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Las botas de Alex resonaron pesadamente en la rampa.

– Para, Daisy, y sal de ahí ya. Ella tragó saliva intentando desatascar el nudo de su garganta.

– Vete.

– No podrás sobrevivir aquí. Tu obstinación sólo pospondrá lo inevitable.

– Es posible que tengas razón. -Perdió la batalla por contener las lágrimas y éstas se le deslizaron por las mejillas. Sorbió por la nariz, pero no dejó de trabajar.

– Lo único que estás consiguiendo con esto es convencerme de lo tonta que eres.

– No estoy intentando convencerte de nada y, francamente, ya no quiero hablar más. -Con un trémulo sollozo, levantó otro pesado montón y, sin apenas fuerzas, consiguió llevarlo hasta la carretilla.

– ¿Estás llorando?

– Vete.

Él entró y se puso delante de ella.

– Sí, estás llorando.

– Perdona, pero me estás interrumpiendo -dijo Daisy con voz trémula.

Él trató de quitarle la pala, pero ella la apartó a un lado antes de que pudiera cogerla. Un arranque de cólera alimentado por la adrenalina le dio la fuerza suficiente para deslizar la pala bajo otro montón de paja y amenazar con arrojárselo.

– ¡Vete! ¡Lo digo en serio, Alex! Si no me dejas en paz te lo echaré encima.

– No te atreverás.

A Daisy le temblaban los brazos y las lágrimas le caían desde la barbilla a la camiseta, pero sostuvo la mirada de Alex sin rendirse.

– No deberías desafiar a alguien que no tiene nada que perder.

Alex se quedó inmóvil por un momento. Luego meneó lentamente la cabeza y retrocedió.

– De acuerdo, pero sólo lo estás haciendo más difícil para ti.

La joven tardó dos horas en limpiar el remolque. Bajar la pesada carretilla por la rampa fue lo más difícil. Se le volcó la primera vez que lo intentó y tuvo que recogerlo todo de nuevo. Había seguido llorando todo el tiempo, pero no se detuvo. De vez en cuando levantaba la cabeza y veía a Alex, que la observaba con esos ojos dorados, pero lo ignoró. Los hombros y los brazos le dolían demasiado, pero apretó los dientes y se obligó a seguir.

Cuando terminó de limpiar con la manguera el interior del camión, la camiseta y los vaqueros que Alex le había comprado dos días antes estaban cubiertos por una capa de porquería que parecía formar parte de ellos. Tenía el pelo alborotado alrededor de la cara y se le habían roto las uñas. Examinó el trabajo intentando sentir orgullo por lo bien que lo había hecho, pero lo único que sintió fue un cansancio mortal.

Se apoyó en la puerta del camión. Desde aquella ventajosa posición, en lo alto de la rampa, podía ver a los elefantes encadenados cerca de la carretera para anunciar que el circo estaba allí.

– Baje, señorita -dijo Digger. -El día no ha terminado todavía.

Daisy bajó por la pendiente cojeando sin apartar la vista de los elefantitos que estaban, sin atar, a unos quince metros.

Digger los llamó por señas.

– Hay que llevarlos a abrevar. Use esto para empujarlos, cláveselo en los costados. -Le señaló un palo de casi dos metros con un pincho en el extremo, luego se acercó a los pequeños elefantes (que debían de pesar cerca de una tonelada cada uno). Combinando las órdenes y la voz con unos ligeros golpecitos del pincho, Digger los hizo ponerse en movimiento hacia un tanque lleno de agua. Daisy se mantuvo tan alejada de ellos como le fue posible, con el corazón latiéndole con fuerza por el miedo.

El hombre volvió la mirada hacia ella.

– Así es como debe hacerlo.

Daisy se acercó poco a poco, diciéndose a sí misma que, a pesar de su tamaño, aquellas bestias eran sólo unos bebés. Al menos no eran unos desagradables perritos.

