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– Déjalo, Daisy. -Ella cerró los ojos. -Daisy…

Ella se sacó el rollito de la boca para hablar, pero no le miró.

– Por favor, Alex, hazlo de una vez. Cuanto más me hagas esperar, más difícil será para mí.

– ¿Estás segura?

No estaba segura en absoluto, pero se puso de nuevo el rollito en la boca y cerró los ojos, rezando por no dar un brinco.

Daisy gritó cuando oyó el chasquido del látigo y sintió una corriente de aire en la cara. El sonido retumbó en sus oídos. Tater abrió la boca y soltó un barrito.

– ¿Te he dado? ¡Maldita sea, sé que no te he dado!

– No…, no…, estoy bien. Es sólo… -Respiró hondo y recogió el rollito que había dejado caer, observando que Alex había sesgado un trocito del extremo. -Es sólo que estoy un poco nerviosa.

– Daisy, no tienes por qué…

Ella se colocó el blanco de nuevo en la boca y cerró los ojos.

«¡Zas!»

Daisy gritó otra vez.

– Si sigues gritando comenzaré a ponerme nervioso -dijo Alex en tono seco.

– ¡No gritaré! Pero por Dios, no pierdas los nervios. -Cogió el rollito, era mucho más corto de lo que había sido en un principio.

– ¿Cuántas veces más?

– Dos.

– ¿¿Dos??-chilló.

– Dos.

Esta vez colocó el rollito justo en el borde de los labios.

– Estás haciendo trampa.

El sudor corría entre los pechos de Daisy cuando volvió a colocarlo. Respiró hondo.

«¡Zas!» Otra corriente de aire le agitó un mechón de pelo contra la mejilla. Casi se desmayó, pero de alguna manera logró contener el grito. Sólo una vez más. Una vez más.

«¡Zas!» La joven abrió lentamente los ojos.

– Ya está, Daisy, se acabó. Ahora sólo tendrías que saludar al público.

Estaba viva y sin marcas. Atontada, lo miró y habló con un ronco susurro.

– Lo he hecho.

Él sonrió y soltó el látigo.

– Pues claro que sí. Estoy orgulloso de ti.

Con un gran grito de alegría, corrió hacia él y se arrojó a sus brazos. Alex la atrapó automáticamente. Cuando la estrechó contra su cuerpo, una lenta oleada de calor recorrió el cuerpo de Daisy. Él debió de sentir lo mismo porque se echó atrás y la dejó en el suelo.

Daisy sabía que Alex no aceptaba que se hubiera negado a hacer el amor con él desde aquella tarde de sudor y sexo que la había perturbado tan profundamente. Su período le había dado una excusa perfecta durante unos días, pero había terminado hacía media semana. Le había pedido un poco de tiempo para aclararse las ideas y, aunque Alex había estado de acuerdo, no le había gustado nada.

– Sólo un truco más -dijo él- y luego terminamos.

– Quizá deberíamos dejarlo para mañana. -Es el truco más fácil. Venga, vamos a hacerlo antes de que pierdas el valor. Ponte dónde estabas.

– Alex…

– Venga. No te dolerá. Te lo prometo.

A regañadientes, Daisy regresó al lugar donde había estado antes.

Alex cogió el látigo más largo y lo sostuvo entre los dedos.

– Colócate frente a mí y cierra los ojos.

– No.

– Confía en mí, cariño. Esta vez tienes que tener los ojos cerrados.

Daisy hizo lo que le decía, pero entreabrió uno de los ojos para ver lo que él hacía.

– Levanta los brazos por encima de la cabeza.

– ¿Los brazos?

– Levántalos por encima de la cabeza. Y cruza las muñecas.

Ella abrió los dos ojos.

– Creo que me olvidé de decirle a Trey algo sobre la nueva dieta de Sinjun.

– Todas las mujeres Markov han hecho este truco.

Resignada, Daisy levantó los brazos, cruzó las muñecas y cerró los ojos, diciéndose a sí misma que no podía ser peor que sostener un rollito con los labios.

«¡Zas!»

Apenas había percibido el chasquido del látigo cuando sintió que éste le rodeaba y le ataba las muñecas con fuerza.

