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– Lo siento, Digger. Me he quedado dormida.

A pesar de lo cansada que estaba la noche anterior, se había despertado a eso de las tres de la madrugada tras un sueño en el que Alex y ella navegaban en una barca rosa con forma de cisne por un anticuado túnel del amor. Alex la besaba y la miraba con tal ternura que ella se había sentido como si su cuerpo se fundiera con la barca, con el agua y con el propio Alex. Había sido esa sensación lo que la había despertado y lo que la había hecho reflexionar, tumbada en el sofá, sobre el doloroso contraste entre aquel bello sueño y la realidad de su matrimonio.

Cuando llegaron a la amplia explanada de High Point, en Carolina del Norte, el remolque que transportaba a los elefantes aún no había aparecido, y se había metido en la camioneta para echar una siesta. Dos horas después, se había despertado con el cuello rígido y dolor de cabeza.

Desde lo alto de la rampa vio que Digger casi había terminado de retirar el estiércol del camión. La sensación de alivio se mezcló con una punzada de culpabilidad. Ése era su trabajo.

– Deja que siga yo.

– Lo peor ya está hecho. -Habló como un hombre que estaba acostumbrado a esperar lo peor de la vida.

– Lo siento, no ocurrirá de nuevo.

Él sorbió por la nariz y la miró como diciendo que se lo creería cuando lo viera.

Desde donde estaba, Daisy tenía una amplia vista de la nueva localización del circo, situado entre un Pizza Hut y una gasolinera. Según le había dicho Alex, la mayor parte de los miembros del circo preferían instalarse en un terreno liso y asfaltado, aunque eso significara tener que reparar antes de marcharse todos los agujeros que hicieran para clavar las estacas.

Oyendo de fondo el rítmico golpeteo de los hombres que montaban el circo, miró hacia atrás y vio a Heather sentada en una silla delante de su caravana. Sheba estaba de pie detrás de ella haciéndole una trenza. También había visto cómo la dueña del circo echaba una mano a los trabajadores y ayudaba a levantarse al pequeño de los Lipscomb, de seis años, cuando se caía. Sheba Quest era una mujer llena de contradicciones: con Daisy se comportaba como una bruja malvada, pero con todos los demás era una persona muy amable.

Sintió que le tiraban del pantalón. Cuando bajó la vista vio que era la trompa de Tater, que estaba al pie de la rampa, mirándola con adoración a través de unas pestañas ridículamente rizadas.

Digger se burló de ella.

– Tu novio ha venido a verte.

– Pues se va a llevar un chasco. No me he puesto perfume.

– Supongo que tendrá que acercarse más para comprobarlo por sí mismo. Llévalo con los demás, ¿de acuerdo? Hay que darles de beber. El pincho está allí dijo, señalando con la cabeza el objeto apoyado contra el camión.

Ella miró el pincho con autentica aversión. Al fondo de la rampa, Tater barritó y giró sobre sí mismo, como si estuviera llamándola. Luego se detuvo, y levantó una pata tras otra como si fuera un bebé pataleando. O mucho se equivocaba Daisy o todo eso era por ella.

– ¿Qué voy a hacer contigo, Tater? ¿No te das cuenta del miedo que me das?

Armándose de valor, se acercó al fondo de la rampa mientras se metía la mano en el bolsillo para sacar una zanahoria mustia que había encontrado en la nevera. Esperaba que la siguiera al ver que iba a alimentarlo, y le ofreció la hortaliza con una mano temblorosa.

El animalito alargó la trompa y olisqueó la zanahoria con delicadeza, haciéndole cosquillas en la palma de la mano. Ella retrocedió un paso, utilizando la zanahoria como cebo para llevarlo con los demás. Tater se la arrebató de la mano y se la llevó a la boca.

Daisy observó con aprensión la mano ahora vacía mientras el alargaba la trompa hacia ella otra vez.

– N-no tengo más.

Pero no era comida lo que él quería; era perfume.

Metió la trompa por el cuello de la camiseta de Daisy buscando el olor que tanto le gustaba.

