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Daisy no supo cómo se despojaron de la ropa, pero antes de darse cuenta estaban desnudos sobre la cama. Una sensación cálida y ardiente comenzó a extenderse por su vientre. La boca de Alex estaba en su hombro, en sus pechos, rozándole los pezones. La besó en el vientre. Daisy abrió las piernas para él y permitió que le subiera las rodillas.

– Voy a tocarte por todas partes -le prometió él contra la suave piel del interior de sus muslos. Y lo hizo. Oh, cómo lo hizo. Puede que no la amara con el corazón, pero la amaba con su cuerpo, y lo hizo con una desenfrenada generosidad que la llenó de deseo. Daisy aceptó todo lo que él quiso darle y se lo devolvió a su vez, usando las manos y los pechos, la calidez de su boca y el roce de su piel.

Cuando finalmente él se hundió profundamente en su interior, Daisy lo envolvió con las piernas aferrándose a él.

– Sí -susurró ella. -Oh, sí.

Las barreras entre ellos desaparecieron y mientras buscaban juntos el éxtasis, ella comenzó a murmurar:

– Oh, sí. Me gusta eso. Me encanta… Sí. Más profundo. Oh, sí. Justo así…

Daisy siguió susurrando aquellas palabras, guiada, por el instinto y la pasión. Si dejaba de hablar, él trataría de olvidar quién era ella y la convertiría en un cuerpo anónimo. Y eso no podía consentirlo. Era Daisy. Era su esposa.

Así que habló, se aferró a él y juntos alcanzaron ti éxtasis.

Finalmente, la oscuridad dejó paso a la luz.

– Ha sido sagrado.

– No ha sido sagrado. Ha sido sexo.

– Hagámoslo de nuevo.

– Vamos a cien por hora, no hemos dormido más de tres horas y llegamos con retraso a Allentown.

– Estirado.

– ¿A quién llamas estirado?

– A ti.

La miró de reojo, con una chispa diabólica en los ojos.

– A ver si te atreves a repetirlo cuando estés desnuda.

No volverás a verme desnuda hasta que admitas que ha sido sagrado.

– ¿Y si admito que fue especial? Porque fue muy especial.

Ella le dirigió una mirada engreída y lo dejó pasar. La noche anterior había sido más que especial y los dos lo sabían. Daisy lo había sentido en la urgencia con la que habían hecho el amor y en la forma en que se habían abrazado después. Cuando se habían mirado a los ojos no se habían ocultado nada, no se habían reservado nada.

Esa mañana, Daisy esperaba que él volviera a las nidadas y que actuara de la misma manera hosca y distante de siempre. Pero para su sorpresa, él se había mostrado tierno y cariñosamente burlón. Como si se hubiera rendido. Daisy quería creer con cada latido de su romántico corazón que su marido se había enamorado de ella, pero sabía que eso no sería fácil. Por ahora, agradecía que Alex hubiera bajado la guardia.

La lluvia comenzó a caer sobre el polvoriento parabrisas de la camioneta. Era un día frío y gris, y según el pronóstico del tiempo sólo iría a peor. Alex la miró, y Daisy tuvo la sensación de que le había leído la mente.

– No puedo resistirme a ti -dijo Alex con suavidad. -¿Lo sabes, no? Y ya me he cansado de fingir lo contrario -adoptó una expresión de profunda preocupación. -Pero no te amo, Daisy, y no puedes hacerte una idea de cuánto lo siento, porque si tuviera que amar a alguien, sería a ti.

Ella se obligó a tragar saliva.

– ¿Es por lo de la mutación de la que hablaste?

– No bromees con eso.

– Lo siento. Pero es que es increíblemente… -«Estúpido». Porque era una estupidez, aunque se calló la palabra. Si él creía que no podía amarla, lo único que conseguiría discutiendo con él sería que se pusiera de nuevo a la defensiva. A menos que fuera cierto. Tan desafortunado pensamiento cruzó como un relámpago por la mente de Daisy. ¿Y si Alex tenía razón? ¿Y si aquella violenta infancia le había dejado una cicatriz tan profunda que nunca sería capaz de amar? ¿Y si simplemente no podía amarla a ella?

