Выбрать главу

– Te compraré un molinillo de pimienta con mi próximo sueldo -dijo ella, -así no tendrás que condimentar la comida con lo que contiene esa horrible lata.

– No quiero que te gastes tu dinero en un molinillo para mí.

– Pero si te gusta la pimienta.

– Eso no viene al caso. El hecho es…

– Si fuese a mí a quien le gustase la pimienta, ¿mi comprarías un molinillo?

– Si quisieras…

Ella sonrió.

Alex pareció quedarse perplejo.

– ¿Es eso lo que quieres? ¿Un molinillo de pimienta?

– Oh, no. A mí no me gusta la pimienta.

Él curvó la boca.

– Me avergüenza admitirlo, Daisy, pero parece que empiezo a entender estas conversaciones tan complejas que tienes.

– Pues a mí no me sorprende. Eres muy brillante.

Le dirigió una sonrisita traviesa.

– Y tú, señora, eres la bomba.

– Y además sexy.

– Eso por supuesto.

– ¿Podrías decirlo de todas maneras?

– Claro. -Alex la miró con ternura y le cogió la mano por encima de la mesa. -Eres sin duda la mujer más sexy que conozco. Y la más dulce…

A Daisy se le puso un nudo en la garganta y se perdió en las profundidades ámbar de los ojos de Alex. ¿Cómo había podido pensar que eran fríos? Bajó la cabeza antes de que él pudiese ver las lágrimas de anhelo.

Él comenzó a hablarle de la función y pronto se reían del lío que se había formado entre uno de los payasos y una señorita muy bien dotada de la primera fila. Compartieron los pequeños detalles del día: los problemas de Alex con uno de los empleados o la impaciencia de Tater por estar atado todo el día. Planearon un viaje a la lavandería para el día siguiente y Alex mencionó que tenía que cambiar el aceite de la camioneta. Podrían haber sido un matrimonio cualquiera, pensó Daisy, hablando del día a día, y no pudo evitar sentir la esperanza de que, después de todo, pudieran resolverse las cosas entre ellos.

Alex le dijo que fregaría los platos si se quedaba a hacerle compañía, después se quejó, naturalmente, por el número de utensilios que ella había utilizado. Mientras él bromeaba con ella, a Daisy se le ocurrió una idea.

Aunque Alex le había hablado abiertamente de su linaje Romanov, no le había revelado nada sobre su vida actual, algo que para ella era mucho más importante. Hasta que él le dijera a qué se dedicaba cuando no viajaba con el circo no existiría entre ellos una verdadera comunicación. Pero no se le ocurría otra manera de averiguar la verdad más que engañándolo. Decidió que quizá no había nada malo en decir una pequeña mentirijilla cuando era la felicidad de su matrimonio lo que estaba en juego.

– Alex, creo que tengo una infección de oído. -Él dejó lo que estaba haciendo y la miró con tal preocupación que a Daisy le remordió la conciencia.

– ¿Te duele el oído?

– Un poquito. No mucho. Sólo un poquito nada más.

– Iremos al médico en cuanto termine la función. -Para entonces todas las consultas estarán cerradas. -Te llevaré a urgencias.

– No quiero ir a urgencias. Te aseguro que no es nada serio.

– No voy a dejar que viajes con una infección de oído.

– Supongo que tienes razón. -Daisy vaciló; sabía que ahora tocaba poner el cebo. -Tengo una idea -dijo lentamente. -¿Te importaría mirármelo tú?

Él se quedó quieto.

– ¿Quieres que te examine yo el oído? -Daisy se sintió culpable. Ladeó la cabeza y jugueteó con el borde de la arrugada servilleta de papel. Al mismo tiempo, recordó la manera en que él le había preguntado si estaba vacunada del tétanos o cómo había administrado los primeros auxilios a un empleado. Tenía derecho a saber la verdad.

– Supongo que, sea cual sea tu especialidad, estarás cualificado para tratar una infección de oído. A menos que seas veterinario.

– No soy veterinario.

– Vale. Entonces hazlo.

