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– Pensé que estabas lista, pero imagino que no es suficiente. -Cambió de posición sobre ella y comenzó a acariciarla.

La voz de Alex pareció llegar de muy lejos.

– Eres muy estrecha, cariño. Ha pasado mucho tiempo para ti, ¿no?

Ella le hundió las uñas en los hombros.

– Sí… puede ser… -la joven soltó un jadeo cuando las nuevas sensaciones crecieron vertiginosamente en ni interior -que esté un poco cerrada.

Él gimió y se volvió a colocar sobre ella.

– Volvamos a intentarlo. -Dicho eso intentó penetrarla otra vez.

Daisy gritó y se arqueó sin saber si quería apartarse o acercarse más a él. Su cuerpo se abrió suavemente con un ardiente dolor. Él la sujetó por las nalgas y la penetró profundamente al tiempo que le cubría la boca con la suya, devorándola. Su posesión era rápida e intensa, pero la tensión que ella sentía en él le decía que Alex seguía controlándose. No supo por qué hasta que escuchó su murmullo.

– Deja de contenerte, cariño. Deja de contenerte.

Daisy supo en ese momento que él la estaba esperando y esas palabras suaves la hicieron llegar otra vez al clímax.

Cuando volvió en sí, la piel de Alex estaba húmeda y su cuerpo tenso de deseo bajo las manos de Daisy. Pero era un amante fuerte y generoso.

– Otra vez, cariño. Otra vez.

– No, yo…

– ¡Sí! -Con firmeza, la condujo de nuevo al éxtasis.

Fuera de la caravana retumbó un trueno y, dentro, ella hizo lo que le pedía. Y, esta vez, él la siguió.

El tiempo transcurrió mientras yacían inmóviles, con los cuerpos entrelazados, con el todavía enterrado en su interior.

Daisy no lo olvidaría jamás. A pesar de todas las cosas horribles que la habían conducido a ese momento, no podía haber tenido una iniciación más maravillosa, y siempre le estaría agradecida a Alex por ello.

Apretó los labios contra el pecho de su marido mientras le acariciaba con las palmas de las manos. Después de tanto tiempo, por fin había pasado.

– Ya no soy virgen.

Daisy sintió que Alex se ponía rígido debajo de sus manos. Sólo entonces se percató de que había dicho su secreto en voz alta.

CAPÍTULO 11

– ¿Qué has dicho? -Alex se incorporó sobre ella con rapidez.

Daisy quiso morderse la lengua. ¿Cómo podía habérsele escapado aquello? Había estado tan somnolienta y feliz que había pensado en voz alta.

– N-nada -tartamudeó, -no he dicho nada.

– Te he oído claramente.

– Entonces, ¿para qué preguntas?

– Has dicho que ya no eres virgen.

– ¿En serio?

– Daisy… -la voz de Alex tenía un ominoso tono de advertencia. -¿Lo has dicho literalmente?

Ella intentó adoptar un tono de superioridad.

– No es asunto tuyo.

– Bobadas. -El saltó fuera de la cama, agarró los vaqueros y se los puso como si fuera obligatorio poner algún tipo de barrera entre ellos. Se giró para enfrentarse a ella. -Dime, ¿a qué estás jugando?

Daisy no pudo evitar fijarse en que él no se había subido la cremallera de los vaqueros y tuvo que obligarse a apartar la vista de la tentadora V de aquel duro y plano vientre.

– No quiero hablar de eso.

– ¿No esperarás en serio que crea que eras virgen?

– Claro que no. Tengo veintiséis años.

Él se pasó la mano por el pelo y se paseó de un lado a otro del estrecho espacio que había a los pies de la cama. Parecía como si no la hubiera oído.

– He notado que eras muy estrecha. He creído que era porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuviste con alguien, pero nunca hubiera imaginado… ¿Cómo coño has llegado a los veintiséis años sin echar un polvo?

Ella se incorporó bruscamente.

– No es necesario usar esa clase de lenguaje. ¡Quiero que te disculpes ahora mismo!

Él la miró como si se hubiera vuelto loca.