– Amiguito… lo siento… yo…

¡Zas! Con un dramático barrito, Tater le dio un golpe con la trompa y la tiró al suelo. Daisy gritó. Al mismo tiempo, Tater levantó la cabeza y volvió a barritar, anunciando al mundo la profunda traición de la que acababa de ser objeto: ¡Daisy no llevaba perfume!

– Daisy, ¿estás bien? -Alex apareció de la nada y se puso en cuclillas a su lado.

– Estoy bien. -Hizo una mueca de dolor al sentir una punzada en la cadera.

– ¡Maldita sea! No puedes dejar que este animal continúe haciéndote eso. Sheba me ha dicho que ayer también te tiró.

Por supuesto, Sheba no había podido resistirse a dejar pasar algo como eso, pensó Daisy, tensándose al cambiar de postura.

Por el rabillo del ojo, vio cómo Neeco se acercaba a grandes zancadas hacia ellos.

– Yo me encargaré de esto -les dijo.

Daisy soltó un grito ahogado cuando lo vio coger el pincho.

– ¡No! ¡No le pegues! Ha sido culpa mía. Yo… -Ignorando el dolor, se obligó a ponerse de pie y se interpuso de un salto entre Neeco y Tater, pero llegó demasiado tarde.

Horrorizada, observó cómo Neeco golpeaba al elefantito en aquel lugar sensible detrás de la oreja. Tater soltó un agudo chillido y retrocedió. Neeco se acercó de nuevo a él, levantando el pincho para propinarle un segundo golpe.

– Ya basta, Neeco.

Daisy no oyó las suaves palabras de advertencia de Alex porque ya se había lanzado sobre la espalda de Neeco.

– ¡No vuelvas a pegarle! -con un grito de indignación, intentó arrebatarle el pincho.

Alarmado, Neeco tropezó, y tras recuperar el equilibrio, soltó una maldición y se dio la vuelta. Daisy no pudo sujetarse a sus hombros y sintió que se resbalaba. Pero en vez de caer al sucio por segunda vez ese día, Alex la atrapó en sus brazos.

– Ya te tengo.

Sheba se acercó con rapidez.

– Por el amor de Dios, Alex, hay periodistas en el recinto.

Mientras la dejaba en el suelo, Daisy se preparó para sufrir una bronca de Alex. Pero para su sorpresa, Alex se volvió hacia Neeco.

– Creo que Tater ha captado el mensaje la primera vez.

Neeco se puso rígido.

– Sabes tan bien como yo que no hay nada más peligroso que un elefante se vuelva contra sus adiestradores.

Daisy no pudo morderse la lengua.

– ¡Es sólo un bebé! Y fue culpa mía. No me he puesto perfume y se enfadó conmigo.

– Cállate, Daisy -dijo Alex con suavidad.

– Tu bebé pesa una tonelada -dijo Neeco apretando los labios. -No dejaré que ninguno de los que trabaja conmigo se ponga sentimental con los animales. No podemos correr riesgos. Actuando de esa manera pones en peligro la vida de la gente; los animales tienen que saber quién manda.

Daisy dejó salir toda su frustración.

– ¡Las vidas de los animales también tienen valor! Tater no pidió que lo encerraran en un circo. No pidió que lo llevaran por todo el país en un remolque maloliente, ni que le ataran para ser exhibido delante de personas ignorantes. Dios no creó a los elefantes para que hicieran equilibrios sobre sus patas. Los creó para que vagaran libres.

Sheba se cruzó de brazos y alzó una ceja con ironía.

– Ya la veo tirando pintura roja a los abrigos de piel. Alex, controla a tu esposa o la echaré de mi circo.

Ni el más mínimo atisbo de emoción cruzó por la cara de Alex cuando sus ojos se encontraron con los de Sheba.

– Daisy es la encargada de los elefantes. Por lo que he visto, sólo cumplía con su trabajo.

A Daisy casi se le detuvo el corazón. ¿Sería posible que su marido la estuviera defendiendo?

El placer de la joven se desvaneció cuando él se volvió hacia ella, señalando con la cabeza el remolque de los elefantes.

– Se está haciendo tarde y aún no lo has limpiado con la manguera. Vuelve al trabajo.