassie murió hace dos años, pero nos divorciamos hace doce, por lo que no estoy exactamente de luto. Ella odiaba el circo, aunque había crecido en él, y por esa razón se mudó a Wichita y se licenció en la universidad, pero a mí me gusta este mundo y me quedé aquí.
Así que Heather también había perdido a su madre. Daisy quiso saber aún más.
– Entonces tus hijos viven contigo, ¿no?
– Heather vivía en Wichita con su madre, pero Cassie tenía problemas para manejar a los chicos, así que se vinieron a vivir conmigo cuando eran muy jóvenes. Desde ese día, hice una función con ellos. Matt y Rob tienen ahora veinte y veintiún años. Son unos demonios, ¿pero qué puedes esperar siendo yo su padre?
Daisy no estaba interesada en los diabólicos hijos de Brady e ignoró la inconfundible nota de orgullo en su voz.
– Entonces, ¿Heather acaba de venirse a vivir contigo?
– Llegó el mes pasado, pero suele pasar conmigo un par de semanas en verano. Aunque claro, no es como vivir aquí todo el año.
Cuando lo vio fruncir el ceño, se dio cuenta de que la situación no estaba resultando como él había planeado, pero Daisy ya tenía suficientes dificultades con su propio padre como para sentir otra punzada de compasión hacia Heather. No era de extrañar que fumara y se enamorara de hombres mayores que ella. Aunque Brady Pepper era innegablemente atractivo, no parecía ser el más paciente de los padres.
– Ya he conocido a Heather. Parece una chica muy sensible.
– Demasiado sensible diría yo. Ésta es una vida dura y Heather es demasiado blanda. -Brady se levantó bruscamente. -Me voy antes de que comience a llegar la gente. Encantado de conocerte, Daisy.
– Igualmente.
Cuando llegó a la puerta le dirigió otra de esas miradas de rompecorazones.
– Alex es un hombre afortunado.
Ella sonrió educadamente y deseó que también Alex pensase de esa manera.
Sólo después de que comenzara la segunda función pudo Daisy abandonar la taquilla y observar la actuación de Alex. Esperaba que volver a ver el espectáculo diluyera la impactante sensación que había experimentado la noche anterior, pero la habilidad de su marido le pareció todavía más impresionante. ¿Dónde había aprendido a hacer esas cosas?
Hasta que no terminó la función no recordó que debía acabar de ordenar la caravana. Regresó rápidamente y estaba abriendo la puerta cuando Jill, con Frankie encaramado de nuevo a sus hombros, la llamó. Al ver a Daisy, el mono comenzó a chillar inmediatamente y a taparse los ojos.
– Cállate, bicho malo. Ven, Daisy, quiero enseñarte una cosa.
Daisy cerró la puerta de la caravana con rapidez, antes de que Jill pudiese ver el desorden del interior y se diera cuenta de la terrible ama de casa que era. La joven la tomó del brazo y la condujo por la hilera de caravanas. A la izquierda pudo veraJackDaily.cl maestro de ceremonias, hablando con Alex mientras los trabajadores comenzaban a apilar las gradas.
– ¡Ay! -Daisy dio un chillido cuando sintió un fuerte tirón del pelo.
Frankie chilló.
– Niño malo -canturreó Jill, mientras Daisy se colocaba lejos del alcance del chimpancé. -Ignóralo. En cuanto comprenda que no le haces caso te dejará en paz.
Daisy decidió no decirle lo mucho que dudaba que eso sucediera.
Rodearon la última caravana y Daisy soltó un jadeo sorprendida al ver a muchos de los artistas, todavía con ropa de actuación, alrededor de una mesa plegable sobre la que había una tarta rectangular con unos novios de plástico en el centro. Madeline, la chica que había conocido antes, estaba cerca del pastel, junto con Brady Pepper y sus hijos, el más joven de los Lipscomb, varios payasos y otros muchos empleados que había conocido antes. Sólo Heather parecía haberse quedado al margen.