Ella se dio la vuelta y, deseando que los tres se fueran al infierno, volvió a su tarea. Sabía que los animales que viajaban con el circo debían estar bajo control, pero la idea de que estaban siendo obligados a comportarse en contra de su naturaleza, le molestaba. Tal vez encontrara tan perturbadora su situación porque sentía que tenía algo en común con ellos. Como los animales del circo, estaba cautiva contra su voluntad y, como ellos, su guardián tenía todo el control.
Sheba casi había llegado al vagón rojo cuando la abordó Brady Pepper. A pesar de lo molesta que estaba con Brady, no podía negar lo apuesto que era, con aquella piel aceitunada y esos rasgos fuertes y firmes. Aunque tenía cuarenta y dos años, sólo había unas pocas hebras plateadas en el pelo rizado del acróbata y aquel atlético y poderoso cuerpo que poseía no tenía ni un ápice de grasa.
– ¿Te tiras a Neeco? -preguntó él de esa manera agresiva que siempre la hacía rechinar los dientes.
– No es asunto tuyo.
– Me apuesto lo que sea a que sí. Es el tipo de tío que te gusta. Guapo y corto de entendederas.
– Vete al infierno. -La irritación de la mujer se debía al hecho de que sí se había acostado con Neeco en alguna ocasión al inicio de la temporada. Sin embargo, había perdido rápidamente el interés en él y no había sentido ganas de repetir la experiencia. No quería que nadie sospechara que el sexo ya no le interesaba tanto como antes.
– Con un tío como Neeco siempre puedes llevar la voz cantante, ¿verdad? Mientras que con alguien como yo…
– Alguien como tú nunca podría satisfacerme. -Dirigiéndole una falsa sonrisa, le recorrió con la uña el deltoides que se marcaba bajo la camiseta. -Las chicas dicen que ya no se te levanta, ¿es cierto?
Para disgusto de Sheba, él reaccionó a la puya con una carcajada.
– Vigila esa lengua viperina que tienes, Sheba Quest. Un día te meterá en grandes problemas.
– Me gustan los problemas.
– Lo sé. En especial los que provocan los hombres.
Ella continuó caminando hacia el vagón rojo, pero en vez de darse por aludido y marcharse, Brady no tardó en ajustar su paso al de ella. Todo en él, desde la longitud de su zancada hasta el movimiento de sus hombros, anunciaba que se consideraba un regalo de Dios para las mujeres. Era además un machista confeso, por lo que Sheba siempre tenía que recordarle quién era la que mandaba. Y aun así, a pesar de todo lo que la exasperaba, era el tipo de hombre que más le gustaba. Orgulloso, trabajador y honesto. Debajo de su hosca fachada tenía una naturaleza generosa y, a diferencia de Alex Markov, no había en él más de lo que se veía.
La recorrió con la mirada tal y como hacía siempre. Brady nunca había mantenido en secreto que le gustaban las mujeres y, a pesar de que solía coquetear con las jóvenes del circo, tenía una manera de mirarla que la hacía sentir como si aún estuviera en la flor de la vida. Ella había fingido no notar la sensual cadencia de caderas de ese hombre, pues no podía olvidar que Brady era el hijo de un carnicero de Brooklyn sin una sola gota de sangre circense en las venas.
– Heather y tú pasáis mucho tiempo juntas últimamente -dijo él.
– Hoy le he hecho una trenza, si es eso a lo que te refieres.
Brady la cogió del brazo y la giró hacia él.
– Eso no es lo que quiero decir, y lo sabes. Estoy hablando del tiempo que dedicas a entrenarla.
– ¿Y qué?
– No quiero que la hagas albergar falsas esperanzas. Sabes que no tiene madera para ser una buena equilibrista.
– ¿Por qué dices eso? Ni siquiera le has dado una oportunidad.
– ¿Estás de coña? ¡He trabajado con ella desde que llegó y no ha mejorado nada!
– ¿Y te parece extraño?
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que podría llegar a ser buena si tú fueras un buen entrenador.
– ¡No me jodas! No hay nadie que entrene mejor que yo. -Se clavó el pulgar en el pecho. -Fui yo quien le enseñó a mis hijos todo lo que saben.
– Matt y Rob son tan duros como tú. Una cosa es enseñar a dos chicos pendencieros y otra trabajar con una joven sensible. ¿Cómo va a aprender algo contigo si no haces más que decirle lo mal que lo hace?
