Выбрать главу

Cuando el último de los espectadores abandonó el circo, el viento había arreciado y la empapada lona se abombaba por las ráfagas. Alex tenía miedo de perder la cubierta si no la aseguraban con rapidez, y se movió de un grupo a otro para ordenar y ayudar a aflojar las cuerdas. Uno de los empleados soltó la cuerda antes de tiempo y le dio en la mejilla, pero Alex ya había sentido latigazos antes e ignoró el dolor. La fría lluvia cayó sobre él cegándole, el viento le revolvió el pelo y, durante todo el tiempo que estuvo trabajando, pensaba en Daisy. «Será mejor que estés en la camioneta, ángel. Por tu propia seguridad y por la mía.»

Daisy estaba agazapada en el centro de la jaula de Sinjun con el tigre acurrucado a su lado y la lluvia entrando por los barrotes. Alex no confiaba en la seguridad de la caravana durante la tormenta y le había dicho que se metiera en la camioneta hasta que amainara el viento. Se dirigía allí cuando había oído el rugido aterrorizado de Sinjun. Se dio cuenta de que la tormenta lo había asustado.

El tigre estaba a la intemperie, expuesto a los elementos mientras todos ayudaban a desmontar el circo. Al principio Daisy se había quedado junto a la jaula, pero el embate de la lluvia y del viento hacía que le resultara difícil mantenerse en pie. Sinjun se puso frenético cuando ella intentó resguardarse debajo de la jaula y, sin que le quedara otra elección, se había metido dentro con él.

Ahora la rodeaba como si fuera un gato grande. Daisy sentía la vibración de la respiración y del ronroneo del felino en la espalda y gracias al calor del animal no tenía frío. Se acurrucó contra él y se sintió tan segura como unas horas antes, cuando se encontraba entre los brazos de Alex.

Daisy no estaba en la camioneta.

Daisy no estaba en la caravana.

Alex atravesó el recinto buscándola frenéticamente. ¿Que habría hecho esta vez? ¿Dónde se habría metido? ¡Maldita sea, todo eso era culpa suya! Sabía de sobra lo loca que estaba; debería haberla acompañado a la camioneta y, ya puestos, atado al volante.

Alex siempre se había sentido orgulloso de mantener la cabeza fría ante una crisis, pero ahora no podía pensar. La tormenta amainó después de que aseguraran la carpa y pasaron unos cuantos minutos revisando los daños superficiales; el cristal delantero de uno de los camiones estaba salpicado de escombros y uno de los puestos había volcado por el viento. La lona del circo tenía algún desgarrón, pero no parecía haber sufrido daños serios. Tras asegurarse de que todo estaba en orden decidió ir a buscar a Daisy. Sin embargo, cuando llegó a la camioneta, y vio que no estaba allí, sintió cómo el pánico le atenazaba las entrañas.

¿Por qué no la había vigilado de cerca? Era demasiado frágil, demasiado confiada. «Dios mío, que no le haya ocurrido nada.»

Vio un destello de luz al otro lado del recinto, pero uno de los remolques le bloqueaba la vista. Mientras corría hacia allí, oyó la voz de Daisy y se le aflojaron los músculos de puro alivio. Rodeó el vehículo con rapidez y pensó que nunca había visto nada más hermoso que Daisy sosteniendo una linterna y dirigiendo a dos de los empleados para que cargaran la jaula de Sinjun en la parte trasera del camión que transportaba a las fieras.

Quiso sacudirla por haberle hecho pasar tanto miedo, pero se contuvo. No era culpa suya que él se hubiera convertido en un debilucho y un cobarde.

Cuando lo vio, Daisy esbozó una sonrisa tan llena de felicidad que hizo que el calor alcanzara los dedos de los pies de Alex.

– ¡Estás bien! Estaba tan preocupada por ti.

Él se aclaró la garganta y tomó aliento para tranquilizarse.

– ¿Necesitas que te eche una mano?

– Creo que ya estamos acabando -dijo Daisy, subiéndose al camión.

Aunque Alex quería llevarla a la caravana y amarla hasta la mañana siguiente, la conocía lo suficiente como para saber que ninguna baladronada por su parte la apartaría del camión hasta que estuviera totalmente segura de que los animales a su cargo estaban bien resguardados. Si se lo permitía, incluso les habría leído un cuento antes de arroparlos.

Daisy salió por fin y, sin ninguna vacilación, estiró los brazos y se dejó caer desde la parte superior de la rampa hacia él. Cuando Alex la estrechó contra su pecho, decidió que eso era lo que más le gustaba de ella: nunca dudaba de él. Daisy había sabido que la atraparía entre sus brazos costara lo que costase.

– ¿Te quedaste en la camioneta durante la tormenta como te dije? -le preguntó plantándole un beso duro y desesperado sobre el pelo mojado.

– Mmm… estuve a salvo, te lo aseguro.

– Bien. Volvamos a la caravana. Los dos necesitamos una ducha caliente.

– Antes necesito…

– Saber cómo está Tater. Iré contigo.

– Pero no vuelvas a mirarlo con cara de pocos amigos.

– Nunca lo miro con cara de pocos amigos.

– La última vez que lo miraste así heriste sus sentimientos.

– No tiene…

– Por supuesto que tiene sentimientos.

– Lo mimas demasiado.

– Es cariñoso, no mimado. Hay una gran diferencia.

Alex le dirigió una mirada significativa.

– Créeme, conozco la diferencia entre cariñoso y mimado.

– ¿Estás insinuando…?

– Ha sido un cumplido.

– No ha sonado así.

Discutió con ella hasta que llegaron al remolque donde se encontraba el elefante, pero Alex no le soltó la mano en ningún momento. Ni se le borró la sonrisa de la cara.

CAPÍTULO 18

Durante los meses de junio y julio, el circo de los Hermanos Quest pasó el ecuador de la gira mientras se dirigía hacia el oeste a través de pueblos de Pensilvania y Ohio. Algunas veces seguían el curso de un río: Allegheny, Monongahela, Hocking, Scioto y Maumee. Actuaron en pueblos pequeños que habían sido olvidados por los circos grandes, pueblos mineros con las minas cerradas, pueblos con molinos abandonados, pueblos con fábricas clausuradas. Los circos más famosos podían haber olvidado a la gente común de Pensilvania y Ohio, pero el de los Hermanos Quest la recordaba y la función continuaba.

La primera semana de agosto, el circo llegó a Indiana y Daisy nunca había sido más feliz en su vida. Cada día era una aventura. Se sentía como si fuera una persona diferente: fuerte, confiada y capaz de defenderse por sí misma. Desde la fuga de Sinjun se había ganado el respeto de los demás y ya no la trataban como a una paria. Las showgirls intercambiaban chismes con ella y los payasos le pedían opinión sobre los trucos nuevos.

Brady la buscaba para hablar de política y la ayudaba 4 mejorar el tono muscular con las pesas. Y Heather pasaba un rato con ella todos los días salvo que estuviera Alex cerca.

– ¿Has estudiado psicología? -le preguntó Heather una tarde a principios de agosto cuando estaban almorzando en el McDonald's de un pueblo donde estaban actuando, al este de Indiana.

– Durante unos meses. Tuve que abandonar el colegio antes de terminar el curso. -Daisy cogió una patata frita, la mordisqueó y luego la dejó donde estaba. La comida frita no le sentaba bien últimamente. Se puso la mano sobre el vientre y se obligó a concentrarse en lo que Heather decía.