Digger respondió a las preguntas a regañadientes, por lo que Daisy supuso que todavía estaba molesto por lo ocurrido el día anterior. La segunda vez que se acercó a preguntarle ese día, él escupió cerca de la deportiva de ella.
– No tengo tiempo para más preguntas, señorita. No quiero que nadie piense que no hago mi trabajo.
– Digger, no dije que no hicieras tu trabajo. Sólo estaba preocupada por las condiciones en las que se encontraban los animales de la casa de fieras. -Daisy se preguntó para sus adentros si Digger conocería realmente la manera correcta de tratar a los animales de la exposición. Digger estaba loco por los elefantes, pero los demás le traían sin cuidado. Lo cierto es que el hombre no sabía que a los tigres les gustaba el agua. Daisy decidió informarse en su tiempo libre.
Los legañosos ojos del anciano estaban llenos de resentimiento.
– Llevo cincuenta años cuidando animales. ¿Cuánto llevas tú?
– Sólo dos semanas. Por eso necesito tu consejo.
– No tengo tiempo para hablar. Tengo demasiado trabajo que hacer. -El hombre miró por encima del hombro de Daisy y esbozó una amplia sonrisa que dejó al descubierto sus dientes amarillentos y los huecos de los que le faltaban. La joven se dio cuenta demasiado tarde de cuál era la fuente de su diversión. Tater se había acercado a ella a hurtadillas.
«¡Zas!»
Daisy sintió como si le hubieran golpeado en el pecho con una alfombra enrollada. Sin nada a lo que aferrarse, patinó por el suelo antes de tropezar con un fardo de heno. Cayó de lado sobre el estiércol golpeándose la cadera y el dolor le atravesó el cuerpo de arriba abajo. La risa cascada de Digger resonó en sus oídos. Daisy levantó la cabeza justo a tiempo de ver en los ojos de Tater una expresión que se parecía muchísimo a una sonrisa de satisfacción.
Daisy comenzó a ver rojo. ¡Ya había tenido suficiente!
Ignorando el dolor de la pierna y de la cadera, se puso bruscamente en pie y se plantó delante del elefantito meneando el puño ante sus narices.
– ¡No vuelvas a hacerlo! ¡Jamás! ¿Me has oído?
El elefante retrocedió torpemente mientras ella avanzaba hacia él.
– Eres bruto, sucio y malo. ¡Y la próxima vez que me tires, lo lamentarás! ¡No dejaré que sigas abusando de mí! ¿Me has entendido?
Tater soltó un gemido lastimoso y agachó la cabeza, pero ya se había pasado demasiado con ella y Daisy no se ablandó. Olvidando su aversión a tocar animales, le clavó el dedo índice en la trompa.
– ¡Si quieres mi atención, compórtate como es debido! ¡Pero no vuelvas a golpearme!
Él encogió la trompa y plegó una de sus orejas. Daisy se irguió en toda su estatura.
– ¿Nos entendemos o no?
Tater levantó la cabeza y le dio una cabezadita en el hombro. Ella se cruzó de brazos, rechazando aquella oferta de reconciliación.
– No puedo olvidar lo que has hecho.
Él le dio otro empujoncito con la cabeza, con esos melancólicos ojos oscuros. Daisy se hizo la fuerte ante la mirada que él le brindaba tras las rizadas pestañas.
– Lo siento, pero te va a llevar tu tiempo. Tienes que hacerme olvidar muchas cosas. Ahora si me perdonas, tengo que volver a la casa de fieras. -Se giró para marcharse.
Tater gimió. Desconsolado. Triste. Como un niño que hubiera perdido a su madre.
Daisy aminoró el paso y se le rompió el corazón cuando vio al desolado elefantito con las orejas caídas y los oscuros ojos tristes. Arrastraba la pequeña trompa por el suelo manchándola de tierra.
– Tú te lo has buscado -señaló.
El animal soltó un gemido plañidero.
– Yo intenté ser simpática.
