– Sinjun -dijo ella con suavidad. Pasaron unos segundos. Daisy vio un destello de pelo rojizo entre Sinjun y la carpa principal; era el pelo llameante de Sheba Quest. La dueña del circo corría hacia Alex, que ya había dejado a la niña en los brazos de la maestra. Sheba le dio algo a Alex, pero Daisy estaba demasiado aturdida para deducir lo que era.
El tigre pasó por encima del cuerpo de Neeco y centró toda su feroz atención en ella. El animal tenía todos los músculos tensos y preparados para saltar.
– Tengo un arma. -La voz de Alex sólo fue un susurro. -No te muevas.
Su marido iba a matar a Sinjun. Comprendía la lógica de lo que estaba a punto de hacer -con gente en el recinto, un tigre salvaje y aterrorizado era, evidentemente, un peligro, -pero ella no podía consentirlo. Esa magnífica bestia no debía ser ejecutada sólo por seguir los instintos de su especie.
Sinjun no había hecho nada malo, salvo actuar como un tigre. A las personas sólo las encerraban cuando delinquían. A él lo habían arrebatado de su hábitat natural, lo habían encerrado en una jaula diminuta y lo habían obligado a vivir bajo la mirada de sus enemigos. Y ahora, sólo porque Daisy no se había dado cuenta de que la puerta de su jaula estaba rota, iban a matarlo.
Se movió lo más rápidamente que pudo para interponerse entre su marido y el tigre.
– Quítate de en medio, Daisy. -El tono tranquilo de su voz no suavizaba la autoridad de su orden.
– No dejaré que lo mates -susurró ella en respuesta. Y se acercó lentamente al tigre.
Los ojos dorados del animal se clavaron en ella. La atravesaron. Daisy sintió cómo el terror de Sinjun penetraba en cada célula de su cuerpo hasta unirse al de ella. Sus almas se fundieron y ella lo oyó en su corazón.
«Los odio.»
«Lo sé.»
«Detente.»
«No puedo.»
Daisy acortó la distancia entre ellos hasta que apenas los separaron dos metros.
– Alex te matará -susurró, mirando fijamente los ojos dorados de la bestia.
– Daisy, por favor… -Ella oyó una desesperada tensión en la súplica de Alex y lamentó el desasosiego que le estaba causando, pero no podía detenerse.
Cuando se acercó al tigre, sintió que Alex cambiaba de posición para poder disparar desde otra dirección. Daisy sabía que se le acababa el tiempo.
A pesar del miedo que le oprimía el pecho hasta dejarla sin respiración, se puso de rodillas delante del tigre. Le llegó su olor salvaje mientras lo miraba a los ojos.
– No puedo dejar que mueras -susurró. -Ven conmigo. -Lentamente estiró el brazo para tocarlo.
Una parte de ella esperaba que las poderosas mandíbulas de Sinjun se cerraran sobre su mano, pero había otra parte -su alma tal vez, porque sólo el alma podía resistirse con tal terquedad a la lógica- a la que no le importaba que le mordiera si con eso le salvaba la vida. Le acarició con mucha suavidad entre las orejas.
El pelaje era a la vez suave y áspero. Dejó que se acostumbrara a su contacto, y el calor del animal le traspasó la palma de la mano. Los bigotes del felino le rozaron la suave piel del brazo, y sintió su aliento a través de la delgada tela de algodón de la camiseta. Él cambió de posición y poco a poco se dejó caer en la tierra con las patas delanteras extendidas.
La calma se extendió por el cuerpo de Daisy, que dejó de sentir miedo. Experimentó una sensación mística de bienvenida, una paz que jamás había conocido antes, como si el tigre se hubiera convertido en ella y ella en el tigre. Por un momento Daisy comprendió todos los misterios de la creación: que cada ser vivo era parte de los demás, que todo era parte de Dios, que estaban unidos por el amor, puestos sobre la tierra para cuidar unos de otros. Sin miedo, enfermedad o muerte. No existía nada salvo el amor.
