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Sheba respondió alzando las caderas para recibirlo y su gutural susurro resonó en los oídos de Brady.

– Ya puedes tomártelo con calma, bastardo, o te mataré.

Él se rio.

– Eres desquiciante, Sheba Quest. Realmente desquiciante.

Ella cerró el puño y lo golpeó en la espalda. Se desató una batalla por el poder y, por un mudo acuerdo, se decidió que el primero que alcanzara el éxtasis sería el perdedor. Una trapecista y un equilibrista; la flexibilidad de sus cuerpos otorgaba infinitas posibilidades a su manera de hacer el amor. Celebraban la necesidad de conquistar, pero cada castigo erótico que se infligían el uno al otro también se lo infligían a sí mismos. Esto los obligó a utilizar sus afiladas lenguas como armas de batalla. Ella dijo:

– Sólo me acuesto contigo para que no lastimes a Heather.

– Ha sido lo único que se me ha ocurrido para que te tranquilizaras.

– Mentirosa. Necesitabas un semental. Todos saben cuánto necesita a sus sementales la pequeña Sheba.

– No eres un semental. Sólo un caso de caridad.

– ¿Es Alex el único al que quieres como semental? Lástima que él no te quiera a ti.

– Te odio.

Y así siguieron, hiriéndose y castigándose hasta que, de repente, dejaron de decirse aquellas crueles palabras. Se unieron, escalando juntos hasta la cima y, en un momento arrebatador, se olvidaron de todo.

Después Sheba intentó salir apresuradamente de la cama, pero Brady no la dejó.

– Quédate aquí, nena. Sólo un momento.

Por una vez, la dueña del circo contuvo su afilada lengua y se giró en los brazos de Brady. Los mechones de su pelo rojizo se esparcieron como cintas relucientes sobre el pecho masculino.

– Daisy será ahora una heroína. -Brady sintió cómo se estremecía al decirlo.

– Se lo merece.

– La odio. Le odio.

– No tiene nada que ver contigo.

– ¡No es verdad! No sabes nada. Las cosas iban bien cuando todos pensaban que Daisy era una ladrona. Pero ahora no. Ahora Alex pensará que ha ganado.

– Olvídalo, nena. Simplemente olvídalo.

– No me das miedo -le dijo desafiante.

– Lo sé. Lo sé.

– No me da miedo nada.

Él la besó en la sien pero no la llamó mentirosa. Sabía que Sheba tenía miedo. Por alguna razón, la reina de la pista central ya no se reconocía a sí misma y eso la asustaba muchísimo.

Alex se quedó mirando el oscuro escaparate de la tienda de postales de Hallmark. Tres puertas más abajo brillaban las luces de una pequeña pizzería mientras, junto a ellos, parpadeaba el letrero de neón de una tintorería cerrada. Hacía mucho tiempo que había dejado de pensar en el robo de Daisy, pero lo cierto era que nunca había creído que fuera inocente. Tenía que asumir la terrible injusticia que había cometido con ella.

¿Por qué no la había creído? Siempre se había enorgullecido de ser imparcial, pero había estado tan seguro de que la desesperación de Daisy la había conducido a robar el dinero que no le había ofrecido el beneficio de la duda. Debería haber sabido que el fuerte código moral de su esposa jamás le permitiría robar.

Ella se removió inquieta a su lado.

– ¿Podemos irnos ya?

Daisy no había querido acompañarlo a dar un paseo nocturno por la alameda desierta, cerca de donde se había instalado el recinto del circo, pero Alex no estaba preparado para volver a los estrechos confines de la caravana y había insistido en ello. Dio la espalda al despliegue de postales y figuras de ángeles y sintió la tensión y la mirada preocupada de Daisy.

Los rizos negros enmarcaban las mejillas de su esposa y su boca parecía tierna y delicada. Sintió temor ante aquella dulce cabeza hueca que poseía una voluntad tan firme como la suya. Le rozó la mejilla con el pulgar.

– ¿Por qué no me contaste que lo hizo Heather? -Podemos hablar de eso más tarde -dijo Daisy mirando impacientemente hacia la carretera y alejándose de él de nuevo.

– ¡Espera! -la cogió suavemente por los hombros y ella se removió como un niño impaciente.

