Nada.
Giró la manija y la vio inmóvil, delante del espejo, con las lágrimas cayéndole en silencio por las mejillas mientras miraba su propio reflejo.
Alex notó un extraño sentimiento de ternura en su interior.
– ¿Qué te ocurre, cariño?
Ella no se movió, las lágrimas continuaron deslizándosele por las mejillas.
– No es que nunca haya sido tan guapa como mi madre, pero ahora estoy horrible.
En lugar de irritarlo, ver que ella había perdido cualquier rastro de vanidad le tocó la fibra sensible.
– Yo creo que eres muy hermosa, cara de ángel, incluso cuando estás sucia. Pero te sentirás mejor después de ducharte.
Daisy no se movió. Seguía con la mirada clavada en el espejo mientras las lágrimas le caían por la barbilla.
Él se agachó a su lado, le levantó un pie y le quitó la deportiva y el calcetín. Luego hizo lo mismo con el otro.
– Por favor, vete. -Daisy lo dijo con la misma dignidad muda que él había observado en ella durante los últimos diez días mientras se concentraba en completar una tarea tras otra. -Estás ayudándome porque estoy llorando de nuevo, pero sólo lloro porque estoy cansada. Lo siento. No me hagas caso.
– Ni siquiera he notado que estuvieras llorando. -Alex se arrodilló ante ella y le abrió la cremallera de los vaqueros y, tras vacilar un momento, se los deslizó por las caderas. Cuando los bajó por las delgadas piernas de la joven, Alex sintió una punzada de deseo y tuvo que obligarse a apartar la vista del tentador triángulo de las bragas color verde menta que llevaba puestas.
¿Cuánto tiempo más iba a poder mantener las manos alejadas de ella? Durante la última semana y media Daisy había estado tan cansada que apenas podía mantenerse en pie, pero él sólo había podido pensar en su suave y flexible cuerpo. Había llegado a un punto en el que no podía mirarla sin ponerse duro, y eso le sacaba de sus casillas. Le gustaba tener todos los aspectos de su vida bajo control y ése se le escapaba de las manos.
Incluso para una mujer que hubiera crecido en el circo hubiera sido demasiado duro hacer todo lo que le había ordenado hacer a Daisy. Se había convencido de que sólo era cuestión de días -por no decir horas- que ella tirase la toalla y se fuera. Y querría poder estar seguro de que no la tocaría, por lo menos no como deseaba hacerlo. Mantener relaciones sexuales en ese momento sólo complicaría una situación ya de por sí complicada, y por eso no importaba lo mucho que la deseara, tenía que dejarla en paz.
Pero Daisy seguía sin darse por vencida y él no sabía cuánto tiempo más podría mantenerse alejado. Cuando se metía en la cama por la noche, era tan consciente de ella acurrucada en el sofá, a tan sólo unos metros de él, que tenía dificultades para quedarse dormido. Y el simple hecho de verla durante el día hacía imposible que se concentrara en su trabajo.
¿Por qué no se había rendido? Era delicada. Débil. No hacía más que llorar. Y, al mismo tiempo, había tenido el valor de enfrentarse a Neeco Martin y defender a esas pobres y tristes criaturas de la casa de fieras. Daisy Devreaux Markov no era la joven pusilánime que él había supuesto.
Que no hubiera resultado ser como él creía lo irritaba casi tanto como el doloroso efecto que tenía sobre su cuerpo, y por ese motivo le habló bruscamente:
– Levanta los brazos.
Daisy estaba demasiado cansada después de haberse pasado todo el día trabajando, así que obedeció de manera automática. Alex le quitó la camiseta por la cabeza, dejando al descubierto el sujetador que hacía juego con las braguitas. La joven estaba tan agotada que no podía evitar que se le cayera la cabeza, pero Alex seguía sin poder confiar en sí mismo, por lo que se enojó todavía más. Se dio la vuelta, ajustó la temperatura del agua de la ducha y metió a Daisy dentro de la cabina con la ropa interior incluida.
– Te serviré la comida cuando salgas. Ya me he hartado de comer latas de conservas, así que esta noche he preparado chile.
– Sé cocinar -dijo ella entre dientes.
