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Daisy dio un respingo. Miró hacia abajo y vio que el látigo le rodeaba los tobillos. Alex no había hecho eso antes y ella le dirigió una mirada preocupada. La liberó y arqueó una ceja indicándole que saludara. Ella le dirigió al público otra sonrisa falsa. A continuación Alex le indicó que levantase los brazos. Con una sensación de fatalidad, Daisy hizo lo que le ordenaba.

«¡Zas!»

A Daisy se le escapó un gritito cuando el látigo se curvó en torno a su cintura. Ella esperaba que él aliviara la presión de la cuerda, pero Alex se limitó a tirar con fuerza del látigo, obligándola a acercarse a él. Sólo cuando la falda del vestido rozó los muslos de Alex, él sustituyó el látigo por sus brazos para darle un beso arrebatador que habría hecho justicia a la portada de un libro romántico.

La multitud soltó una ovación.

Daisy se sentía mareada, y aunque estaba enfadada con Alex, no pudo evitar sentirse feliz. Su marido silbó y Misha resolló con furia al volver a la arena. Alex la soltó sólo un momento y montó a lomos del caballo de un salto mientras el equino trotaba por la pista. Un escalofrío de inquietud se deslizó por la espalda de Daisy. Sin duda alguna él no iba a…

Daisy sintió que sus pies dejaban de tocar el suelo cuando Alex se inclinó sobre el lateral del caballo para subirla en sus brazos. Antes de saber qué sucedía, estaba sentada en su regazo.

Se apagaron las luces, dejando la pista sumida en la oscuridad. Los aplausos fueron ensordecedores. Alex aflojó uno de los brazos mientras ella se agarraba frenéticamente a su cintura. Un momento después, sonó una explosión y el gran látigo de fuego danzó por encima de sus cabezas.

Daisy cruzó la estrecha carretera asfaltada que separaba el aparcamiento donde estaba instalado el circo de la playa vacía. A la izquierda las luces multicolores de la feria, en el paseo marítimo de Jersey Shore, destellaban en el caos de la noche: la noria, los coches de choque, los tiovivos y los puestos de chucherías.

El debut de Daisy había tenido lugar en la primera representación del circo en ese pequeño pueblo costero y ahora estaba demasiado excitada para dormir. El público de la segunda función había reaccionado con más entusiasmo aún y una maravillosa sensación de realización le impedía sentirse cansada. Incluso Brady Pepper había abandonado su acostumbrado silencio para brindarle una gélida inclinación de cabeza.

Inhaló el olor del mar y comenzó a pasear por la arena, que había perdido el calor del día y le enfriaba los pies al metérsele en las sandalias. Le encantaba estar junto al océano y se alegraba de que el circo fuera a permanecer allí más de una noche.

– ¿Daisy? -Se volvió y vio a Alex en lo alto de las escaleras, una alta y delgada silueta recortada contra el tenue resplandor de la noche. La brisa le revolvía el pelo y le pegaba la camisa al cuerpo. -¿Te importa si paseo contigo o prefieres estar sola?

– ¿Vas armado?

– Ya he guardado los látigos por esta noche.

– Entonces ven. -Daisy sonrió y le tendió la mano.

Alex vaciló un momento y ella se preguntó si el gesto habría sido demasiado personal para él. Decía mucho de su relación el hecho de que cogerse de la mano fuera más íntimo que mantener relaciones sexuales. Aun así, no bajó el brazo. Aquello sólo era un reto más que ella debía vencer.

Las botas de Alex resonaron en los escalones de madera cuando se acercó. Le cogió la mano y las callosidades de su palma le recordaron a Daisy que era un hombre acostumbrado al trabajo duro. Aquella cálida y firme mano envolvió la suya.

La playa estaba desierta, pero aún quedaban restos que había dejado la gente que había acudido al lugar adelantándose a la temporada veraniega: latas vacías, plásticos, la tapa rota de un vaso térmico. Se dirigieron hacia el mar.

– Al público le ha gustado el número.

