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– ¿Por qué no le has contado a Sheba lo del dinero?

Daisy enrolló la larga manguera y la sostuvo entre las manos.

– He decidido no hacerlo.

– ¿No vas a decírselo?

Daisy negó con la cabeza.

Los ojos de Heather se llenaron de lágrimas.

– ¿¡Por qué no vas a hacerlo después de todo lo que le he hecho!?

– Puedes devolverme el favor prometiéndome no fumar más.

– ¡Vale! Haré lo que sea. Nunca olvidaré lo que has hecho por mí, Daisy. Nunca. -Heather agarró la manguera que Daisy acababa de enrollar. -Déjame ayudarte. Dime qué quieres que haga. Haré cualquier cosa.

– Gracias por la oferta, pero no es necesario. -Comenzó a enrollar la manguera de nuevo, pero esta vez la llevó afuera y la apoyó contra la carpa.

Heather la siguió.

– Haré lo que quieras… Sé que sólo soy una niña y todo eso, pero como no tienes amigos aquí, quizá podríamos hacer cosas juntas. -Se detuvo a pensar qué podrían hacer para superar lo ocurrido, algo en lo que no importara la diferencia de edad. -Podríamos ir a tomar pizza o algo por el estilo. O podríamos peinarnos la una a la otra.

Daisy no pudo evitar sonreír ante el tono esperanzado de la chica.

– Suena bien.

– Voy a recompensarte por esto, te lo prometo.

Algunas cosas no se podían arreglar, pero Daisy no se lo dijo a Heather. Había tomado una decisión: no pensaba dejar que la culpa pendiera sobre la cabeza de la adolescente.

Brady Pepper se acercó a ellas, con una expresión que no presagiaba nada bueno.

– ¿Qué haces aquí, Heather? Te he dicho que te alejes de ella.

Heather se sonrojó.

– Daisy ha sido muy amable conmigo y quería ayudarla.

– Vete con Sheba. Quiere practicar contigo la posición del pino.

Heather parecía cada vez más infeliz.

– Papá, Daisy es genial. No me gusta que pienses mal de ella. Es buenísima con los animales y me trata…

– Vete, Heather-dijo Daisy agradeciéndole el esfuerzo con un gesto de cabeza. -Gracias por ofrecerte a ayudar.

Heather se fue a regañadientes.

Brady parecía tan enfadado como un Silvestre Stallone con ración doble de testosterona.

– Mantente alejada de ella, ¿me oyes? Puede que Alex esté ciego contigo, pero los demás no olvidamos lo que has hecho.

– No me avergüenzo de nada de lo que he hecho, Brady.

– ¿No te avergüenzas de lo que has hecho? ¿Si se hubiera tratado de dos mil dólares en vez de doscientos estarías avergonzada? Lo siento, nena, pero para mí un ladrón es siempre un ladrón.

– ¿Acaso llevas una vida tan recta que nunca has hecho nada de lo que te arrepientas?

– Nunca he robado nada, de eso puedes estar segura.

– Le robas seguridad en sí misma a tu hija. ¿Eso no cuenta?

Brady apretó los labios.

– No me des lecciones sobre cómo criar a mi hija. No es asunto tuyo ni de Sheba. Ninguna de las dos tenéis hijos, así que ya podéis mantener cerradas vuestras malditas bocazas.

Y se fue, con los músculos brillando y las plumas de la cola despeinadas.

Daisy suspiró con pesar. No daba una. Había discutido con Alex y se había enfrentado a Jack y a Brady. ¿Qué más podía salir mal?

El agudo murmullo de voces excitadas captó su atención y observó que otro grupo de niños de la escuela vecina llegaba al circo. Durante toda la mañana habían llegado al recinto un grupo de escolares tras otro. Con tantos niños merodeando, Daisy se había asegurado de que la jaula de Tater estuviera bien cerrada, algo que disgustaba al elefantito. Esta vez los niños eran muy pequeños. Debían de ser del jardín de infancia.

Miró con tristeza a la profesora de mediana edad que los acompañaba. Puede que ese trabajo no le gustara a mucha gente, pero era el que deseaba desempeñar ella.

