– Buenos días, majestad.
Sinjun le enseñó los dientes, gesto que ella interpretó como una manera de decirle que no se pusiera demasiado cursi con él.
No había experimentado más momentos de comunicación mística con él, por lo que había comenzado a pensar que los que había tenido antes habían sido inducidos por la fatiga. Aun así, no podía negar que aún seguía sintiendo miedo cuando estaba cerca de él.
Había dejado una bolsa con chucherías que había comprado con su propio dinero en una tienda del pueblo cerca de un fardo de heno. La cogió y la llevó a la jaula de Glenna. La gorila ya la había divisado y apretaba su cara contra los barrotes, esperando pacientemente.
La muda aceptación de Glenna de su destino, junto con el anhelo que mostraba por disfrutar de contacto humano, rompía el corazón de Daisy. Acarició la suave palma que el animal alargaba a través de los barrotes.
– Hola, cariño. Tengo algo para ti. -Sacó de la bolsa una madura ciruela púrpura. La fruta tenía la misma textura que los dedos de Glenna. Áspera por fuera. Blanda por dentro.
Glenna tomó la ciruela y se retiró a la parte posterior de la jaula donde se la comió con pequeños y delicados mordisquitos mientras miraba a Daisy con triste gratitud.
Daisy le dio otra y continuó hablando con ella. Cuando la gorila terminó de comer, se acercó de nuevo a los barrotes, pero esta vez cogió el pelo de Daisy.
La primera vez que había hecho eso Daisy había sentido miedo, pero ahora sabía lo que quería hacer Glenna y se arrancó la goma elástica de la coleta.
Durante un buen rato permaneció con paciencia ante la jaula, dejando que la gorila la aseara como si fuera su hija mientras hurgaba en su cabello en busca de pulgas y mosquitos inexistentes.
Cuando por fin terminó, Daisy notó que se le había puesto un nudo en la garganta por la emoción. No importaba lo que dijeran, no entendía cómo podían tener enjaulada a una criatura tan humana.
Dos horas más tarde, Daisy regresaba a la caravana acompañada de su enorme mascota cuando vio a Heather practicando con los aros cerca del campo de juego. Ahora que ya no estaba tan cansada, Daisy había podido recordar con claridad lo sucedido la noche en que había desaparecido el dinero y pensó que era el momento apropiado para hablar con la chica.
Heather dejó caer un aro cuando ella se acercó, y mientras se agachaba para recogerlo, miró a Daisy con cautela.
– Quiero hablar contigo. Heather. Vamos a sentarnos en las gradas.
– No tengo nada que hablar contigo.
– Estupendo. Entonces hablaré yo. Muévete. Heather la miró con resentimiento pero respondió a su tono autoritario. Después de recoger los aros, siguió a Daisy, arrastrando las sandalias.
Daisy se sentó en la tercera fila y Heather lo hizo una fila más abajo. Tater localizó un lugar cerca de la segunda base y comenzó a revolcarse en el lodo, que es lo que hacen los elefantes para enfriarse.
– Supongo que vas a largarme un rollo por lo de Alex.
– Alex está casado, Heather, y el matrimonio es un vínculo sagrado entre un hombre y una mujer. Nadie tiene derecho a intentar romperlo.
– ¡No es justo! No te lo mereces.
– No eres quién para juzgar eso.
– ¿De verdad eres tan santurrona?
– ¿Cómo voy a ser santurrona? -dijo Daisy con voz queda. -Soy una ladrona, ¿recuerdas?
Heather se llevó los dedos a la boca y comenzó a morderse las uñas.
– Todos te odian por haber robado ese dinero.
– Ya lo sé. Pero eso no es justo, ¿verdad?
– Por supuesto que es justo.
– Pero las dos sabemos que yo no lo hice.
Heather se puso tensa y permaneció un largo segundo en silencio antes de contestar.
– Sí que lo hiciste.
– Tú estuviste en el vagón rojo esa noche después de que Sheba comprobara la recaudación; antes de que yo cerrara el cajón.
– ¿Qué más da? ¡No robé el dinero y no puedes acusarme de nada!
– Hubo una llamada para Alex. Cogí el teléfono y mientras estaba distraída, metiste la mano en el cajón de la recaudación y robaste los doscientos dólares.
