– Creo que estudiaré psicología. Lo digo porque, después de todo lo que he pasado, creo que podría ayudar a bastantes niños.
– Seguro que sí.
Heather parecía preocupada, algo raro en ella. Sin embargo, la menuda adolescente se mostraba animada cuando estaba con ella. Aunque Daisy sabía que el tema del dinero robado le pesaba en la conciencia, la joven jamás lo había mencionado.
– ¿Te ha dicho Alex algo de…? ¿Se ha reído de lo tonta que fui y todo eso?
– No, Heather. Te aseguro que ni siquiera ha vuelto a pensar en ello.
– Cada vez que me acuerdo de lo que hice me muero de vergüenza.
– Alex está acostumbrado a que las mujeres se le echen encima. Si te digo la verdad, no creo que se acuerde siquiera.
– ¿De veras? Creo que sólo lo dices para que me sienta mejor.
– Le caes genial, Heather. Y te aseguro que no cree que seas tonta.
– Parecías muy cabreada cuando nos encontraste juntos.
Daisy contuvo una sonrisa.
– No es muy agradable para una mujer mayor ver como una chica va detrás de su hombre.
Heather asintió con aire de entendida.
– Sí. Pero, Daisy, no creo que Alex le echara un polvo a nadie que no fueras tú. Te lo juro. Les he oído comentar a Jill y a Madeline que ni siquiera las mira cuando toman el sol en biquini. Creo que les jode mucho.
– Heather…
– Lo siento, les fastidia mucho. -Desmigó distraídamente la corteza del pan. -¿Puedo preguntarte una cosa? Es sobre… bueno…, sobre cuando se mantienen relaciones sexuales y todo eso. Lo que quiero decir es, ¿no se siente vergüenza?
Daisy se dio cuenta de que Heather se había estado mordiendo las uñas y supo que no era porque le preocupara el tema del sexo, sino porque sentía remordimientos de conciencia.
– Cuando es correcto, no da vergüenza.
– Pero ¿cómo sabes cuándo es correcto?
– Hay que dar tiempo al tiempo y conocer bien a la otra persona. Heather, deberías esperar hasta estar casada.
Heather puso los ojos en blanco.
– Ahora nadie espera hasta estar casado.
– Yo lo hice.
– Sí, pero tú estás algo…
– ¿Algo zumbada?
– Sí, pero eres muy maja. -Heather abrió los ojos como platos y mostró el primer signo de animación en semanas. Dejó su refresco sobre la mesa. -¡Oh, Dios! ¡No mires!
– ¿Mirar qué?
– La puerta. Acaba de entrar aquel chico que estuvo hablando conmigo ayer. Oh, Dios… qué bueno está…
– ¿Quién es?
– El que está en la caja. ¡No mires! Lleva un chaleco negro y pantalones cortos. Vale, mira deprisa, pero que no te pille haciéndolo.
Daisy observó el área de las cajas con el mayor disimulo que pudo. Vio a un adolescente estudiando el menú. Era de la edad de Heather, con un espeso cabello castaño y una expresión adorablemente bobalicona en la cara. Daisy estaba contenta de que, por fin, Heather actuara como una adolescente normal y no como si cargara el peso del mundo sobre sus hombros.
– ¡Ay, Dios! ¡Me va a ver! -gimió Heather. -¡Oh, joder! Mi pelo…
– No digas palabrotas. Y estás estupenda.
Heather hundió la cabeza y Daisy supo que el chico se estaba acercando.
– Hola…
Heather ganó tiempo revolviendo el hielo de la Coca-Cola antes de levantar la vista.
– Hola…
Los dos se ruborizaron a la vez y Daisy supo que ambos estaban pensando algo brillante que decir. Fue el chico quien habló primero.
– ¿Qué hay de nuevo?
– Nada.
– ¿Estarás hoy por aquí? Digo…, me refiero, en el circo.
– Sí.
– Vale, entonces iré a verte.
Otra larga pausa, esta vez rota por Heather.
– Ésta es Daisy. Puede que la recuerdes de la función. Es mi mejor amiga. Daisy, éste es Kevin.
– Hola, Kevin.
– Hola. Me…, esto…, me gustaste en la función.
– Gracias.
Habiendo agotado ese tema de conversación, Kevin se volvió hacia Heather.
