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– No.

– Bien, porque no deberías preocuparte por eso. Aunque deberías concentrarte más. Cuando Matt y Rob tenían tu edad…

– ¡No soy ni Matt ni Rob! -Estalló. -¡Siempre Matt y Rob! ¡Matt y Rob! ¡Ellos son perfectos y a mí todo me sale mal!

– No he dicho eso.

– Es lo que piensas. Siempre me comparas con ellos. Si hubiera venido a vivir contigo después de morir mamá en vez de quedarme con tía Terry, ahora lo haría mejor.

Brady no se enfadó sino que se frotó el brazo y ella supo que le molestaba la tendinitis.

– Heather, hice lo que era mejor para ti. Ésta no es una vida fácil.

– Me gusta vivir así. Me gusta el circo.

– No me entiendes.

Heather se sentó en una silla a su lado porque era más fácil hablar si estaba a la misma altura que él. Ése había sido el mejor y el peor verano de su vida. El mejor gracias a Daisy y a Sheba. Aunque no se llevaban bien entre sí, las dos se preocupaban por ella. Si bien nunca lo reconocería ante Daisy, le gustaba que le riñera por decir palabrotas, fumar y hablar de sexo. Daisy era graciosa y no tenía ni pizca de arrogancia, siempre te estaba acariciando el brazo y cosas por el estilo.

Sheba se preocupaba por ella de otra manera. La defendía cuando sus hermanos se comportaban de manera aborrecible, y se aseguraba de que comiera cosas sanas en vez de comida basura. La ayudaba a ensayar y nunca le gritaba, ni siquiera cuando no lo hacía bien. Sheba tenía buen corazón, siempre la peinaba o le corregía la postura, o le daba una palmadita de ánimo cuando terminaba la actuación.

Conocer a Kevin la semana anterior también había sido genial. Habían prometido escribirse. Aunque no la había llegado a besar, estaba segura de que había querido hacerlo.

Todo lo demás había sido horrible. Se había humillado ante Alex y aún se ruborizaba cuando pensaba en ello. Su padre siempre parecía disgustado con ella. Pero lo peor de todo era lo que le había hecho a Daisy, algo tan horrible que su conciencia no le dejaba vivir ni un minuto más sin confesarlo.

– Papá tengo que contarte algo. -Se agarró las manos con fuerza. -Algo muy malo.

Él se puso rígido.

– No estarás embarazada, ¿no?

– ¡No! -Heather se ruborizó. -¡Siempre piensas lo peor de mí!

Brady se hundió en la silla.

– Lo siento, cariño. Es que te haces mayor y eres muy guapa. Estoy preocupado por ti.

Era lo más agradable que le había dicho en todo el verano, pero a ver qué decía cuando confesara lo que había hecho. Quizá debería habérselo dicho a Sheba primero; no era a Sheba a quien temía, sino a su padre. Las lágrimas hicieron que le picaran los ojos, pero parpadeó para ahuyentarlas porque los hombres odian las lágrimas. Matt y Rob decían que sólo lloraban las nenitas.

– Es que hice algo… y ya no puedo callarlo por más tiempo.

Él no dijo nada. Sólo la observó y esperó.

– Es… es como si algo horrible estuviera creciendo en mi interior y no se detuviera.

– Tal vez sea mejor que me lo cuentes.

– Yo… -Tragó saliva. -El dinero… el dinero que todos pensasteis que había robado Daisy… -Las palabras salieron finalmente: -fui yo quien lo robó.

Por un momento él no dijo nada, luego se levantó de un salto.

– ¿¿¡¡Qué!!??

Heather levantó la mirada hacia su padre e incluso en la oscuridad de la noche pudo ver su expresión furiosa. Se le cayó el alma a los pies, pero se obligó a continuar.

– Fui yo… Yo cogí el dinero y luego me colé en su caravana y lo escondí en su maleta para que todos pensaran que lo había robado ella.

– ¡No me lo puedo creer! -Brady comenzó a dar patadas a diestro y siniestro, golpeando la pata de la silla sobre la que estaba sentada ella y haciendo que se cayera. Antes de que tocase el suelo, él la agarró por el brazo y comenzó a sacudirla. -¿Por qué hiciste algo así? Maldita sea, ¿por qué mentiste?

