Выбрать главу

– ¿Dónde está? -exigió Sheba.

– Yo me encargaré de esto -dijo Alex.

Daisy sintió un atisbo de temor al ver la expresión fría y resuelta en la cara de su marido. Sinjun comenzó a pasearse intranquilo por la jaula.

– ¿Encargarte de qué? ¿Qué ha pasado?

Sheba la miró con desprecio.

– No te molestes en hacerte la inocente. Sabemos que tú robaste el dinero, así que devuélvelo. ¿O ya lo has escondido en alguna parte?

Sinjun gruñó por lo bajo.

– No he escondido nada. ¿De qué estás hablando?

Alex se pasó el látigo enroscado de una mano a otra.

– Faltan doscientos dólares del cajón de la recaudación, Daisy.

– Eso es imposible.

– Es cierto.

– Yo no los he cogido.

– Eso está por verse.

Daisy no podía creer lo que estaba ocurriendo.

– No soy la única que estuve allí. Tal vez Pete vio algo. Fue quien me sustituyó cuando fui a probarme los maillots.

Sheba se acercó más.

– Te estás olvidando de que conté el dinero justo después de que volvieras a tu puesto. Estaba todo. Los doscientos dólares desaparecieron después de marcharme.

– Eso es imposible. Estuve allí todo el tiempo. No pudo haber desaparecido.

– Voy a registrarla, Alex. Quizás aún lo lleve encima.

– Ni se te ocurra tocarla-dijo Alex sin levantar la voz, pero la orden implícita en su respuesta era inconfundible.

– ¿Pero qué pasa contigo? -exclamó Sheba. -¿Desde cuándo piensas con la polla?

– Ni una palabra más. -Él se volvió hacia Heather, que había estado observando el intercambio de voluntades. -Vete, cariño. Todo se habrá aclarado por la mañana.

Heather se fue a regañadientes, pero Daisy vio que se acercaban otras personas: Neeco Martin, el domador de elefantes, con Jack Daily, y Brady, al que acompañaba una de las animadoras.

Alex también notó que estaban atrayendo a una multitud y se volvió hacia Daisy.

– Si me das el dinero ahora evitaremos montar una escena.

– ¡Yo no lo tengo!

– Entonces tendré que buscarlo, y comenzaré por registrarte.

– ¡No!

La agarró del brazo y Sinjun emitió un rugido ensordecedor cuando Alex comenzó a arrastrarla hacia la caravana. Sheba se puso de inmediato a la izquierda de Alex, dejando claro que no pensaba dejarlos solos.

Por el rabillo del ojo, Daisy vio las expresiones severas y serias de todos los que se habían reunido alrededor de la tarta de bodas la noche anterior. Jill estaba allí, pero ahora se negaba a mirar a Daisy a los ojos. Madeline se dio la vuelta y Brady Pepper la fulminó con la mirada.

Cuando Alex le apretó el brazo, Daisy sintió que una sensación de traición se extendía hasta lo más profundo de su alma.

– No sigas con esto. Sabes que jamás robaría nada.

– Pues no, en realidad no lo sé. -Habían llegado a la caravana y Alex se adelantó para abrir la puerta con la misma mano que sujetaba el látigo. -Entra.

– ¿Cómo puedes hacerme esto?

– Es mi trabajo. -Con un empujón la hizo subir el último escalón.

Sheba los siguió a la caravana.

– Si eres inocente, no tienes nada que temer, ¿verdad?

– ¡Soy inocente!

Él dejó el látigo en una silla.

– Entonces no te importará que te registre. -Daisy desplazó la mirada del uno a otro y la fría intención que vio en los ojos de ambos hizo que se sintiera enferma. A pesar de que no se soportaban, los dos se habían aliado ahora en su contra.

Alex se acercó y Daisy se echó hacia atrás y chocó contra el mostrador de la cocina, el mismo lugar donde sólo unas horas antes le había dado aquel apasionado beso.

– No puedo dejar que me hagas esto -dijo ella con desesperación. -Hicimos unos votos, Alex. No les des la espalda. -Ella sabía que eso la hacía parecer más culpable ante aquellos ojos acusadores, pero el matrimonio se basaba en la confianza y si él destruía eso, no tendrían ni la más mínima oportunidad.

