Выбрать главу

Sólo estaba Alex, apoyado en el borde de la mesa con la cadera. Daisy tragó saliva.

– ¿Dónde está Sheba?

– Tenía que hablar con Jack. Date la vuelta.

Ella se mordisqueó el labio inferior y no se movió.

– Habéis sido amantes, ¿verdad?

– Ahora ya no. De cualquier manera es algo que no te incumbe.

– Parece que todavía le importa.

– Sheba me odia.

A pesar de todo lo que Alex decía del orgullo, no había lo que era el honor o nunca se habría dejado comprar por su padre. Pero Daisy tenía que saber una cosa.

– ¿Estaba casada con Owen Quest cuando estabas liado con ella?

– No. Ahora deja de cotillear y deja que te vea por detrás.

– Querer saber más cosas de ti no es cotillear. Por ejemplo, he estado mirando unos recortes viejos de periódico y he observado que no hiciste la gira con el circo de los Hermanos Quest el año pasado. ¿Por qué?

– ¿Qué más da?

– Me gustaría saberlo.

– Eso no es asunto tuyo.

Alex era la persona más reservada que Daisy hubiera conocido en su vida y sabía que no le sacaría nada más.

– No me gusta este maillot. No me gusta ninguno de los dos. Me siento vulgar.

– Pareces una artista. -Dado que ella no se dio la vuelta como él le había pedido, Alex se puso a su espalda. La joven odió verse expuesta de esa manera y se apartó al sentir que él le tocaba el hombro.

– Quédate quieta -Alex le agarró la cintura con la otra mano. -Éste no podrá ser criticado ni por los más conservadores.

– Enseña demasiado.

– No es para tanto. Las demás mujeres llevan puestos maillots más pequeños y no les quedan tan bien como te queda a ti éste.

Alex se había acercado tanto que los pechos de Daisy rozaron contra la suave tela de su camisa cuando se volvió hacia él. La joven se estremeció.

– ¿De verdad crees que me queda bien?

– ¿Buscas un cumplido?

Ella asintió con la cabeza, sintiendo que se le debilitaban las rodillas.

Él bajó la mano que había colocado en la cintura de la joven, deslizándola por el borde inferior del maillot y ahuecándole las nalgas.

– Considérate elogiada. -La voz de Alex contenía una nota áspera.

Unas llamaradas ardientes recorrieron a Daisy de los pies a la cabeza. Se apartó un poco; no porque quisiera escabullirse, sino porque deseaba demasiado quedarse donde estaba.

– No nos conocemos.

Sin apartar la mano de donde estaba, Alex inclinó la cabeza y le acarició el cuello con la nariz, calentándole la piel con el susurro de su aliento en la oreja.

– Estamos casados. Con eso basta.

– Sólo es un acuerdo legal.

Él se echó hacia atrás y ella pudo ver las motas ambarinas brillando en sus ojos.

– Creo que es el mejor momento para hacer oficial nuestro acuerdo, ¿no crees?

A Daisy se le aceleró el corazón y supo que no podía haberse escapado aunque hubiera querido. Levantó la mirada y sintió como si todo se hubiera desvanecido y no existiera nada más que ellos dos.

La boca de Alex le pareció extrañamente tierna a pesar de su gesto duro. Él abrió los labios y cubrió los le ella con suavidad. Al mismo tiempo, le apretó las nalgas y la estrechó aún más contra su cuerpo. Lo sintió grande y pesado contra ella. Cuando Alex amoldó la boca a la suya, Daisy experimentó un momento de asombro. Los labios de su marido eran tiernos y suaves en contraste con el resto de su persona.

Daisy le ofreció la boca dado que no podía hacer otra cosa. Él le acarició el labio inferior y le rozó la punta de la lengua con la suya. La sensación la hizo sentirse ligeramente mareada y rodeó la cintura de Alex con los brazos, sintiendo la sedosa tela de la camisa bajo los dedos; luego le deslizó las palmas por las nalgas. Él gimió contra la boca femenina.