Aterrada, Heather intentó zafarse de él, pero su padre no la soltó y la chica ya no pudo contener las lágrimas.

– Quería… quería que Daisy tuviera problemas. Fue…

– Eres rastrera.

Volvió a sacudirla.

– ¿Sabe Alex algo de esto?

– No.

– Has consentido que todos piensen que Daisy es una ladrona cuando fuiste tú. Me pones enfermo.

Sin ningún miramiento, la arrastró por el recinto. A Heather le goteaba la nariz y estaba tan asustada que comenzaron a castañetearle los dientes. Había sabido que su padre se enfadaría con ella, pero no había imaginado hasta qué punto.

Rodearon la caravana de Sheba, y se dirigieron hacia la de Alex y Daisy, que estaba aparcada al lado. Con brusquedad, Brady levantó el puño y golpeó la puerta. Se encendieron las luces del interior y Alex abrió de inmediato.

– ¿Qué pasa, Brady?

La cara de Daisy apareció por encima del hombro de Alex y, cuando vio a Heather, pareció preocupada.

– ¿Qué ha pasado?

– Díselo -le exigió su padre.

Heather se explicó entre sollozos.

– Fui yo… fui yo quien…

– ¡Míralos a la cara mientras hablas! -Le cogió la barbilla y le alzó la cabeza, sin lastimarla pero obligándola a mirar a Alex a los ojos. Heather quiso morirse.

– ¡Yo cogí el dinero! -sollozó. -No fue Daisy. ¡Fui yo! Luego me colé en la caravana y lo escondí en su maleta.

Alex se puso tenso y mostró una expresión tan parecida a la de su padre que Heather dio un paso atrás.

Daisy soltó un grito ahogado. Aunque era una mujer pequeña logró apartar a Alex a codazos y bajar un escalón. Intentó abrazar a Heather pero su padre la apartó.

– No te compadezcas de ella. Heather ha sido una cobarde y será castigada por ello.

– ¡Pero no quiero que la castigues! Hace meses que pasó. Ya no importa.

– Cuando pienso en todos los desaires que te hice…

– No importa. -Daisy tenía la misma expresión testaruda que cuando sermoneaba a la chica por su lenguaje. -Esto es cosa mía, Brady. De Heather y mía.

– Estás equivocada. Heather es carne de mi carne, mi responsabilidad, y nunca pensé que llegaría el día en que me avergonzaría tanto de ella como ahora. -Miró a Alex. -Sé que es un problema del circo, pero te pido que dejes que me encargue yo mismo de esto.

Heather se echó hacia atrás al ver la mirada escalofriante en los ojos de Alex cuando éste asintió con la cabeza.

– ¡No, Alex! -Daisy intentó acercarse de nuevo a Heather, pero Alex la atrapó desde atrás.

Brady la arrastró entre las caravanas sin decir ni una palabra. Heather no había estado tan asustada en toda su vida. Su padre nunca le había pegado, pero claro, ella nunca había hecho nada tan malo.

Él se detuvo en seco cuando Sheba surgió de las sombras de su gran caravana RV. Llevaba puesta una bata verde de seda con estampados de aves y flores por todos lados. Heather se alegró tanto de verla que a punto estuvo de lanzarse en sus brazos, pero la horrible mirada en los ojos de la dueña del circo le hizo darse cuenta de que Sheba lo había oído todo.

Heather sacudió la cabeza y comenzó a llorar de nuevo. Ahora Sheba también la odiaba. Debería haberlo esperado, Sheba odiaba el robo más que cualquier cosa.

Sheba habló con voz trémula:

– Quiero hablar contigo, Brady.

– Más tarde. Tengo que ocuparme de unos asuntos…

– Mejor ahora. -Luego se dirigió a la chica: -Vete a la cama, Heather. Tu padre y yo hablaremos contigo a primera hora de la mañana.

– ¿Y a ti qué más te da? -quiso gritar Heather. -Tú odias a Daisy. Pero sabía que eso no importaba ahora. Sheba era tan dura como su padre a la hora de seguir las reglas del circo.

Su padre la soltó, y Heather huyó. Mientras corría a la seguridad de su cama, supo que había perdido la última oportunidad de conseguir que su padre la amara.

CAPÍTULO 19