Observó que algunos bebían directamente de la artesa, mientras que otros aspiraban el agua con la trompa y luego se la llevaban a la boca. Digger notó que ella se mantenía apartada.

– No le darán miedo, ¿verdad, señorita?

– Por favor, tutéame.

– No debes dejar nunca que los animales perciban tu miedo.

– Eso me ha dicho todo el mundo.

– Tienes que demostrarles quién es el jefe. Enseñarles que eres tú la que manda.

Él golpeó a uno de los animales, haciendo que se echara a un lado para que pudieran pasar los demás. Desde lo alto de las gradas, durante el espectáculo, Daisy había encontrado preciosos a los elefantitos, con esas orejas blanditas, aquellos encantadores rabitos y las expresiones solemnes, pero ahora le daban muchísimo miedo.

Daisy había visto cómo manejaba Neeco Martin a los adultos (los machos, se recordó a sí misma, aunque hubiera jurado que todas eran hembras). Hizo una mueca cuando Digger golpeó con fuerza a uno de ellos. Puede que ella no fuera amante de los animales, pero al ver aquello se revolvió por dentro. Los elefantes no habían nacido para vivir en un circo y nadie debería tratarlos tan brutalmente por no seguir las reglas de los hombres, en especial cuando dichas reglas iban contra sus instintos.

– Tengo que ayudar a Neeco a pasear a los elefantes -dijo Digger. -Encárgate de llevar a los elefantitos hasta la estaca. Iré dentro de unos minutos para ayudarte a atarlos.

– ¡Oh, no! No, no creo que… -Aquel de allí es Puddin. Ése es Tater. El del fondo es Pebbies y este de aquí es Bam Bam, lo llamamos Bam para abreviar. Dale ahora a Pebbies con el pincho. Tienes que enseñarle modales. -Le ofreció el pincho a Daisy y se alejó.

Daisy miró con consternación aquella arma del diablo. Bam abrió la boca, Daisy no supo si lo hacía para bostezar o para pegarle un bocado, y se echó hacia atrás. Dos de los elefantes metieron la trompa en el abrevadero.

«Ahora sí que me voy a rendir», pensó ella. Había conseguido limpiar el camión, pero no lograría acercarse a los elefantes. Había alcanzado su límite.

A lo lejos vio a Alex observándola, vigilándola como un buitre acecha a su presa antes de saltar sobre ella.

Ella se estremeció y dio un paso indeciso hacia los elefantitos.

– Eh… venga, amiguitos. -Temblorosamente señaló la estaca con el pincho.

Bam (o quizá fuera Pebbies) levantó la cabeza y le lanzó una mirada de desdén.

Ella se acercó con inquietud.

– Por favor, no me deis más problemas. Ha sido un día terrible.

Tater levantó la trompa de la artesa y giró la cabeza hacia ella. A continuación Daisy recibió un chorro de agua fría en la cara.

– ¡Aaah! -Gritó dando un salto atrás.

Tater salió disparado aunque, por supuesto no hacia la estaca, sino hacía los remolques.

– ¡Vuelve! -gritó ella, frotándose la cara. -¡No hagas eso! ¡Por favor, vuelve!

Neeco se acercó corriendo con una larga barra metálica con un aguijón en forma de U en el extremo. Lo dirigió hacia Tater, escogiendo un punto detrás de la oreja. El elefante dio un fuerte chillido de dolor; se detuvo en seco y se giró inmediatamente hacia la estaca. Los demás elefantes lo siguieron con rapidez.

Daisy miró a los animales antes de volverse hacia Neeco.

– ¿Qué le has hecho?

Él se pasó la barra metálica de una mano a otra y se apartó el largo cabello rubio de la cara.

– Es una picana. Lanza descargas eléctricas. No la uso a menos que sea necesario, pero ellos saben que la utilizaré si no se comportan correctamente.

Daisy miró la picana con desagrado.