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Sonriendo ampliamente, Jack Daily empujó a Alex hacia delante mientras Madeline levantaba las manos como un director de orquesta.

– Atención todos. ¡Felicidades! ¡Felicidades!

Mientras el grupo cantaba, a Daisy se le empañaron los ojos. Esas personas apenas la conocían, pero le tendían una mano amistosa. Después de la fría ceremonia que había sido su boda, la joven se recreó en la intimidad de ese momento. En esa improvisada reunión de los amigos de Alex, se sintió como si estuviera asistiendo a una verdadera celebración, a una aceptación de que había ocurrido algo realmente personal, como si aquello no fuera un castigo de su padre sino una ocasión feliz.

– Gracias -susurró ella cuando terminaron de cantar. -Gracias de todo corazón.

Miró a Alex, y la felicidad de la joven se evaporó al ver su expresión rígida y gélida.

La gente fue guardando silencio poco a poco. Se dieron cuenta de la reacción de Alex y supieron que algo iba mal. «Por favor, no lo hagas -pensó ella. -Quiero que sean mis amigos. Por favor finge ser feliz.»

Algunas mujeres se miraron de reojo. La certeza de que Alex era un novio radiante desapareció con rapidez y Daisy observó cómo varias miradas se posaban en su barriga para intentar averiguar si estaba embarazada.

Daisy se obligó a hablar:

– Nunca había tenido una sorpresa tan agradable. ¿Y tú, Alex?

Hubo un largo silencio antes de que él asintiera con la cabeza.

La joven levantó la barbilla y forzó una sonrisa.

– La tarta parece deliciosa. Apuesto lo que sea a que todos queréis tomar un trozo. -Miró fijamente a Alex, suplicándole en silencio que colaborara. -Ven, vamos a cortarla los dos juntos.

El silencio pareció extenderse infinitamente.

– Tengo las manos sucias. Hazlo tú.

Con las mejillas ardiendo de vergüenza, Daisy se acercó a la mesa plegable, cogió un cuchillo y comenzó a cortar la tarta en porciones cuadradas. Continuaron en silencio mientras ella intentaba fingir que no pasaba nada.

– No puedo creer que improvisarais esto con tanta rapidez. ¿Cómo demonios lo habéis hecho?

Madeline movió los pies con inquietud.

– Esto… er… no fue tan difícil.

– Bueno, pues estoy impresionada. -Con las mejillas doliéndole por el esfuerzo de sonreír, Daisy cortó el primer trozo de tarta, lo colocó en un plato de cartón y se lo dio a Alex.

Él lo tomó sin decir palabra.

El silencio se hizo más ensordecedor. Finalmente, Jill se acercó con rapidez, mirando a los novios con nerviosismo.

– Siento que sea de chocolate. Tuvimos poco tiempo, y en la pastelería no había tartas de boda.

Daisy la miró con gratitud al ver que intentaba aliviar la tensa situación.

– La tarta de chocolate es mi favorita.

Alex colocó el plato sobre la mesa tan bruscamente que el intacto trozo de pastel se tambaleó y cayó de lado.

– Perdonad. Tengo mucho trabajo que hacer. Gracias por todo.

A Daisy le tembló la mano cuando le pasó un plato a Madeline. Alguien soltó una risita maliciosa. Daisy levantó la cabeza y vio que era Heather.

La adolescente le dirigió una sonrisa triunfal y corrió detrás de Alex.

– ¿Quieres que te eche una mano?

– Claro, cariño. -La voz cálida y afectuosa de Alex respondiéndole a Heather, llegó a través de la brisa nocturna. -Tenemos problemas con uno de los camiones de carga. Puedes ayudarme a comprobarlo.

Daisy parpadeó con fuerza. Era de lágrima fácil, pero si lloraba ahora nunca podría volver a enfrentarse a esas personas.

– ¿Un trozo de tarta? -Tendió un plato hacia un hombre rubio con barba y aspecto de surfista. Recordó que se había presentado como Neeco Martin, el domador de elefantes, cuando había ido a conocerla al vagón rojo.