– Jeff y yo, no lo conoces, pero es un buen tipo…, pensábamos pasarnos por allí.
– Vale.
– Quizá nos veamos.
– Sí. Estaría genial.
Silencio
– Vale, hasta luego.
– Hasta luego.
Cuando el chico se fue, una expresión soñadora apareció en la cara de Heather, seguida casi de inmediato por una de incertidumbre.
– ¿Crees que le gusto?
– Es evidente.
– ¿Qué hago si me invita a salir esta noche entre las funciones o algo por el estilo? Sabes que papá no me dejará ir.
– Tendrás que decirle la verdad a Kevin. Que tu padre es muy estricto y no te va a dar permiso para salir con nadie hasta que cumplas los treinta.
– De nuevo, Heather puso los ojos en blanco, pero Daisy no In dejó pasar.
Consideró el dilema de Heather. Era bueno que la chica tuviera un ligue, incluso uno de doce horas. Necesitaba comportarse como una adolescente normal en lugar de parecer que hacía penitencia. Daisy era consciente de que Heather tenía razón: Brady se negaría.
– ¿Y si le enseñas el circo? Eso le gustaría. Y luego puedes sentarte junto a las camionetas donde tu padre pueda verte sin que por ello pierdas tu intimidad.
– Eso no funcionará. -Heather arrugó la frente con preocupación. -¿Por qué no hablas con mi padre y le dices que no me humille delante de Kevin?
– Hablaré con él.
– Que no diga ninguna estupidez delante de Kevin, Por favor, Daisy.
– Haré lo que pueda.
Heather ladeó la cabeza y pasó el dedo índice por el envase vacío. Hundió los hombros de nuevo, y Daisy notó que volvía a caer la sombra de la culpabilidad sobre ella.
– ¡Cuando pienso en lo que te hice me siento… una mierda! Quiero decir fatal. -Levantó la vista. -Sabes que siento muchísimo lo que hice, ¿verdad?
– Sí. -Daisy no sabía cómo ayudarla. Heather había intentado compensarlo de todas las maneras posibles. Lo único que no había hecho era decirle la verdad a su padre, y Daisy no quería que lo hiciera. La relación de Heather con Brady ya era muy difícil y eso sólo empeoraría las cosas.
– Daisy, jamás hubiera… Me refiero a lo que pasó con Alex, fue algo muy inmaduro. Él había sido muy amable conmigo, pero nunca había intentado ligármelo ni nada parecido, si es eso lo que te preocupa…
– Gracias por decírmelo. -Daisy se dedicó a recoger los restos de comida para que Heather no la viera sonreír.
La adolescente arrugó la nariz.
– Sin intención de ofender, Daisy, puede que sea muy sexy, pero es viejo.
Daisy casi se atragantó.
Heather miró a las cajas, donde Kevin estaba recociendo su pedido.
– Está buenísimo.
– ¿Alex?
Heather pareció horrorizada.
– ¡No, no! ¡Kevin!
– Ah, bueno. Alex no es Kevin, eso seguro.
Heather asintió con gravedad.
– Eso seguro.
Esta vez Daisy no pudo evitarlo. Se echó a reír y, para su deleite, Heather la imitó.
Cuando regresaron al recinto, Heather salió disparada para ensayar con Sheba. Daisy desempaquetó las compras que había hecho y apartó la comida de los animales, agradeciendo para sus adentros que Alex nunca protestara por los extras en la factura del supermercado. Ahora que sabía que sólo era un pobre profesor universitario había intentado controlar los gastos, pero antes ahorraría en su propia comida que en la de los animales.
Siguiendo la rutina diaria, se acercó a los elefantes y saludó a Tater. Él la siguió hasta las jaulas de las fieras.
Sinjun solía ignorar al elefantito, pero esta vez alzó la cabeza con orgullo y miró a su rival con arrogante condescendencia.
«Daisy me ama, molesto infante, no lo olvides.» Lollipop y Chester estaban atados fuera de la carpa y Tater se acomodó en el lugar de costumbre, donde le esperaba un fardo de heno limpio. Daisy se acercó a Sinjun y metió la mano entre los barrotes para rascarle detrás de las orejas. Como no era un cachorro, Daisy no lo arrullaba como hacía con los demás.