Выбрать главу

Daisy le recorrió los labios con la punta de la lengua, luego profundizó el beso con suavidad. Él le cogió la cabeza entre las manos y hundió los dedos en su suave pelo. La joven se acomodó entre sus brazos, ofreciéndose a él por completo.

Daisy gimió con dulzura. Vulnerable. Excitada. El sonido atravesó la embotada conciencia de Alex y lo trajo de vuelta a la realidad. Tenía que recordarle a Daisy cómo eran las cosas entre ellos. Por su bien tenía que ser cruel. Mejor que ella sufriera un pequeño dolor en ese momento que uno devastador más adelante.

Se apartó bruscamente de ella. La hizo tumbarse en la cama con una mano y se ahuecó la protuberancia de los vaqueros con la otra.

– Lo mires como lo mires, un buen polvo es mejor que el amor.

Alex dio un respingo para sus adentros ante la expresión de sorpresa que cruzó por la cara de Daisy antes de que se ruborizara. Conocía a su esposa y se preparó para lo que vendría a continuación: iba a levantarse de la cama de un salto y a hacer que le saliera humo por los oídos con un sermón sobre la vulgaridad.

Pero no lo hizo. El rubor de la cara de Daisy se desvaneció y fue sustituido por la misma expresión de pesar que había adoptado antes.

– Sabía que te pondrías difícil con esto. Eres tan previsible.

«¿Previsible? ¿Así lo veía? ¡Maldita fuera, estaba tratando de salvarla y ella se lo pagaba burlándose de él. Pues bien, se lo demostraría con hechos.»

Se obligó a esbozar una sonrisa cruel.

– Quítate la ropa. Me siento un poco violento y no quiero desgarrártela.

– ¿Violento?

– Eso es lo que he dicho, nena. Ahora desnúdate.

CAPÍTULO 17

Daisy tragó saliva.

– ¿Quieres que me desnude?

Sabía que parecía idiota, pero Alex la había cogido por sorpresa. ¿Qué quería decir exactamente con que «se sentía violento»? Miró al otro lado de la caravana el látigo que él había dejado enrollado sobre el brazo del sofá. Sabía que le había asustado muchísimo al decirle que lo amaba, pero ella no se había esperado esa reacción. Aun así, sabiendo que aquél era un tema delicado para Alex, debería haber imaginado que reaccionaría de manera exagerada.

– Deja de perder el tiempo. -Alex se quitó la camiseta. Los vaqueros le caían a la altura de las caderas, haciéndole parecer oscuro y peligroso. Estaba medio desnudo y mostraba esa flecha de vello oscuro que le dividía el estómago plano en dos y que indicaba el camino del peligro con la misma sutileza que un letrero de neón. -Cuando dices que te sientes violento… -Quiero decir que es el momento de mostrarte algo diferente.

– Para ser sinceros, no creo que aún esté preparada para eso.

– Pensaba que habías dicho que me amabas, Daisy, demuéstramelo. -Definitivamente Alex la estaba retando, y Daisy contó mentalmente hasta diez. -No soy de esos hombres románticos que regalan flores. Lo sabes. Me gusta el sexo. Me gusta practicarlo a menudo y no me gusta contenerme.

«¡Dios! Sí que le había asustado.» Daisy se mordisqueó el labio inferior. A pesar de lo que ella había dicho antes, Alex no era previsible, así que debía ser cautelosa. Por otra parte, Tater y sus compañeros le habían ensenado una regla básica para tratar con bestias grandes. Si retrocedes, te aplastan.

– Muy bien -dijo. -¿Qué quieres que haga?

– Ya te lo he dicho. Desnúdate.

– Te he dicho que quería hacerte el amor, nada más.

– Quizá yo no quiera hacer el amor. Quizá sólo quiera follar.

Era un cebo; uno que, evidentemente, Alex quería que picara. Daisy tuvo que morderse la lengua para no caer en la trampa. Si perdía la calma le estaría siguiendo el juego, que era justo lo que él quería. Tenía que hacerle frente de alguna manera y tenía que ser ella la que dictara las normas. Lo amaba demasiado para dejar que la intimidara.