– ¡Suéltame! Nunca deberías haber dejado que Brady se la llevara así. ¿Has visto lo enfadado que estaba? Si le hace daño…

– Espero que le caliente el trasero.

– ¿Cómo puedes decir eso? Sólo tiene dieciséis años y ha sido un verano horrible para ella.

– Tampoco ha sido demasiado bueno para ti. ¿Cómo puedes defenderla después de lo que te hizo?

– Eso no importa. La experiencia me curtió, algo que ciertamente necesitaba. ¿Por qué has dejado que se la llevara estando tan enfadado? Prácticamente le has dado permiso para que le dé una zurra. No esperaba eso de ti, Alex, de verdad. ¡Ahora!, por favor, te lo ruego. Volvamos y deja que me asegure de que está bien.

«Te lo ruego.» Daisy repetía eso todo el tiempo. Las mismas palabras que habían envenenado el espíritu de Sheba Quest dos años antes, cuando le había implorado que la amase, salían de la boca de Daisy continuamente. Por la mañana, con el cepillo de dientes en la boca le gritaba: «¡Café! ¡Por favor, te lo ruego!» La noche anterior le había susurrado suave y tímidamente al oído: «Hazme el amor, Alex. Te lo ruego.» Como si tuviese que rogárselo.

Pero implorar no amenazaba el orgullo de Daisy. Era sólo su manera de expresarse y, si en algún momento fuera lo suficientemente tonto para sugerirle que suplicar podía ser humillante, Daisy le lanzaría esa mirada compasiva que él había llegado a conocer tan bien y le diría que dejara de ser tan estirado.

Alex le acarició el labio inferior con el índice.

– ¿Te haces una idea de lo mucho que lo siento?

Daisy se removió con impaciencia bajo el roce de su mano.

– ¡Ya te he perdonado! ¡Ahora, vámonos!

Alex quiso besarla y sacudirla al mismo tiempo.

– ¿No lo entiendes? Por culpa de Heather todo el circo pensó que eras una ladrona. Ni siquiera yo te creí.

– Eso es porque eres pesimista por naturaleza. Ahora, basta ya, Alex. Entiendo que te remuerda la conciencia, pero tendrás que dejarlo para otro momento. Si Brady…

– No hará nada. Está cabreado, pero no le pondrá un dedo encima.

– ¿Cómo puedes estar seguro?

– Brady grita mucho, pero no es violento, en especial con su hija.

– Siempre hay una primera vez.

– Le oí hablando con Sheba un poco antes de que saliéramos. Ella protegerá a Heather como una leona a sus cachorros.

– Que Heather vaya a ser protegida por Lizzie Borden no me tranquiliza -dijo Daisy mencionando a una famosa parricida.

– Sheba no es cruel con todo el mundo.

– Me odia.

– Habría odiado a cualquiera que se hubiera casado conmigo.

– Tal vez. Pero no de la manera que me odia a mí. Al principio no era tan malo, pero ahora…

– Era más fácil cuando te odiaba todo el mundo. -Le frotó el hombro. -Siento que te hayas visto envuelta en esta batalla que tiene Sheba con su orgullo. Siempre ha poseído talento, incluso de niña, y por ese motivo han sido demasiado indulgentes con ella. Su padre la hacía trabajar duro, pero también alimentó su ego, y Sheba creció pensando que era perfecta. No puede aceptar que tiene debilidades como todo el mundo, así que siempre les echa la culpa de todo a los demás.

– Supongo que no es fácil enfrentarse a tus propios defectos.

– Oh, no. No comiences a sentir pena por ella. No bajes la guardia, ¿me oyes?

– Pero yo no le he hecho nada.

– Te has casado conmigo.

Daisy frunció el ceño.

– ¿Qué fue lo que sucedió entre vosotros?

– Ella creía que estaba enamorada de mí. Pero no lo estaba, sólo amaba mi linaje, aunque todavía no se ha dado cuenta. Tuvimos una escena muy desagradable y perdió los nervios. Cualquier otra mujer lo habría olvidado, pero Sheba no. Es demasiado arrogante para pensar que es culpa suya, por lo tanto la culpa es mía. Nuestro matrimonio fue un enorme golpe para su orgullo, pero mientras estuviste en desgracia, resultó llevadero para ella. No sé cómo reaccionará ahora.