Él no dijo nada. Daisy contuvo los nervios mientras recolocaba los tréboles y alineaba los botes de sal y la pimienta. Se obligó a recordar que aquello era por el bien de Alex. No podría conseguir que su matrimonio funcionara si él insistía en mantener tantas cosas en secreto.

Lo oyó moverse.

– Vale, Daisy. Te examinaré.

La joven alzó la cabeza con rapidez. ¡Lo había conseguido! ¡Por fin lo había pillado! Con astucia, había logrado que admitiera la verdad. Su marido era médico y ella había logrado que confesara.

Sabía que se enfadaría cuando la examinara y descubriera que no tenía nada en el oído, pero ya se las arreglaría después. Sin duda alguna podría hacerle entender que había sido por su bien. No era bueno para él ser tan reservado.

– Siéntate en la cama -dijo. -Y acércate a la luz para que pueda ver.

Ella lo hizo.

Alex se demoró secándose las manos delante del fregadero antes de dejar a un lado la toalla y acercarse a ella.

– ¿No necesitas el instrumental?

– Está en el maletero de la camioneta y preferiría no tener que mojarme otra vez. Además, hay más de una manera de diagnosticar una infección de oído. ¿Cuál de ellos te duele?

Daisy vaciló una fracción de segundo, luego señaló la oreja derecha. Alex le retiró el pelo a un lado y luego se inclinó para examinarla.

– No veo bien con esta luz, acuéstate.

Daisy se recostó en la almohada. El colchón se hundió cuando él se sentó a su lado y le puso la mano en la garganta.

– Traga.

Lo hizo.

Alex apretó con la punta de los dedos.

– Otra vez.

Daisy tragó por segunda vez.

– Mmm. Ahora abre la boca y di «ah».

– Ahhh…

Alex inclinó la cabeza de Daisy hacia la luz.

– ¿Qué opinas? -preguntó ella finalmente. -Pues parece que sí tienes una infección, pero creo que sea en el oído.

«¿Tenía una infección?»

Alex bajó la mano a su cintura y le presionó el abdomen.

– ¿Te duele aquí?

– No.

– Bien. -Le cogió un tobillo y lo separó del otro. -Estate quieta mientras compruebo el pulso alterno.

Ella se mantuvo en silencio con la frente arrugada de preocupación. «¿Cómo era posible que tuviera una infección?» Se encontraba bien. Luego recordó que había tenido un leve dolor de cabeza hacía un par de días y que a veces se sentía un poco mareada cuando se levantaba demasiado rápido. Tal vez estaba enferma y no lo sabía.

Lo miró con preocupación.

– ¿Tengo el pulso normal?

– Shh… -Le desplazó el otro tobillo para que mantuviera las piernas separadas y le apretó las rodillas sobre la tela del chándal. -¿Te ha dolido algo últimamente?

«¿Le había dolido algo?»

– Creo que no.

Alex le subió la parte superior del chándal y le tocó un pecho.

– ¿Sientes algo aquí?

– No.

Le rozó el pezón con los dedos y, aunque su toque pareció impersonal, Daisy entrecerró los ojos con suspicacia. Luego se relajó al notar la intensa concentración en la cara de Alex. Estaba portándose como todo un profesional; no había indicio de lujuria en lo que estaba haciendo.

Le tocó el otro pecho.

– ¿Y aquí? -preguntó.

– No.

Alex bajó la parte superior del chándal, cubriéndola con modestia, y ella se sintió avergonzada por haber dudado de él.

Parecía preocupado.

– Me temo que…

– ¿Qué?

Cubrió la mano de Daisy con la suya y le dio una palmadita consoladora.

– Daisy, yo no soy ginecólogo, y normalmente no haría esto, pero me gustaría examinarte. ¿Te importaría?

– ¿Si me importaría…? -Daisy vaciló. -Bueno, no, supongo que no. Es decir, estamos casados y ya me has visto… pero ¿qué tienes que hacer? ¿Crees que me pasa algo?

– Estoy prácticamente seguro de que no es nada, pero los problemas glandulares pueden complicarse y sólo quiero asegurarme de que no es así. -Alex deslizó los pulgares hasta la cinturilla de los pantalones de Daisy. Ella levantó las caderas y dejó que se los quitara junto con las bragas.