– No sé qué tienes que pensar. No crees en el sexo fuera del matrimonio, pero estamos casados, así que, ¿cuál es el problema?
– Nuestro matrimonio es un «acuerdo legal» -señaló ella con suavidad. -Hay una sutil diferencia.
Él masculló una obscenidad especialmente desagradable. Antes de que pudiera recriminárselo, Alex giró a la derecha bruscamente y entró en el aparcamiento de camiones de una estación de servicio.
Esta vez la camarera era hosca y de mediana edad, así que Daisy no tuvo ningún problema en dejarlo solo para ir al servicio. Debería habérselo pensado mejor, pues cuando salió él había entablado conversación con una atractiva rubia que estaba sentada en la mesa de al lado.
Daisy sabía que él la había visto salir del baño, pero aun así vio cómo la rubia cogía su taza de café y se sentaba al lado de su marido. Sabía por qué Alex hacía eso. Quería asegurarse que ella no le daba importancia a lo que había sucedido entre ellos.
Daisy apretó los dientes. Tanto si Alex Markov quería admitirlo como si no, era un hombre casado, y ningún flirteo del mundo cambiaría eso.
Vio un teléfono público en la pared, no lejos de la mesa donde la rubia admiraba los músculos de su marido. En cuanto controló su temperamento, descolgó el teléfono y lo mantuvo apretado contra la oreja mientras contaba hasta veinticinco. Finalmente, se volvió hacia él y exclamó:
– ¡Alex, querido! ¡¿A que no lo adivinas?!
Él levantó la cabeza y la miró con cautela.
– ¡Buenas noticias! -canturreó. -¡El médico dice que esta vez serán trillizos!
Alex volvió a dirigirle la palabra cuando llegaron al nuevo recinto. Cuando bajó de la camioneta y empezó a desenganchar la caravana, le dijo a Daisy que no volvería a trabajar con los animales. Que debía dedicarse a cosas más ligeras, como ordenar el vestuario y, claro está, aparecer en el desfile todas las noches.
Ella lo miró con el ceño fruncido.
– Pensaba que te alegraría no tener que trabajar tan duro -dijo él. -¿Qué es lo que te parece mal ahora?
– ¿Por qué has esperado hasta esta mañana para aligerar mis tareas?
– Por ninguna razón en particular.
– ¿Seguro?
– Déjate de rodeos y dime qué estás pensando.
– Me siento como una prostituta a la que están pagando por los servicios prestados.
– Vaya ridiculez. Había tomado la decisión antes de que nos acostáramos juntos. Además, quién dice que tendría que pagarte. Creo sin duda alguna que mi actuación fue buenísima.
Ella no picó el anzuelo.
– Dije que me ocuparía de las fieras y eso es lo que haré.
– Y yo te digo que no tienes por qué hacerlo.
– Y yo digo que quiero hacerlo. -Era cierto. Tras su experiencia con los elefantes, sabía que sería un trabajo duro, pero no podía ser peor de lo que ya había sido.
Había sobrevivido. Había recogido estiércol hasta que le salieron ampollas en las manos, había transportado pesadas carretillas y había sido golpeada por malhumorados elefantitos. Se había enfrentado al miedo y todavía seguía en pie -magullada, tal vez- pero con la cabeza bien alta.
El la miró con una mezcla de incredulidad y algo que casi parecía admiración, aunque Daisy sabía que no podía ser eso.
– ¿Por qué no me haces caso y dejas correr el tema?
Daisy se mordisqueó el labio inferior y frunció el ceño.
– Mira, no sé qué me deparará el futuro, me limito a vivir el día a día. Ahora mismo lo único que tengo claro es que tengo que hacerlo.
– Daisy, es demasiado trabajo.
– Lo sé. -Sonrió. -Por eso tengo que hacerlo.
Alex la observó un buen rato y luego, para sorpresa de Daisy, inclinó la cabeza y la besó. Allí mismo, en mitad del recinto, con todos yendo de un lado para otro, con Brady y sus hijos ensayando sus saltos acrobáticos y Heather haciendo equilibrios a su lado. En medio de todo eso le dio un beso largo y profundo.