Él lo tomó sin mediar palabra y le dio la espalda para decirle algo a uno de los payasos. Madeline dio un paso adelante para ayudar a Daisy, pensando, sin duda, quiera mejor acabar lo antes posible. Los demás artistas fueron cogiendo el trozo de tarta que les correspondía y, uno a uno, se fueron marchando.

Al cabo de un rato, sólo quedaron Jill y ella.

– Lo siento, Daisy. Pensé que era una buena idea, pero debería haber supuesto que a Alex no le parecería bien. Es muy reservado.

Él ni siquiera se había molestado en mencionarle a sus amigos que se había casado.

Daisy forzó otra sonrisa.

– Todas las parejas tardan algún tiempo en adaptarse al matrimonio.

Jill recogió los restos de la tarta y se los ofreció a Daisy.

– Venga, ¿por qué no te llevas lo que queda?

Daisy pudo sentir la bilis en la garganta cuando los cogió; su único deseo era perder de vista aquella tarta.

– ¡Santo cielo! Sí que se ha hecho tarde. Y tengo un montón de cosas que hacer antes de acostarme -dijo, y huyó de allí.

Durante las horas siguientes, mientras desmontaban el circo para llevarlo al siguiente pueblo, ella se dedicó a recolocar todo dentro de los armarios. Se sentía invadida por una sensación de desesperación y un infinito cansancio que hacía que apenas pudiera mantenerse en pie, pero a pesar de ello siguió trabajando.

Los caros pantalones de marca que llevaba puestos estaban completamente sucios y la blusa se le pegaba a la piel, pero no le importaba. Quería que esas personas fueran amigos suyos, pero ahora que sabían lo poco que le importaba a Alex y lo que éste pensaba de su matrimonio, ya no lo serían. La pequeña fiesta improvisada y la tarta habían sido una pequeña bendición para ella, pero su marido la había estropeado.

Alex entró en la caravana, que todavía parecía tan desordenada como cuando ella llegó, poco después de medianoche. Aunque Daisy había limpiado y organizado los armarios, no había tenido ni tiempo ni energía para hacer nada más. Los platos sucios seguían amontonados en el fregadero y la cacerola llena de costra estaba sobre el fogón.

Él apoyó las manos en las caderas y examinó los muebles sucios, la polvorienta superficie de la mesa y los restos de la tarta de boda.

– Pensé que ibas a limpiar esto. Pero ya veo que sigue igual de sucio.

Ella apretó los dientes.

– Los armarios están limpios.

– ¿A quién coño le importan los armarios? ¿No sabes hacer nada bien?

Daisy no lo pensó. Llevaba horas trabajando, su matrimonio era una farsa y había sido humillada en público por un hombre que había jurado honrarla ante Dios. Con rapidez, recogió la tarta con una mano y se la lanzó.

– ¡Eres un imbécil!

Alex extendió las manos automáticamente para impedir que se la arrojara, pero no fue lo suficientemente rápido. La tarta le dio en el hombro y se deshizo en mil pedazos.

Ella observó el desastre con una curiosa indiferencia. Trocitos de tarta y azúcar glas habían volado por todas partes. Una pegajosa sustancia blanca salpicaba el pelo, las cejas e incluso las pestañas de Alex. Los pedazos de chocolate que se le habían quedado pegados a la mandíbula cayeron sobre el hombro de su camiseta. La indiferencia de Daisy desapareció cuando vio que se ponía rojo.

Iba a matarla.

Él intentó limpiarse los ojos a la vez que se movía hacia ella. Daisy se apartó de su camino y, aprovechando la ceguera temporal de Alex, salió corriendo por la puerta.

Miró frenética a su alrededor, buscando un lugar seguro donde esconderse. Habían desmontado el circo. Las carpas más pequeñas estaban cerradas y la mayoría de los camiones se habían marchado. Tropezó con un matorral y acabó refugiándose en un estrecho espacio entre dos furgonetas. El corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas. ¿Qué había hecho?

Dio un respingo al oír la voz de un hombre y se deslizó más profundamente en las sombras, chocando contra algo sólido. Sin mirar lo que era, se apoyó allí mientras recobraba el aliento. ¿Cuánto tiempo tardaría en encontrarla? Y… ¿qué haría luego con ella?

Sintió un gruñido justo detrás de la oreja.