– ¡No lo hice! ¡No puedes demostrarlo!
– Luego te colaste en nuestra caravana y escondiste el dinero en mi maleta para que todos pensaran que había sido yo.
– ¡Mientes!
– Debería haberme dado cuenta de inmediato, pero estaba tan cansada por intentar acostumbrarme a todo esto que se me olvidó que habías estado allí.
– Mientes -repitió Heather, aunque esta vez con menos vehemencia. -Y como le vayas con el cuento a mi padre, lo lamentarás.
– No puedes amenazarme con nada peor que lo que ya me has hecho. No tengo amigos, Heather. Nadie quiere hablar conmigo porque piensan que soy una ladrona. Ni siquiera me cree mi marido.
La cara de Heather era la viva imagen de la culpa y Daisy supo que tenía razón. Miró a la adolescente con tristeza.
– Lo que has hecho está muy mal.
Heather bajó la cabeza y su fino cabello cayó hacia delante, cubriéndole el rostro.
– No puedes probar nada -masculló.
– ¿Es así como quieres vivir? ¿Actuando de manera deshonesta? ¿Siendo cruel con otras personas? Todos cometemos errores, Heather, y si quieres madurar tienes que aprender a asumirlos.
La adolescente hundió los hombros y Daisy vio en qué momento exacto se dio por vencida.
– ¿Vas a decírselo a mi padre?
– No lo sé. Pero tengo que decírselo a Alex.
– Pero él se lo dirá a mi padre.
– Es probable. Alex tiene un profundo sentido de la justicia.
Una lágrima cayó sobre el muslo de Heather, pero Daisy endureció el corazón para no compadecerla.
– Mi padre me dijo que si me metía en algún lío me enviaría de vuelta con tía Terry.
– Pues tal vez deberías haber pensado en eso antes de tenderme una trampa.
Heather no dijo nada y Daisy no la presionó. Finalmente, la joven se enjugó las lágrimas con el dobladillo de la camiseta.
– ¿Cuándo vas a decírselo?
– Aún no lo he pensado. Esta noche, quizás. O tal vez mañana.
Heather asintió bruscamente con la cabeza.
– Yo sólo… el dinero estaba allí y aunque no lo había planeado…
Daisy intentó tragarse la lástima que sentía recordándose a sí misma que, por las acciones de esa chica, su marido pensaba que era una ladrona y su matrimonio había fracasado antes de haber tenido siquiera una oportunidad.
– Lo que hiciste no estuvo bien. Tienes que enfrentarte a las consecuencias.
– Sí, supongo. -Heather intentó secarse las lágrimas con los dedos. -Me alegro de que te hayas dado cuenta. Es difícil…, sé que no lo merezco, pero quizá podrías hablar con Sheba en vez de con Alex. Prefiero que se lo diga ella a mi padre. Se pelean todo el rato, pero por lo menos se respetan y puede que no pierda el juicio si se lo dice ella.
Daisy se enderezó.
– ¿Tu padre es violento contigo?
– Bueno, supongo. Quiero decir que grita y todo eso.
– ¿Te pega?
– ¿Papá? No, nunca me ha pegado. Pero a veces se enfada tanto que casi preferiría que lo hiciera.
– Entiendo.
– Ya había asumido que volvería con mi tía tarde o temprano. Sé que necesita que le eche una mano con los niños y todo eso. He sido muy egoísta queriendo quedarme aquí, pero los niños son unos auténticos monstruos y, algunas veces, me sacan de quicio.
Daisy estaba recibiendo más información de la que quería y se sintió culpable.
La adolescente se levantó del banco con los ojos llenos de lágrimas.
– Siento haber sido tan imbécil y haberte causado tantos problemas. -Una lágrima se coló entre sus pestañas. -Si no quería acabar con tía Terry y los niños, debería haberme portado mejor. No debería haberlo hecho, pero estaba celosa por Alex. -Las palabras le salían entre pequeños hipidos. -Es demasiado mayor… y nunca se enamoraría de alguien como yo. Pero siempre ha sido agradable conmigo y supongo que… supongo que quería eso todo el rato, aunque… -respiró hondo, -aunque siempre supe que no resultaría. Lo siento, Daisy.