Otro gemido patético. Y luego, para asombro de Daisy, vio que comenzaban a caerle lágrimas de los ojos. Digger le había dicho que los elefantes eran uno de los animales más sentimentales que existían y que además lloraban, pero no le había creído. Ahora, mientras observaba resbalar las lágrimas por la arrugada piel de Tater, se evaporó todo su resentimiento.
Por segunda vez en el día, ignoró la aversión que sentía a acariciar animales. Tendió la mano y acarició la trompa de Tater.
– Eso no vale. Eres tan llorón como yo.
Él levantó la cabeza y dio unos pasos vacilantes hacia ella. Cuando estuvo a su lado se paró como si quisiera pedir permiso antes de restregarle la cabeza contra el hombro.
Una vez más casi la arrojó al suelo, pero esta vez el gesto había sido cariñoso. Daisy le acarició la frente.
– No pienses que te perdono porque soy una debilucha. Tienes que mejorar tus modales o todo habrá terminado entre nosotros.
Él se frotó contra ella con la misma suavidad que un patito.
– Nada de golpes. Nada de trucos.
Tater dejó salir un suave suspiro y Daisy se rindió.
– Eres un bebé tonto.
Mientras Daisy perdía el corazón por el elefante, Alex estaba en la puerta trasera del circo, observando lo sucedido. Vio cómo el elefante curvaba la trompa en torno al brazo de su esposa y sonrió. Lo supiera Daisy o no, acababa de hacer un amigo para toda la vida. Se rio entre dientes y se encaminó hacia el vagón rojo.
Heather nunca se había sentido tan desdichada. Sentada en la mesa de cocina de la Airstream de su padre, clavó la mirada en los deberes de la escuela, pero lo escrito en la página no captaba su atención. Como los demás niños del circo, recibía lecciones por correspondencia a través de la Calvert School de Baltimore, un lugar especializado en enseñar a los niños que no podían ir a la escuela. Cada pocas semanas llegaba un grueso paquete con libros, cuadernos y exámenes.
Sheba se había acostumbrado a supervisar la tarea escolar de Heather, pero la educación de la mujer no había sido demasiado buena y no había mucho que pudiera hacer excepto comprobar los exámenes. Heather tenía dificultades con la geografía y había suspendido lengua inglesa.
En ese momento apartó el libro y miró el cuaderno de apuntes que había debajo, donde había garabateado algunos nombres. «Señora de Alex Markov. Heather Markov. Heather Pepper Markov.»
«Mierda.» ¿Porque él lo había permitido? ¿Por qué Alex había dejado que Daisy lo besara de esa manera delante de todo el mundo? Heather había querido morirse al presenciar ese beso. Odiaba a Daisy, y lo mejor que le había ocurrido esas dos semanas había sido verla sucia y cubierta de mierda. Era lo que se merecía, estar cubierta de mierda.
Más de una vez, Heather había intentado aliviar la culpa que sentía por lo que le había hecho a Daisy diciéndose a sí misma que se lo merecía. Que allí no había sitio para ella. Que no encajaba en el circo. Y que nunca debería haberse casado con Alex. Que Alex era suyo.
Se había enamorado de él hacía seis semanas, la primera vez que lo vio. Al contrario que su padre, Alex siempre tenía tiempo para hablar con ella. No le importaba pasar el rato con ella e incluso, antes de que llegara Daisy, había dejado que lo acompañara a hacer algunos recados. Una vez, en Jacksonville, habían ido juntos a una sala de exposiciones y le había explicado cosas sobre los cuadros. También la había invitado a hablar sobre su madre y en dos ocasiones la había consolado por algo que le había dicho su terco padre.
Pero a pesar de lo mucho que lo amaba, Heather sabía que aún la veía como una niña. Últimamente había estado pensando en que tal vez, si él se hubiera dado cuenta de que era una mujer, la habría mirado de forma diferente y no se habría casado con Daisy.
De nuevo sintió que le invadía la culpa. No había planeado coger ese dinero y esconderlo en la maleta de Daisy, pero había entrado en el vagón rojo y Daisy estaba ocupada con aquella llamada telefónica. El cajón de la recaudación estaba abierto y, simplemente, había ocurrido.