– Por hoy ya has hecho suficiente.
Daisy se colocó bajo el chorro de la ducha y dejó que el agua resbalara por su cuerpo.
Cuando por fin salió del cuarto de baño, llevaba el pelo retirado de la cara y tenía puesto el albornoz azul de Alex. Parecía una adolescente cuando se deslizó detrás de la mesa de la cocina.
Alex le plantó delante un plato de chile caliente y luego se acercó al fogón para servirse otro para él.
– ¿Puedo faltar esta noche a la función?-preguntó ella.
– ¿Estás enferma?
– No.
Alex puso su plato sobre la mesa y se sentó enfrente de ella, endureciendo su corazón ante la muda dignidad que mostraba su esposa.
– Entonces no puedes faltar.
Daisy pareció aceptar la negativa con resignación, algo que a Alex le molestó más que si hubiera discutido con él.
– Jamás me había sentido tan despreciada.
– Las llamas son así con todo el mundo. No te lo lomes como algo personal.
– Frankie también me odia. Hoy me ha lanzado una caja de galletas.
– Ha tenido que ser un accidente. Frankie es amable con todo el mundo.
Daisy apoyó un codo en la mesa y descansó la cabeza en la mano mientras revolvía el chile con desgana.
– Desfilar con tan poca ropa denigra a las mujeres.
– Pero es estupendo para la taquilla.
Alex lamentó de inmediato haberle tomado el pelo, sobre todo cuando sabía que ella estaba demasiado cansada para responder a la broma. Y lo cierto era que le molestaba verla desfilar con ese maillot. No era tan alta como las demás chicas ni tan pechugona como ellas, pero la belleza juvenil y la dulce sonrisa de su esposa la hacían destacar, e incluso había tenido que ponerse serio con algunos patanes del público que habían intentado ligar con ella tras la función. Sorprendentemente, Daisy parecía no ser consciente de las reacciones que provocaba.
Ella dejó caer una galletita salada en el chile.
– Ya que presumes de lo bien que se cuida a los animales en el circo, deberías saber que la casa de fieras es una vergüenza.
– Estoy totalmente de acuerdo contigo. Llevo años diciéndolo, pero a Owen le encantaba y siempre se negó en redondo a deshacerse de ella.
– ¿Y Sheba?
– Opina como yo. Espero que la cierre pronto, pero no hay mercado para los animales viejos de los circos. En realidad están mejor con nosotros que si los vendiese a los cotos de caza ilegales.
Daisy se llevó un poco de chile a la boca pero volvió a poner el tenedor en el plato como si comer supusiera demasiado esfuerzo.
Alex ya no lo soportó más. No le importaba si le criticaban por darle a su esposa un trato de favor, pero no podía tolerar esas sombras púrpura bajo sus ojos ni un día más.
– Vete a la cama, Daisy. He cambiado de idea. Hoy puedes saltarte la función.
– ¿De verdad? ¿Estás seguro?
La alegría de Daisy lo hizo sentir todavía más culpable.
– Eso es lo que he dicho, ¿no?
– Sí, sí, claro. Oh, gracias, Alex. No lo olvidaré.
Daisy durmió durante la primera función pero, para sorpresa de Alex, se presentó cuando comenzaba la segunda función. La siesta de dos horas había hecho maravillas en ella y parecía más relajada que en los días anteriores. Mientras recorría la pista de arena sobre Misha, Alex la vio saludar con las manos y lanzar besos a los niños sin ser consciente del efecto que aquel llameante maillot rojo tenía en los padres de las criaturas. Alex tuvo que contenerse para no arrancar la gorra de alguno de esos palurdos con el látigo.
Cuando la función finalizó, él se fue a la caravana para cambiarse de ropa. Daisy solía estar ya allí, pero no la vio por ninguna parte.
Intranquilo, se vistió rápidamente y regresó al circo. Un destello de lentejuelas rojas cerca de la puerta principal atrajo su atención. Vio a su esposa rodeada por tres espectadores. Todos se comportaban con cortesía y, desde luego, ella no corría peligro, pero aun así quería estrellar el puño contra aquellas caras presumidas.