– Esto no tiene nada que ver con eso.

Ella se deslizó junto al mostrador.

– No puedo dejar que me toques. ¡Por el amor de Dios, créeme! ¡No robé el dinero! ¡Nunca he robado nada en mi vida!

– Cállate, Daisy. Sólo estás empeorando las cosas.

Se dio cuenta de que él no iba a ceder. Con el único propósito de asustarla, la atrapó contra la despensa. Ella lo miró horrorizada.

– No lo hagas -susurró. -Por favor. Te lo ruego. Por un momento él se quedó inmóvil. Luego le cacheó los costados. Mientras Sheba los observaba, le pasó las manos por las caderas, por la cintura, luego las movió hacia el estómago, la espalda, los pechos que él había tomado en sus manos tan sólo unas horas antes… Daisy cerró los ojos cuando él le deslizó la mano entre sus piernas.

– Deberías haberme creído -susurró cuando él terminó.

Alex dio un paso atrás con los ojos llenos de preocupación.

– Si no lo tienes, ¿por qué te has enfrentado a mí?

– Porque quería que confiaras en mí. No soy una ladrona.

Se miraron a los ojos. Parecía como si él estuviera a punto de decir algo cuando Sheba dio un paso adelante.

– Tuvo tiempo de sobra para deshacerse del dinero. ¿Por qué no registras la caravana? Yo registraré la camioneta.

Alex asintió con la cabeza y Sheba salió. A Daisy comenzaron a castañetearle los dientes a pesar de que la noche era cálida. Decía mucho de la relación entre Alex y Sheba que, al menos en ese tipo de asuntos, parecieran confiar el uno en el otro. Pero nadie confiaba en ella.

Daisy se dejó caer en el sofá y se rodeó las rodillas con las manos para dejar de temblar. No miró cómo Alex revisaba los armarios ni cómo registraba sus pertenencias. La joven se sintió embargada por una sensación de impotencia. Ya no podía recordar cómo era tener la vida bajo control. Tal vez es que nunca la había tenido. Primero había dependido de su madre, luego de su padre. Y ahora era ese marido peligroso el que había asumido el control de su vida.

Los ruidos de la búsqueda fueron reemplazados por un pesado silencio, pero Daisy no levantó la mirada del dibujo de la gastada alfombra.

– Has encontrado el dinero, ¿verdad?

– En el fondo de tu maleta, donde tú lo escondiste.

Daisy alzó la vista y vio la maleta abierta a sus pies. Tenía un montón de dinero en la mano.

– No sé quién lo habrá puesto ahí, pero no he sido yo.

Él se metió la mano en el bolsillo.

– Al menos ten las agallas suficientes para decir la verdad y acepta las consecuencias.

– No robé el dinero. Alguien me ha tendido una trampa. -Era evidente para Daisy que Sheba estaba detrás de todo eso. Alex tenía que verlo también. -¡No lo he hecho! Tienes que creerme.

Las súplicas murieron en los labios de Daisy cuando observó el rígido gesto de su marido y supo que nada lo haría cambiar de opinión. Con una horrible sensación de resignación, le dijo:

– No voy a seguir defendiéndome. He dicho la verdad y no voy a decir nada más. -Él se acercó a la silla de enfrente y se sentó. Parecía cansado, pero nada comparable a cómo se sentía ella. -¿Vas a llamar a la policía?

– Nosotros resolvemos nuestros problemas.

– Es decir, sois juez y parte.

– Es mejor así.

Se suponía que el circo era un lugar mágico, pero todo lo que ella había encontrado era ira y sospecha. Clavó los ojos en Alex, intentando ver a través de la impenetrable fachada que presentaba.

– ¿Qué ocurre si te equivocas?

– No lo hago. No puedo permitírmelo.

Daisy notó la fría certeza en la voz de su marido. Tal arrogancia era una invitación al desastre. Se le puso un nudo en la garganta. Ella le había dicho que no volvería a defenderse, pero aun así se sintió inundada por un tumulto de emociones. Tragando saliva, se quedó mirando las feas y finas cortinas que cubrían las ventanas detrás de Alex.