Observó la soltura con la que la profesora vigilaba que los niños no se descontrolaran y, por un momento, Daisy se imaginó que era ella. No se entretuvo con esa fantasía demasiado tiempo. Para ser profesora se necesitaba un título universitario, y ella ya era demasiado mayor para ponerse a estudiar.

No pudo resistirse a acercarse a los niños cuando se aproximaron a la jaula de Sinjun, que tenía una cinta alrededor para que los pequeños visitantes no se acercaran demasiado. Después de sonreír a la profesora, se dirigió a una niña con rostro de querubín que miraba al tigre con temor.

– Se llama Sinjun y es un tigre siberiano. Los siberianos son los tigres más grandes que existen.

– ¿Come gente? -preguntó la pequeña.

– No come personas, pero es un carnívoro. Eso quiere decir que come carne.

La pequeña se mostró más animada.

– Mi jerbo come comida de jerbo.

Daisy se rio. La maestra sonrió.

– Parece que sabe mucho sobre tigres. ¿Le importaría contarle a los niños algo sobre Sinjun?

Una oleada de excitación atravesó a Daisy.

– ¡Me encantaría! -Rápidamente rebuscó en su mente todo lo que había aprendido sobre los animales en sus recientes visitas a la biblioteca y escogió aquellos detalles que los niños pudieran comprender. -Hace cien años, los tigres vagaban libres por muchas partes del mundo, pero ahora ya no es así. La gente comenzó a vivir en las tierras que habitaban los tigres… -siguió hablándoles sobre aquellos felinos, sobre su lenta extinción, y se sintió gratificada al ver que los niños escuchaban atentamente sus palabras.

– ¿Podemos darle mimitos? -preguntó uno de ellos.

– No. Ya es mayor y tiene malas pulgas. No entendería que no quieres hacerle daño. No es como los perros o los gatos.

Siguió contestando a un gran número de preguntas, incluyendo varias sobre las necesidades fisiológicas de Sinjun y que provocó un coro de risitas tontas, escuchó atentamente la historia de uno de los niños sobre un perro que había muerto y el anuncio de que otro que acababa de pasar la varicela. Eran tan ricos que Daisy podría haberse pasado todo el día hablando con ellos.

Cuando la clase se dispuso a seguir adelante, la profesora le agradeció la explicación y la pequeña de mejillas sonrosadas le dio un abrazo. Daisy se sintió como si flotara en una nube.

Siguió observándolos mientras se acercaba a la caravana para disfrutar de un almuerzo rápido. Se detuvo de golpe cuando una familiar figura, embutida en unos pantalones marrón oscuro y una pálida camisa amarilla, salió del vagón rojo. Daisy era incapaz de creer lo que veía. En ese momento fue consciente de las ropas sucias y del despeinado cabello que lucía, resultado del último aseo de Glenna.

– Hola, Theodosia.

– ¿Papá? ¿Qué haces aquí? -Su padre era una figura tan poderosa en la mente de Daisy que la joven rara vez notaba que éste poseía una constitución bastante menuda, apenas un poco más alto que ella. Era la imagen de la opulencia y la elegancia, con aquel cabello canoso cortado por un experto peluquero -que se pasaba por la oficina de su padre una vez a la semana, -el reloj de oro y los mocasines italianos con un discreto adorno dorado en el empeine. Era difícil imaginárselo abandonando la dignidad el tiempo suficiente como para enamorarse de una modelo y concebir una hija ilegítima, pero Daisy era la prueba viviente de que su padre había sido humano una vez.

– He venido a ver a Alex.

– Ah. -Se esforzó por ocultar el dolor que le producía saber que no había ido a verla a ella. -También quería saber cómo te iba.

– ¿Y?

– Quería asegurarme de que aún estabas con él, que no habías hecho ninguna tontería.

Por un momento Daisy se preguntó si Alex le habría hablado del dinero robado, pero al instante supo que no lo había hecho. Esa certeza la consoló.

– Como puedes ver, todavía estoy aquí. Si me acompañas a la caravana te serviré algo de beber. O te prepararé un sándwich si tienes hambre.