Y en esa fracción de segundo, Daisy entendió que también amaba a Alex de la manera terrenal en que una mujer ama a un hombre.
Rodeó con los brazos el cuello del tigre como si fuera lo más natural del mundo. Tan natural como apretar la mejilla contra él y cerrar los ojos. Pasó el tiempo. Oyó los latidos del corazón de la fiera y, por encima, un ronroneo ronco y profundo.
«Te amo.»
«Te amo.»
– Tengo que encerrarte de nuevo -susurró ella finalmente, con las lágrimas deslizándosele por los párpados cerrados. -Pero no te abandonaré. Nunca.
El ronroneo y el latido del corazón se hicieron uno.
Permaneció arrodillada un rato más, con la mejilla presionada contra el cuello de Sinjun. Daisy nunca había sentido tanta paz, ni siquiera cuando había permanecido cobijada entre las patas de Tater. Había muchas cosas malas en el mundo, pero este lugar… este lugar era sagrado.
Poco a poco fue consciente de lo que la rodeaba. Los demás se habían quedado paralizados como estatuas.
Alex todavía apuntaba con el arma a Sinjun, Qué tonto. Como si ella fuera a permitir que hiriera a ese animal. La piel bronceada de su marido había adquirido el color de la tiza, y supo que tenía miedo por ella. Con el retumbar del corazón del tigre debajo de su mejilla, Daisy supo que había puesto el mundo de Alex patas arriba de una manera que él no podría perdonar. Cuando todo aquello acabara, ella tendría que afrontar las terribles consecuencias.
Max -viejo, flaco y con la tez grisácea- permanecía de pie no muy atrás de Alex, al lado de Sheba. Heather se aferraba al brazo de Brady. Los niños guardaban absoluto silencio.
El mundo exterior había irrumpido en la mente de Daisy y ya no pudo permanecer más tiempo quieta. Se movió lentamente. Manteniendo la mano sobre el cuello de Sinjun, hundió las puntas de los dedos en su pelaje.
– Sinjun volverá ahora a su jaula -anunció a todo el mundo. -Por favor, manteneos alejados de él.
Se puso en movimiento y no se sorprendió cuando el tigre la siguió; sus almas estaban entrelazadas, así que no le quedaba otra elección. El animal le rozaba la pierna con la pata mientras lo guiaba a la jaula. Con cada paso, Daisy era consciente del arma de Alex apuntándole.
Cuando más se acercaban a su destino, mayor era la tristeza del tigre. La joven deseaba que Sinjun entendiera que aquél era el único lugar donde podía mantenerlo a salvo. Cuando llegaron a la jaula, el animal se detuvo.
Daisy se arrodilló ante él y lo miró a los ojos.
– Me quedaré un rato contigo.
El felino la miró fijamente. Y luego, para sorpresa de Daisy, restregó la cabeza contra la mejilla de la joven. Le rozó el cuello con los bigotes y de nuevo soltó aquel ronroneo profundo y ronco.
Luego Sinjun se apartó y, con un poderoso impulso de sus cuartos traseros, entró en la jaula de un salto.
Daisy oyó que todo el mundo comenzaba a moverse detrás de ella y se volvió. Vio que Neeco y Alex se acercaban corriendo a la jaula para coger la puerta rota y ponerla en su lugar.
– ¡Alto! -Daisy levantó los brazos para que se detuvieran. -No os acerquéis más.
Los dos hombres se detuvieron en seco.
– Daisy, quítate de en medio -la voz de Alex vibraba y la tensión endurecía sus hermosos rasgos.
– Dejadnos solos. -Se volvió hacia la puerta abierta de la jaula dándoles la espalda.
Sinjun la observó. Ahora que estaba encerrado de nuevo, se mostraba tan altivo como siempre: regio, distante, como si lo hubiera perdido todo salvo la dignidad. Daisy sabía lo que él quería y no podía soportarlo. Quería que ella fuera su carcelera. La había elegido para que lo encerrara en la jaula.