– Dios mío, te deseo -dijo, y acto seguido su lengua descendió en picado sobre la de ella.

El beso se hizo salvaje. Alex la alzó contra él y la empujó hacia atrás, subiéndola a la encimera. Daisy se aferró a su espalda para no perder el equilibrio. Alex se colocó entre sus piernas y las joyas del cinturón de cosaco se clavaron en el interior de los muslos de Daisy.

Sus lenguas se acariciaron. El suave gemido femenino resonó como un eco en la cálida boca masculina. Daisy sintió las manos de Alex en la nuca. Él se apartó para bajarle el maillot hasta la cintura.

– Eres preciosa -gimió, mirándola. Le ahuecó los pechos con las palmas de las manos y le rozó los pezones con los pulgares, provocando ramalazos de placer en el cuerpo de Daisy. Comenzó a besarla de nuevo mientras jugueteaba con ellos. Ella se agarró a los brazos de Alex y sintió la poderosa fuerza masculina a través de las mangas ondulantes.

Alex abandonó los senos de Daisy y le recorrió la parte trasera de los muslos hasta las nalgas desnudas. Era demasiado para ella. El roce de las joyas del cinturón en los muslos… la suave caricia de sus manos…

– ¡Cinco minutos para la función! -Alguien golpeó con fuerza la puerta de la caravana. -¡Cinco minutos, Alex!

Daisy se bajó de un salto del mostrador como una adolescente culpable y, dándole la espalda, se subió el maillot con nerviosismo. Se sentía ardiente, agitada y… terriblemente irritada. ¿Cómo podía estar tan ansiosa por entregarse a un hombre que casi nunca le decía una palabra amable? ¿Un hombre que no respetaba los votos que hacía?

Salió disparada hacia el cuarto de baño, pero se detuvo al oír la voz suave y ronca de Alex.

– No te molestes en preparar el sofá esta noche, cara de ángel. Dormiremos juntos.

CAPÍTULO 07

Mientras Sheba comprobaba la recaudación y hojeaba un montón de periódicos en la oficina, Daisy vendió las entradas de la segunda función. Lo hizo de una manera mecánica, sonriéndoles a los clientes automáticamente, pero, aunque habló sin parar, sólo podía pensar en el apasionado beso que había compartido con Alex y apenas prestó atención a lo que la gente decía. Se derretía ante el recuerdo, pero al mismo tiempo se sentía avergonzada. No debería haberse entregado a Alex con tal abandono cuando él no sentía ningún respeto por su matrimonio.

En cuanto dejó de sonar la música de la presentación del espectáculo, Sheba abandonó el vagón rojo sin decir ni una palabra y Daisy cerró la taquilla. Se encontraba contando el efectivo del cajón de la recaudación cuando apareció Heather. Llevaba puesto un maillot de lentejuelas doradas; el recargado maquillaje hacía que pareciera mayor de lo que era. Cinco aros rojos le colgaban de la muñeca como si fueran pulseras gigantescas y Daisy se preguntó si iría a algún lugar sin ellos.

– ¿Has visto a Sheba?

– Se fue hace unos minutos.

Heather miró a ambos lados para cerciorarse de que estaban solas.

– ¿Me das un cigarrillo?

– Me fumé el último esta mañana. Es un vicio horrible y además caro. Te arrepentirás de engancharte a él, Heather.

– Aún no lo he hecho. Fumo sólo por distraerme. -Heather se paseó por la oficina, tocando el escritorio, la parte superior del archivador, hojeando el calendario de la pared.

– ¿Sabe tu padre que fumas?

– ¿Acaso vas a decírselo?

– No he dicho eso.

– Pues hazlo si quieres -repuso en tono agresivo. -De todos modos volverá a enviarme con la tía Terry.

– ¿Vives con ella?

– Sí. Pero tiene cuatro niños y la única razón por la que está dispuesta a acogerme es el dinero que le envía papá. Además, así tiene una canguro gratis para el bebé. Mi madre no podía ni verla -su expresión se volvió amarga, -pero mi padre sólo quiere deshacerse de mí.