– ¿Qué demonios sabrás tú de jovencitas sensibles? Por lo que me han dicho, tu madre te amamantó con arsénico.
– Muy gracioso.
– No intentes convencerme de que tu padre se añilaba con contemplaciones cuando te enseñaba a hacer el triple salto.
– No tenía que andarse con nada. Yo ya sabía que me quería.
Brady apretó los labios.
– ¿Estás insinuando que no quiero a mi hija?
Ella plantó las manos en las caderas.
– Pero ¡qué estúpido eres! ¿No se te ha ocurrido pensar que en este momento te necesita más como padre que como entrenador? Si dejaras de presionarla tanto, lo haría mejor.
– Vaya, pero si tenemos aquí a la jodida Arm Landers -dijo refiriéndose a la famosa columnista del Chicago Tribune.
– ¡Vigila tu lengua!
– Mira quién fue a hablar. Te lo advierto, Sheba, no me jodas con Heather. Ya lo tiene bastante difícil en este momento sin que tú intentes ponerla en mi contra.
Y se fue rezumando animosidad.
Lo observó durante un momento, luego abrió la puerta y entró en el vagón rojo. Brady y ella habían chocado desde el principio, pero además existía entre ellos una poderosa atracción sexual que la hacía mantenerse en guardia. La experiencia le había enseñado a ser cauta con los hombres que elegía como amantes. El día que se casó con Owen Quest había sido el día que se había prometido a sí misma que nunca más se acostaría con un hombre al que no pudiera controlar. Tenía mala suene con los hombres y en dos ocasiones casi la habían destruido: primero Carlos Méndez y luego, de manera más contundente, Alex Markov.
Había hecho pagar a Carlos Méndez por lo que le había hecho, y se recordó a sí misma que Alex había tenido su propio castigo. Miró por la ventana y vio a Daisy Markov forcejeando con un fardo de heno. Sheba casi sintió lástima por ella -y la hubiera sentido de haber sido otra persona, -pero Daisy era el instrumento con el que podía castigar a Alex. Qué humillado debía de sentirse.
Seguro que estaba embarazada, ¿por qué otra razón se hubiera casado Alex con esa mujer? Pero a pesar de lo mucho que odiaba a Alex, el circo lo significaba todo para Sheba, y le parecía denigrante que la sangre de los Markov -una de las familias más famosas en la historia del circo- pasara a la siguiente generación a través de una ladronzuela. Cada vez que miraba a Daisy, Sheba se preguntaba cómo podría haber mantenido la cabeza en alto si no se hubiera hecho pública la verdad sobre Daisy.
Tiempo después Daisy no pudo recordar cómo consiguió aguantar durante los diez días siguientes mientras el circo recorría Carolina del Norte antes de cruzar la frontera de Virginia. Durante el día Alex y ella estaban solos en la camioneta y, cuando él se dignaba a hablarle, ella sentía como si le estuviera pinchando con carámbanos. Ni siquiera compartían las comidas. Alex siempre se abría alguna lata de conservas mientras ella estaba en el cuarto de baño arreglándose para la función y le dejaba preparado un plato de comida mientras él se cambiaba. Nunca le preguntó qué le apetecía comer ni le pidió que cocinara, aunque ella tampoco habría tenido fuerzas para hacerlo.
Algunas veces Daisy pensaba que había soñado aquel apasionado beso que habían compartido. Ahora a ni siquiera se tocaban, salvo en esas ocasiones en las que se quedaba dormida en la camioneta y se despertaba acurrucada contra él. Cuando eso ocurría se apartaba de un salto, sólo para sentir la intensa energía sexual que existía entre ellos, tan palpable como la brisa que entraba en la camioneta.
O puede que todo eso fuera cosa de su imaginación. Tal vez Alex no se sentía atraído por ella. ¿Cómo iba a encontrar atractiva a una chica con las manos llenas de ampollas, la nariz quemada por el sol y los codos llenos de costras, que no vestía otra cosa que ropa de trabajo sucia? En algún momento de la última semana había dejado de maquillarse hasta la hora de la función. Durante el día se recogía el pelo en una coleta, con algunos rizos sueltos que le caían sobre el cuello y las mejillas. En sólo dos semanas había abandonado las costumbres de toda una vida.