Esta vez el grito le salió del alma. Dejó caer los brazos tan rápidamente que sintió que se le dislocaban los hombros. Se miró con incredulidad las muñecas atadas.

– ¡Me has dado! Dijiste que no me tocarías, pero lo has hecho.

– Estate quieta, Daisy, y deja de gritar de una vez. No te ha dolido.

– ¿No me ha dolido?

– No.

Ella miró sus muñecas y se dio cuenta de que él tenía razón.

– ¿Cómo lo has hecho?

– Destensé el látigo antes de chasquearlo. -Alex hizo un movimiento con la muñeca para que el látigo se aflojase, y la liberó. -Es un truco muy viejo, pero el público lo adora. Aunque, después de que te ate las muñecas, debes sonreír para que todos sepan que no te he hecho daño. Acabaré en la cárcel si no lo haces.

Daisy se examinó una muñeca y luego la otra. Se dio cuenta con asombro de que estaban intactas.

– ¿Y si te olvidas de destensar el látigo antes de apresarme las muñecas?

– No lo haré.

– Podrías cometer un error, Alex. Es imposible que siempre te salga bien.

– Claro que sí. Llevo años haciéndolo y nunca he lastimado a nadie. -Comenzó a recoger los látigos y ella se maravilló de aquella perfecta arrogancia, pero al mismo tiempo se sintió inquieta.

– Esta mañana las cosas han salido algo mejor-dijo ella, -pero aún me parece imposible que pueda actuar contigo dentro de dos días. Jack me ha dicho que voy a interpretar a una gitanilla indomable, pero no creo que las gitanas indomables griten como lo hago yo.

– Ya pensaremos algo. -Para sorpresa de la joven, Alex le dio un besito en la punta de la nariz antes de girarse para marcharse, pero se detuvo en seco y se volvió de nuevo hacia ella. La miró un buen rato. Luego inclinó la cabeza y posó sus labios sobre los de Daisy.

La joven le rodeó el cuello con los brazos cuando él se apretó contra ella. Aunque su mente le decía que el sexo debía ser sagrado, su cuerpo deseaba ardientemente las caricias de Alex, y Daisy supo que nunca tendría suficiente de él.

Cuando se separaron, Alex sostuvo la mirada de ella durante un largo y dulce instante.

– Sabes como un rayo de sol -susurró.

Ella sonrió.

– Te daré unos días más, cariño, porque sé que todo esto es nuevo para ti, pero nada más.

Daisy no tuvo que preguntarle a qué se refería.

– A lo mejor necesito más tiempo. Tenemos que conocernos mejor. Respetarnos el uno al otro.

– Cariño, en lo que concierne al sexo, te aseguro que siento mucho respeto por ti.

– Por favor, no hagas como si no supieras de lo que hablo.

– Me gusta el sexo. A ti te gusta el sexo. Nos gusta practicarlo juntos. Eso es todo.

– ¡Eso no es todo! El sexo debería ser sagr…

– No lo digas, Daisy. Si dices esa palabra otra vez, te juro que flirtearé con cada camarera que encuentre de aquí a Cincinnati.

Ella entrecerró los ojos.

– Justo lo que intentaba demostrar. Y no creo que sagrado sea una palabrota. Vamos, Tater, tenemos mucho trabajo que hacer.

Daisy se fue con el elefante trotando tras ella. Si se le hubiera ocurrido volver la mirada, habría visto algo que la habría asombrado. Habría visto a su duro y malhumorado marido sonriendo como un adolescente enamorado.

A pesar de las protestas de Alex, ella había continuado cuidando a los animales, aunque Trey hacía ahora muchas de las rutinarias tareas diarias. Sinjun clavó la mirada en Tater cuando se acercaron. Los elefantes y los tigres eran enemigos confesos. Pero a Sinjun parecía molestarle la presencia de Tater por otra cosa. Alex decía que estaba celoso, pero ella no era capaz de atribuirle tal emoción a aquel viejo tigre malhumorado.

Daisy observó a Sinjun con satisfacción. Gracias al nuevo pienso y a las duchas diarias, el pelaje del animal tenía ahora mejor aspecto. Le hizo una burlona reverencia.