Daisy no se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que sintió que las lágrimas se le deslizaban por las mejillas. Los ojos dorados de Sinjun brillaron tenuemente mientras la miraba con su acostumbrado desdén, haciéndola sentir un ser inferior.
«Hazlo, debilucha -ordenó con los ojos. -Ya.»
La joven levantó los brazos con esfuerzo y asió la puerta de la jaula. La bisagra rota hacía que pesara más y fuera difícil de mover, pero consiguió cerrarla con un sollozo.
Alex se acercó con rapidez y agarró la puerta para asegurarla pero, en el momento en que la tocó, Sinjun le enseñó los dientes y lanzó un rugido.
– ¡Deja que lo haga yo! -exclamó ella. -Se está enfadando. Por favor. Yo cerraré la puerta.
– ¡Maldita sea! -Alex dio un paso atrás, lleno de rabia y frustración.
Pero cerrar la jaula no era una tarea fácil. La plataforma sobre la que descansaba estaba a un metro de altura y Daisy tenía que levantar demasiado los brazos para cerrar la puerta. Neeco cogió un taburete y se lo puso al lado. Luego le dio un trozo de cuerda. Por un momento Daisy no supo para qué era. -Pásala entre los barrotes para que haga de bisagra -dijo Alex. -Carga tu peso contra la puerta para sujetarla. Y por el amor de Dios, estate preparada para saltar hacia atrás si decide atacar.
Alex se colocó detrás de ella y le deslizó las manos alrededor de las caderas para sostenerla. Con su ayuda, intentó hacer lo que él había dicho: sujetar la puerta cerrada con el hombro mientras anudaba la cuerda alrededor de la bisagra rota. Comenzó a temblar debido a la tensión de su postura. Sintió el bulto del arma que Alex había metido en la cinturilla de los vaqueros. Su marido la sujetó con más fuerza.
– Ya casi está, cariño.
El nudo era grande y tosco, pero servía. Daisy dejó caer los brazos. Alex la bajó del taburete y la estrecho contra su pecho.
La joven permaneció inmóvil unos instantes, agradeciendo su consuelo antes de levantar la mirada hacia aquellos ojos tan parecidos a los del tigre. Saber que amaba a ese hombre era aterrador. Eran muy diferentes, pero sentía la llamada de su alma tan claramente como si Alex hubiese hablado en voz alta.
– Siento haberte asustado.
– Ya hablaremos de eso después.
La arrastraría a la caravana para fustigarla en privado. Puede que eso fuera la gota que colmara el vaso; lo que haría que Alex se deshiciera de ella. Daisy ahuyentó ese pensamiento y se alejó de él.
– No puedo irme aún. Le he dicho A Sinjun que me quedaría un rato con él.
Las líneas de tensión de la cara de Alex se hicieron más profundas, pero no la cuestionó.
– Vale.
Max se acercó a ellos.
– ¡Eres idiota! ¡Es increíble que aún estés viva! ¿En qué diablos estabas pensando? Jamás vuelvas a hacer una cosa así. De todo lo que…
Alex le interrumpió.
– Cállate, Max. Yo me encargaré de esto.
– Pero…
Alex arqueó una ceja y de inmediato Max Petroff guardó silencio. Ese sencillo gesto de su marido había sido suficiente. Daisy nunca había visto a su dominante padre ceder ante nadie, y ese hecho le recordó la historia que le había contado. Durante siglos los Petroff habían tenido el deber de obedecer los deseos de los Romanov.
En ese momento, Daisy aceptó que lo que su padre le había contado era cierto, pero ahora lo que le importaba era Sinjun, que parecía inquieto y encrespado.
– Amelia se preguntará dónde estoy -dijo su padre a sus espaldas. -Será mejor que me vaya. Adiós, Theodosia. -Max rara vez la tocaba y Daisy se sorprendió al sentir el suave roce de su mano en el hombro. Antes de que ella pudiera responder, su padre se despidió de Alex y se fue.
La actividad del circo había vuelto a la normalidad. Jack hablaba con la profesora mientras la ayudaba a escoltar a los niños hasta el jardín de infancia. Neeco y los demás habían vuelto a su trabajo. Sheba se acercó a ellos.