Cuando se separaron, ella se sentía débil y jadeante. É levantó la cabeza y miró a su alrededor. Daisy esperaba que se sintiera avergonzado por aquella exhibición pública, pero no lo parecía. Quizás intentaba compensar el incidente de la fiesta sorpresa, o tal vez sus motivaciones fueran más complicadas pero, sin importar cuál fuera la razón, había dejado claro a todo el que quisiera mirar que ella significaba algo para él.
Daisy tuvo poco tiempo para pensar en el tema cuando emprendió sus tareas en la casa de fieras. Poco después apareció un joven llamado Trey Skinner que dijo que Alex le había enviado para ayudarla con el trabajo más pesado. Daisy le mandó poner la jaula de Sinjun a la sombra y meter dentro un poco de heno, después le dijo que podía marcharse.
Por suerte, Lollipop no intentó escupirle de nuevo, pero aun así Daisy se mantuvo alejada de la llama. Además de Lollipop, Sinjun y Chester, en la casa de fieras también había un leopardo llamado Fred, un buitre con las alas cortadas y una gorila. Había también una boa pero, para alivio de Daisy, la serpiente se había convertido en la mascota de Jill y vivía en su caravana cuando no estaba en la exhibición.
Siguiendo las escuetas instrucciones de Digger, Daisy alimentó a los animales y después comenzó a limpiar las jaulas, empezando por la de Sinjun. El tigre la miraba con aire condescendiente cuando comenzó a remojarlo con la manguera, como si le estuviera otorgando el privilegio de servirlo.
– No me gustas -murmuró ella empapándolo de agua.
«Mentirosa.»
Ella casi dejó caer la manguera.
– Deja de hacer eso -siseó. -Deja de meterte en mi mente.
El tigre bostezó y se estiró bajo el chorro de agua, haciéndola sentir increíblemente tonta.
Cuando terminó de duchar a Sinjun, volvió a la carpa y miró a la gorila que recibía el nombre de Glenna y ocupaba la jaula de la esquina. Sus ojos color chocolate parecían tristes y le sostuvieron la mirada cuando la observó a través de los barrotes oxidados de aquella vieja jaula que parecía demasiado pequeña para ella. Algo en la tranquila resignación del animal enterneció a Daisy, que se acercó a la jaula.
Glenna se sentó, observándola en silencio, estudiando a uno más de los cientos de humanos que pasaba cada día por su jaula. Daisy se detuvo y esperó. De alguna manera sentía que tenía que obtener el permiso de Glenna para poder acercarse más, como si en este pequeño acto la gorila tuviera voz y voto.
Glenna se acercó a la parte delantera de la jaula y la observó. Lentamente el animal levantó el brazo y lo metió entre los barrotes. Daisy la miró y se dio cuenta de que la gorila trataba de darle la mano.
Glenna esperó pacientemente, con la mano tendida hacia ella. A Daisy se le aceleró el corazón. Si apenas se atrevía a acariciar a un gatito, ni hablar de tocar a un animal salvaje. Quiso darse la vuelta, pero el animal parecía tan humano que ignorar su gesto hubiera sido imperdonable, y se acercó vacilante hacía ella.
Glenna se mantuvo inmóvil con la palma hacia arriba. Con gran renuencia, Daisy extendió la mano y tocó cautelosamente la punta del dedo de Glenna con su dedo índice. Era blanda y suave. Sintiéndose un poco más valiente, deslizó el dedo sobre el de la gorila. Glenna cerró los ojos y suspiró con suavidad.
Daisy se quedó allí un rato, acariciándole la mano, y sintiendo como si le hubiera encontrado sentido a su vida.
Según transcurrió la mañana, se multiplicaron las dudas de Daisy sobre el cuidado correcto de los animales. Varias veces acudió a Digger para pedir consejo sobre piensos y rutinas diarias y, cada vez que se acercaba, Tater le daba un golpe con la trompa como si fuera el matón del patio.