Ella le sostuvo la mirada. Si Alex pensaba que se iba a acobardar, podía esperar sentado. Durante los años que había vivido con Lani había oído suficientes palabras obscenas para toda una vida y no pensaba dejar pasar aquel tema por alto.

– Estoy esperando.

– Responde a la pregunta.

– Después de que te disculpes.

– ¡Lo siento! -gritó él, perdiendo su rígido control. -O me dices la verdad ahora mismo o voy a estrangularte con las medias y a arrojar tu cuerpo en una zanja al lado de la carretera después de pisotearlo.

Como disculpa no valía mucho, pero Daisy no esperaba conseguir nada mejor.

– No soy virgen -repuso con suavidad.

Por un momento, Alex pareció aliviado, luego la miró con suspicacia.

– No eres virgen ahora, pero ¿lo eras cuando entraste en la caravana?

– Puede que lo fuera -masculló ella.

– ¿Puede que lo fueras?

– Vale, lo era.

– ¡No te creo! Nadie con tu aspecto llega a los veintiséis años sin echar…

Ella le dirigió una mirada fulminante.

– … sin hacerlo. ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué?

Ella jugueteó con el borde de la sábana.

– Mientras crecía vi cómo mi madre se liaba con un tío tras otro.

– ¿Y eso qué tiene que ver contigo?

– La promiscuidad no es nada agradable, y me rebelé.

– ¿Te rebelaste?

– Decidí ser todo lo contrario a mi madre.

Alex se sentó a los pies de la cama.

– Daisy, tener un amante de vez en cuando no te hubiera convertido en una mujer promiscua. Eres muy apasionada. Mereces tener una vida sexual.

– No estaba casada.

– ¿Y qué?

– Alex, yo no creo en el sexo fuera del matrimonio.

Él la miró anonadado.

– No creo en el sexo fuera del matrimonio -repitió ella. -Ni para las mujeres. Ni para los hombres.

– ¿Estás de coña?

– No pretendo juzgar a nadie, pero eso es lo que pienso. Si quieres reírte, adelante.

– ¿Cómo puedes pensar algo así en los tiempos que corren?

– Soy hija ilegítima, Alex. Eso hace que vea las cosas de otra manera. Probablemente me consideres una puritana, pero no puedo evitarlo.

– Después de lo que ha pasado entre nosotros esta noche, no me atrevería a llamarte puritana. -Él sonrió por primera vez. -¿Dónde aprendiste todos esos trucos?

– ¿Qué trucos?

– Lo de poner las manos contra la pared y cosas por el estilo.

– Ah, eso. -Daisy notó que se sonrojaba. -He leído algunos libros guarros.

– Bien hecho.

Ella frunció el ceño, preocupada.

– ¿No te ha gustado? Acepto críticas constructivas. Quiero aprender, puedes decirme la verdad.

– Me ha gustado.

– Pero quizá no he sido lo suficientemente imaginativa para ti. -Daisy pensó en los látigos. -Para ser sincera, no creo que pueda ser mucho más atrevida. Y deberías saber que el sadomasoquismo no es lo mío.

Por un momento Alex pareció confundido, luego sonrió.

– ¿Te dan miedo los látigos?

– Es difícil no pensar en ellos cuando los veo por todas partes.

– Supongo que tan difícil como me resulta a mí pensar que alguien tan interesado en el sexo fuera todavía virgen.

– No dije que estuviera interesada. Sólo estaba tratando de que nos entendiéramos. Y en lo que se refiere a mis creencias, poco antes de morir mi madre tenía amantes más jóvenes que yo. De verdad que lo odiaba.

Alex se levantó de la cama.

– ¿Por qué no me has dicho que eras virgen?

– ¿Hubiera cambiado algo?

– No sé. Tal vez. Sin duda alguna no hubiera sido tan rudo.

Daisy abrió los ojos con sorpresa.

– ¿Estabas siendo rudo?

Alex relajó las duras líneas de su boca. Se sentó al lado de ella y le pasó el pulgar por los labios.

– ¿Qué voy a hacer contigo?

– Tengo una idea, pero a lo mejor no te gusta.

– Dime.