– Buen trabajo, Daisy. -La dueña del circo dijo las palabras de mala gana. Aunque a Daisy le pareció ver algo de respeto en sus ojos, tuvo la extraña sensación de que el odio que Sheba sentía hacia ella se había intensificado. La pelirroja evitó mirar a Alex y se alejó dejándolos solos con Sinjun.
El tigre se mantenía en actitud vigilante, pero los miraba con su acostumbrado desprecio. Daisy metió las manos entre los barrotes de la jaula. Sinjun se acercó a ellas. La joven notó que Alex contenía el aliento cuando el tigre comenzó a restregar aquella enorme cabeza contra sus dedos.
– ¿Podrías dejar de hacer eso?
Ella alargó más las manos para rascar a Sinjun detrás de las orejas.
– No me hará daño. No me respeta, pero me quiere. Alex se rio entre dientes y luego, para sorpresa de Daisy, la rodeó con los brazos desde atrás mientras ella acariciaba al tigre.
– Nunca había pasado tanto miedo -dijo él apoyando la mandíbula en su pelo.
– Lo siento.
– Soy yo quien lo siente. Me advertiste sobre las jaulas y debería haberte hecho caso. Ha sido culpa mía.
– La culpa es mía. Soy yo quien se encarga de las fieras.
– No intentes culparte. No lo permitiré.
Sinjun acarició la muñeca de Daisy con la lengua. La joven notó que Alex tensaba los músculos de los brazos cuando el tigre comenzó a lamerla.
– Por favor, ¿podrías sacar las manos de la jaula? -pidió él en voz baja. -Está a punto de darme un ataque.
– En un minuto.
– He envejecido diez años de golpe. No puedo permitirme el lujo de perder más.
– Me gusta tocarle. Además, Sinjun se parece a ti, no ofrece su afecto con facilidad y no quiero ofenderle marchándome.
– Es un animal, Daisy. No tiene emociones humanas. -Daisy sentía demasiada paz para discutírselo. -Cariño, tienes que dejar de hacerte amiga de los animales salvajes. Primero Tater, ahora Sinjun. ¿Sabes qué? Es evidente que necesitas una mascota de verdad. Lo primero que haremos mañana por la mañana será comprar un perro.
Ella lo miró con alarma.
– Oh, no, no podemos hacerlo.
– ¿Por qué?
– Porque me dan miedo los perros. Él se quedó inmóvil, luego se echó a reír. Al principio sólo fue un ruido sordo en el fondo del pecho, pero pronto se convirtió en un alegre rugido que rebotó contra las paredes del circo y resonó en el recinto.
– Claro, era de esperar-murmuró Daisy con una sonrisa. -Para que Alex Markov se ría, tiene que ser a mi costa.
Alex levantó la cara hacia el sol y estrechó a Daisy entre sus brazos riéndose con más fuerza.
Sinjun los miró con fastidio, luego apretó la cabeza contra los barrotes de la jaula y lamió el pulgar de Daisy.
Alex se abrió paso a empujones entre los periodistas y fotógrafos que rodeaban a Daisy al término de la última función.
– Mi esposa ha tenido suficiente por hoy. Necesita descansar un poco.
Ignorándole, un periodista metió una pequeña grabadora bajo las narices de Daisy.
– ¿En qué pensó cuando se dio cuenta de que el tigre andaba suelto?
Daisy abrió la boca para responder, pero Alex la interrumpió sabiendo que su esposa era tan condenadamente educada que respondería a todas las preguntas aunque estuviera muerta de cansancio.
– Lo siento, no tenemos nada más que decir. -Pasó el brazo por los hombros de Daisy y la alejó de allí.
Los periodistas se habían enterado enseguida de la fuga del tigre y no habían dejado de entrevistarla desde la primera función. Al principio Sheba se había alegrado por la publicidad que eso suponía, pero luego había oído que Daisy comentaba que la casa de fieras era cruel e inhumana, por lo que se había puesto hecha una furia. Cuando Sheba había tratado de interrumpir la entrevista, Daisy le había lanzado una mirada inocente y había dicho sin pizca de malicia: