– Mal, supongo.
– Sheba y yo nos conocemos bastante bien. Podía vivir con el pasado mientras me veía como un ser desgraciado, pero ahora no. Querrá castigarme por ser feliz y sólo tengo una debilidad. -La miró.
– ¿Yo? ¿Yo soy tu debilidad?
– Si te hace daño a ti, me lo hace a mí. Por eso quiero que tengas cuidado.
– Me parece una pérdida de tiempo malgastar toda esa energía intentando convencer a todo el mundo de que uno es mejor que nadie. No puedo comprenderlo.
– Claro que no puedes. Te encanta señalar tus defectos a todo aquel que quiera escucharte.
Daisy debió encontrar divertida la exasperación de Alex porque sonrió.
– De cualquier manera acabarían descubriéndolos por sí solos en cuanto pasaran el tiempo suficiente conmigo. Sólo les evito el esfuerzo.
– Lo único que descubrirían es que eres una de las personas más decentes que conozco.
Una expresión muy parecida a la culpa asomó en el rostro de Daisy, aunque Alex no podía imaginar de que se sentía culpable. De repente, la joven volvió a mostrar su preocupación.
– ¿Estás seguro de que a Heather no le pasará nada?
– No he dicho eso. Te aseguro que Brady la castigará.
– Dado que soy la persona agraviada, debería decidir yo el castigo.
– Brady no lo verá de ese modo, y Sheba tampoco.
– ¡Sheba! ¡Qué hipócrita! Le encantaba creer que yo era una ladrona. ¿Cómo puede castigar a Heather por concederle su más anhelado deseo?
– Sheba estaba encantada porque pensaba que era verdad. Pero tiene un fuerte sentido de la justicia. Las gentes del circo llevan una vida itinerante y no hay nada que odien más que a un ladrón. Cuando Heather cometió el robo y mintió, violó todo en lo que Sheba cree.
– Aun así, creo que es una hipócrita y no harás que cambie de idea. Si no haces algo con respecto a Brady, lo haré yo.
– No, tú no harás nada.
Daisy abrió la boca para discutir con él, pero antes de que pudiera emitir una palabra, Alex se inclinó y la besó. La joven resistió dos segundos intentando demostrar que no era una chica fácil, pero enseguida se rindió.
Santo Dios, a Alex le encantaba besarla, le encantaba sentir cómo se fusionaba con él, la presión suave de sus pechos. ¿Qué había hecho para merecer a esa mujer? Era su ángel personal.
Lo atravesó una oleada de frustración porque ella no exigía la venganza que merecía. Pero vengarse no formaba parte de la naturaleza de Daisy, por eso era tan vulnerable.
Se apartó ligeramente para hablar y tuvo que obligarse a decir aquellas palabras tan inusuales en él.
– Lo siento, cariño. Siento no haberte creído.
– No importa -repuso ella.
Alex supo lo que ella quería decir y sintió como si su corazón explotara.
CAPÍTULO 20
Sheba estaba bajo las sombras del toldo, ocultando su sufrimiento, mientras observaba reírse a Alex y Daisy frente a su caravana. Él quitó una paja del pelo a su esposa y luego le rozó la cara; un gesto tan íntimo que fue como si le hubiera acariciado el pecho.
La amargura se extendió por su cuerpo como una vid corrupta, despojándola de todo lo demás. Habían pasado cuatro días desde que Heather había confesado la verdad y Sheba no podía soportar lo feliz que parecía la pareja. Sentía como si fuera a su costa, y Alex no merecía ser feliz.
– Olvídalo, Sheba.
Se giró y vio a Brady caminando hacia ella. Él llevaba pavoneándose como un gallito por el recinto del circo desde la noche que habían pasado juntos. Sheba casi esperaba que se pusiera las manos bajo las axilas y cacarease. Era típico de Brady Pepper creer que porque se hubiera metido en su cama una vez tenía derecho de entrometerse en su vida.
– Déjame en paz.
– No es eso lo que quieres que haga.
Sheba odió la mirada de lástima que él le lanzó.
– No sabes nada.
– Déjalo, Sheba. Alex forma parte de tu pasado. Será mejor que lo olvides.
– Suponía que dirías algo así. Eres todo un experto en olvidar, ¿no es cierto?
– Si estás hablando de Heather…
– Ya sabes que sí.
Digirió la mirada hacia el camión de los elefantes donde Heather empujaba una carretilla cargada de estiércol. Ahora era ella quien se encargaba de esa tarea, la misma que había realizado Daisy. Sheba lo consideraba un castigo apropiado, pero Brady no estaba satisfecho. Lo había arreglado todo para enviar a Heather con su cuñada Terry en cuanto ésta regresara de visitar a su madre en Wichita.
– Heather es cosa mía. En lugar de preocuparte por ella, por qué no piensas en lo bien que lo pasamos juntos la otra noche.
– ¿Bien? Pero ¡si casi nos matamos el uno al otro!
– Sí. ¿No estuvo genial?
Brady sonrió ampliamente ante el recuerdo y Sheba sintió un escalofrío traidor en su interior. Había estado bien: la excitación, la emoción de alcanzar el clímax junto a alguien con tan mal genio y tan exigente como ella. Se moría por acostarse con él otra vez, así que se puso una mano en la cadera y adelantó el labio inferior.
– Preferiría que me abrieran en canal.
– Pues nena, yo siempre tengo el taladro listo para el trabajo.
Ella casi sonrió. Entonces vio que Alex se inclinaba para besar a Daisy en la punta de la nariz. Cómo lo odiaba. Cómo los odiaba a los dos. A ella nunca la había mirado así.
– Mantente alejado de mí, Brady. -Lo empujó al pasar por su lado y se alejó con paso airado.
Tres días después, Daisy se dirigía a la casa de fieras con una bolsa de golosinas que había comprado cuando había pasado con Alex por la tienda de comestibles. Tater iba detrás y los dos se detuvieron para admirar la voltereta que Peter Tolea, de tres años, estaba haciendo frente a su madre, Elena. La rumana, esposa del acróbata, sólo hablaba un poco de inglés, así que Daisy y ella se saludaron en italiano, un idioma que ambas dominaban a la perfección.
Tras hablar con Elena unos minutos, Daisy siguió caminando hacia la casa de fieras, donde pasó unos pocos minutos con Sinjun.
«Díselo.»
«Lo haré.»
«Díselo ya.»
«Pronto.»
Le dio la espalda escapando de la reprimenda que creía haber visto en los ojos de Sinjun. Durante los últimos días Alex había sido tan feliz como un niño y ella no había sido capaz de aguarle la fiesta. Sabía que a él le costaría acostumbrarse a la idea de un bebé, así que era importante elegir el momento adecuado para darle la noticia.
Cogió las ciruelas que había comprado para Glenna y entró en la carpa. Pero la jaula de la gorila había desaparecido.
Salió con rapidez. Tater abandonó el heno y trotó felizmente tras ella mientras se acercaba al camión que transportaba a las fieras. Troy estaba echando una siesta dentro de la cabina y ella se inclinó sobre la ventanilla abierta para sacudirle el brazo.
– ¿Dónde está Glenna?
Troy se despertó sobresaltado y su desgastado Stetson chocó contra el espejo retrovisor cuando se enderezó.
– ¿Eh?
– ¡Glenna! No está en su jaula.
Él bostezó.
– Vinieron esta mañana por ella.
– ¿Quien?
– Un tío. Sheba estaba con él. Cargó la jaula de Glenna en una camioneta y se piró.
Aturdida, Daisy soltó al muchacho y dio un paso atrás. ¿Qué había tramado Sheba?
Daisy encontró a Alex revisando la lona del circo por si había desgarrones.