– Estaba tan asustada que me temblaban las rodillas. Si no hubiera sido por el giro que Jack le dio a la historia, mi actuación hubiera resultado un desastre. Cuando intenté agradecérselo me dijo que había sido idea tuya. -Lo miró y sonrió. -¿No crees que te has pasado un poco con lo de las monjas francesas?

– Conozco de primera mano tus creencias morales, cariño. A menos que me equivoque, estoy seguro de que las monjas formaron parte de esa extraña educación que recibiste.

Daisy no lo negó.

Pasearon durante un rato en un cómodo silencio. La brisa agitaba el cabello de Daisy y el vaivén de las olas acallaba los lejanos ruidos de la feria, al otro lado de la carretera, dándoles la sensación de que estaban solos en el mundo. Daisy esperaba que él le soltara la mano en cualquier momento, pero seguía manteniéndola agarrada.

– Has hecho un buen trabajo esta noche, Daisy. Trabajas duro.

– ¿De veras? ¿De verdad crees que trabajo duro?

– Claro.

– Gracias. Nunca me habían dicho eso. -Soltó una risita irónica. -Y si lo hubiesen hecho, seguramente no me lo habría creído.

– Pero a mí me crees.

– No eres un hombre que diga las cosas a la ligera.

– ¿Estoy oyendo un cumplido?

– No estoy segura.

– No es justo.

– ¿Qué?

– Te he dicho algo agradable. Al menos podrías decir una cosa buena de mí.

– Por supuesto que puedo. Haces un chile de muerte. Para sorpresa de Daisy, él frunció el ceño.

– Estupendo. Olvídalo.

Atónita, Daisy se dio cuenta de que, sin querer, había herido los sentimientos de su marido. Pensaba que él estaba bromeando, pero tratándose de Alex debería saber que eso no era posible. Aun así era toda una sorpresa que a él le importara su opinión.

– Sólo me estaba reservando lo mejor -dijo ella.

– No es importante. De verdad, déjalo.

Pero tenía importancia y a ella le encantaba.

– Mmm, déjame pensar…

– Olvídalo.

Daisy le apretó la mano.

– Siempre haces lo que crees que es correcto, incluso si la gente lo desaprueba. Es algo por lo que te admiro. Admiro tu integridad, pero… -Daisy le rodeó los dedos con los suyos. -¿Quieres que sea sincera?

– Eso he dicho, ¿no?

Ella ignoró el beligerante gesto de su mandíbula.

– Tienes una sonrisa maravillosa.

Alex pareció algo aturdido y relajó la mano bajo la de ella.

– ¿Te gusta mi sonrisa?

– Sí, muchísimo.

– Nadie me lo había dicho nunca.

– No muchas personas consiguen verla. -Daisy contuvo una sonrisa mientras observaba el gesto serio con el que Alex consideraba lo que ella había dicho. -Y hay otra cosa más, pero no sé cómo vas a tomártelo.

– Suéltalo.

– Tienes un cuerpo de infarto.

– ¿Un cuerpo de infarto? ¿Sí? ¿Ésa es la segunda cosa que más te gusta de mí?

– No he dicho que fuera la segunda. Te estoy diciendo cosas que me gustan de ti y ésa en concreto me encanta.

– ¿Mi cuerpo?

– Tienes un cuerpo estupendo, Alex. En serio.

– Gracias.

– De nada.

El embate de las olas llenó el silencio que se extendió entre ellos.

– Tú también -dijo él.

– ¿También qué?

– Tienes un cuerpo estupendo. Me gusta.

– ¿De veras? Pero si no es gran cosa. Tengo los hombros demasiado estrechos en comparación con las caderas y los muslos demasiado gruesos. Y mi estómago…

Él negó con la cabeza.

– La próxima vez que oiga a una mujer decir que los hombres somos unos neuróticos, recordaré esto. Tú me dices que te gusta mi cuerpo, ¿y qué hago yo? Te doy las gracias. Luego te digo que me gusta el tuyo, ¿y qué escucho? Una larga lista de quejas.

– Es culpa de las Barbies. -La mueca de desagrado de Alex la complació sobremanera. -Gracias por el cumplido, pero sé sincero. ¿No crees que tengo los pechos demasiado pequeños?