Consideró sus opciones, luego se levantó de la cama y comenzó a desnudarse. Él no dijo nada; se limitó a observarla. Daisy se quitó los zapatos y se deshizo del maillot, pero cuando se quedó en bragas y sujetador, se detuvo indecisa. Alex estaba muy excitado, un hecho que revelaban los ceñidos vaqueros, y su estado de ánimo era tan volátil que ella no sabía qué esperar. Quizá lo mejor sería distraerlo. Puede que de esa manera lograra ganar un poco de tiempo.

Desde la charla que había mantenido con su padre, Daisy no había tenido oportunidad de hablar con Alex sobre su asombroso origen. Si ahora sacaba el tema a colación, puede que le pillara desprevenido. Una conversación sobre sus orígenes familiares podría calmar el imprevisible humor de su marido.

– Mi padre me ha dicho que tu padre era un Romanov.

– Quítame los vaqueros.

– Y no cualquier Romanov. Me ha dicho que eres el nieto del zar Nicolás II.

– No quiero tener que repetírtelo. Alex la miró con tal arrogancia que no le resultó difícil imaginarlo sentado en el trono de Catalina la Grande mientras le ordenaba a alguna de las obstinadas mujeres Petroff que se lanzara al Volga.

– Dice que eres el heredero de la corona rusa.

– Calla y haz lo que te digo.

Daisy contuvo un suspiro. «Señor, qué difícil estaba siendo.» Parecía que no había nada como una declaración de amor para que ese ruso se lanzara al ataque. A Daisy le costó trabajo sostenerle la mirada con algo de dignidad cuando sólo llevaba puesta la ropa interior y él parecía tan alarmantemente omnipotente, pero lo hizo lo mejor que pudo. Estaba claro que ése no era el momento adecuado para obtener las respuestas que deseaba de él.

– Y cuando me quites los vaqueros, hazlo de rodillas -le dijo Alex con desdén.

«¡Mamón insufrible!»

Él apretó los labios.

– Ahora.

Daisy respiró hondo tres veces. Nunca hubiera imaginado que él la presionaría de esa manera. Le sorprendía cómo reaccionaba un hombre bajo los efectos del miedo. Y ahora tenía intención de presionarla para que ella retirara aquella declaración de amor. ¿Cuántos tigres tenía que domesticar en un día?

Al estudiar los arrogantes ojos entornados de Alex, la llamarada insolente de sus fosas nasales, Daisy sintió una inesperada oleada de ternura. Pobrecito. Se enfrentaba al miedo de la única manera que sabía y castigarlo sólo lo pondría más a la defensiva. «Oh, Alex, ¿qué le hizo el látigo de tu tío?»

Lo miró a los ojos y se puso de rodillas. La inundó una oleada de sensaciones al ver lo excitado que estaba. Ni siquiera el miedo podía evitarlo. Alex cerró los puños.

– ¡Maldita sea! ¿Y tu orgullo?

Daisy se sentó sobre los talones y miró aquella cara dura e inflexible; esa combinación eslava de pómulos prominentes y profundas sombras, así como las pálidas líneas de tensión que le enmarcaban la boca.

– ¿Mi orgullo? Está en mi corazón, por supuesto.

– ¡Estás permitiendo que te humille!

Ella sonrió.

– Tú no puedes humillarme. Sólo yo puedo rebajarme. Y me arrodillo ante ti para desnudarte porque eso me excita.

Un traidor silencio se extendió entre ellos. Alex parecía muy torturado y a Daisy le dolió verlo así. Se inclinó hacia él y apretó los labios contra aquel duro abdomen, justo encima de la cinturilla de los vaqueros. Le dio un ligero mordisco, luego tiró del botón hasta que cedió bajo sus dedos y le bajó la cremallera.

A Alex se le puso la piel de gallina.

– No te comprendo en absoluto. -Su voz sonó áspera.

– Creo que a mí sí. Es a ti mismo a quien no comprendes.

Alex la agarró por los hombros y la hizo ponerse en líe. Sus ojos parecían tan oscuros e infelices que ella no podía soportar mirarlos.

– ¿Qué voy a hacer contigo? -dijo él.

– ¿Quizá corresponder a mi amor?

Alex respiró hondo antes de cubrirle la boca con la suya. Daisy sintió su desesperación, pero no sabía cómo ayudarle. El beso los capturó a los dos. Los envolvió como un ciclón.