La lluvia tamborileó con fuerza contra el techo. Daisy bajó la mirada a su anillo de boda.

– Dime cómo sería. ¿Cómo sería si me amases?

– ¿Si te amase?

– Sí.

– Es una pérdida de tiempo hablar de algo que no puede ocurrir.

– ¿Sabes qué pienso? Que no creo que fuera mejor que esto. Ahora es perfecto.

– Pero no durará. Dentro de seis meses nuestro matrimonio habrá terminado. No podría vivir conmigo mismo viendo cómo languideces por no darte lo que te mereces. No puedo darte amor. Ni hijos. Y eso es lo que necesitas, Daisy. Eres ese tipo de mujer. Te marchitarás como una flor si no lo tienes.

Daisy sintió una punzada de dolor al oír aquellas palabras, pero no podía reprocharle su sinceridad. Como sabía que él no admitiría nada más por el momento, cambió de tema.

– ¿Sabes qué es lo que quiero de verdad?

– Supongo que unas semanas en un spa con manicura incluida.

– No. Quiero trabajar en una guardería.

– ¿En serio?

– Es una tontería, ¿a que sí? Tendría que ir a la universidad y ya soy demasiado mayor. Para cuando me graduara, habría pasado de los treinta.

– ¿Igual que si no vas a la universidad?

– ¿Perdón?

– Los años pasarán igual, vayas o no a la universidad.

– ¿Me estás diciendo en serio que debería hacerlo?

– No veo por qué no.

– Porque ya he metido la pata demasiadas veces en mi vida y no quiero hacerlo más. Sé que soy inteligente, pero he tenido una educación muy poco convencional y no soy capaz de seguir una rutina. No me imagino compartiendo clase con un puñado de jovencitos de dieciocho años de ojos brillantes recién salidos del instituto.

– Quizás es hora de que empieces a verte con otros ojos. No olvides que eres la dama que domestica tigres. -Le dirigió una misteriosa sonrisa que hizo que Daisy se preguntase de qué tigre hablaba: de Sinjun o de sí mismo, pero Alex era demasiado arrogante para pensar que ella lo había domesticado.

Miró hacia delante y divisó una serie de flechas indicando la dirección.

– Gira ahí delante.

Encontrar las flechas que señalaban la ubicación del circo era tan natural para Alex como respirar. Daisy sospechó que ya las había visto, pero él asintió con la cabeza. La lluvia arreció y él aumentó la velocidad de los limpiaparabrisas.

– Supongo que no seremos tan afortunados como para instalarnos sobre el asfalto esta vez -dijo ella.

– Me temo que no. Estaremos en un descampado.

– Supongo que ahora sabré de primera mano por qué a los circos como el de los Hermanos Quest se les llama circos de barro. Sólo espero que la lluvia no moleste a los animales.

– Estarán bien. Son los empleados los que sufrirán más.

– Y tú. Tú estarás allí con ellos. Siempre lo estás.

– Es mi trabajo.

– Extraño trabajo para alguien que debería ser zar. -Lo miró de reojo. Si él pensaba que se había olvida do de ese tema, se equivocaba.

– ¿Ya estamos con eso otra vez?

– Si me dices la verdad no volveré a mencionarlo nunca más.

– ¿Me lo prometes?

– Te lo prometo.

– Está bien, pues -respiró hondo. -Es probable que sea verdad.

– ¿¡Qué!? -Daisy volvió la cabeza con tal rapidez que casi se partió el cuello.

– Las pruebas dicen que tengo ascendencia Romanov y, por lo que Max ha podido averiguar, existen muchas probabilidades de que sea el bisnieto de Nicolás II.

Ella se hundió en el asiento.

– No me lo creo.

– Bueno. Entonces no hay nada más de lo que hablar.

– ¿Lo dices en serio?

– Max tiene pruebas bastante convincentes. Pero dado que no puedo hacer nada al respecto, será mejor que hablemos de otros temas.

– ¿Eres el heredero del trono ruso?

– En Rusia no hay trono. Por si se te ha olvidado, allí no existe la monarquía.

– Pero si la hubiera…

– Si la hubiera, saldrían Romanov de cada carpintería de Rusia afirmando ser el heredero.