– ¡Vuelve aquí inmediatamente! ¿Me has oído?
– Señor, voy a tener que llamar a seguridad. Si tiene algún problema…
– Venga, llámelos. Esa chica es mi hija y quiero que vuelva.
Heather casi había llegado a la puerta del avión cuando Brady la alcanzó.
– No pienso tolerar que ninguna hija mía me hable así. ¡Ni hablar! -La apartó a un lado con intención de decirle lo que se merecía. -Si crees que adoptando esa actitud conseguirás volver con tu tía Terry, estás muy equivocada. Mueve el culo, nos volvemos al circo, jovencita, y espero que te guste limpiar porque es lo que vas a hacer de camino a Florida.
Ella se lo quedó mirando con los ojos tan abiertos que parecían caramelos azules de menta.
– ¿Me quedo?
– Por supuesto que te quedas. Y no quiero volverte a oír hablar así. -Se le quebró la voz. -Soy tu padre, y si se te ocurre no quererme de la misma manera que yo te quiero, te arrepentirás.
A continuación, Brady la abrazó y ella le devolvió el abrazo mientras los pasajeros que intentaban subir al avión los empujaban con sus bolsas y carritos, pero a ninguno de los dos pareció importarle. Brady siguió abrazando con fuerza a esa hija que amaba con locura y de la que no pensaba separarse nunca.
La noche del lunes sólo hubo una función, así que Alex invitó a Daisy a cenar fuera. La suave música flotaba en el comedor en penumbra de un lujoso restaurante en el centro de Indianápolis, donde la pareja tomó asiento en un reservado de la esquina.
Ahora que ya no estaba preocupada por Glenna, Daisy se sentía como si le hubieran quitado un peso de encima. También había contribuido a su bienestar que Brady hubiera regresado del aeropuerto con Heather. El equilibrista no se había mostrado demasiado comunicativo al respecto, más bien se había comportado como un puerco espín cuando Daisy le había preguntado qué había sucedido, pero fue evidente que mantuvo a su hija pegada a él durante casi todo el día. Ésta no había estado tan feliz en todo el verano.
De todas maneras, Daisy consideraba las últimas dos semanas las mejores de su vida. Alex había sido tan tierno y cariñoso con ella que apenas parecía el mismo hombre. Estaba decidida a contarle lo del bebé esa noche, aunque aún no sabía cómo.
Alex sonrió; estaba tan guapo que el corazón de Daisy hizo una pirueta. A los hombres corpulentos no solía sentarles bien el traje, pero él era, definitivamente, una excepción.
– Estás preciosa esta noche.
– Pensé que ya no sabría cómo arreglarme. -Por una vez no se vio impulsada a decirle que su madre habría estado guapísima, tal vez porque a Daisy ya no le importaba su apariencia tanto como antes. Se había pasado tanto tiempo en vaqueros, coleta y con la cara lavada que esa noche se sentía muy sofisticada.
– Te aseguro que estás estupenda.
Ella sonrió. Para salir a cenar se había puesto la única ropa de vestir que tenía: un jersey de seda color hueso y una minifalda a juego. Había utilizado como cinturón una larga bufanda dorada y se la había enrollado dos veces a la cintura dejando colgar los flecos de los extremos. Las únicas joyas que llevaba puestas eran la alianza y unos discretos pendientes de oro. Como no había querido malgastar el dinero en ir a la peluquería, tenía el pelo más largo que nunca y, tras tantas semanas de llevarlo recogido, sentía el sensual roce en el cuello y en los hombros.
El camarero dejó dos ensaladas ante ellos, cada una con corazones de alcachofa, vainas de guisante y pepino, regadas con salsa de frambuesa y sazonadas con queso rallado.
En cuanto los dejó solos, Daisy susurró:
– Tal vez deberíamos haber pedido la ensalada de la casa, esto parece demasiado caro.
Alex pareció divertirse con su preocupación.
– Incluso los más humildes tenemos derecho a vivir la vida de vez en cuando.
– Lo sé, pero…
– No te preocupes por eso, cariño. Podemos permitírnoslo.
Daisy decidió para sus adentros que las siguientes semanas haría comidas baratas para compensar el gasto. Aunque Alex no hablaba jamás de dinero, ella no creía que un profesor universitario ganara demasiado.
– ¿No quieres que te sirva vino?
– No, así está bien. -Al beber un sorbo de agua con gas, miró el vino que brillaba en la copa de Alex. Había pedido una de las botellas más caras de la carta y a ella le habría encantado probarlo, pero no pensaba hacer nada peligroso para el bebé.
No deberían tirar el dinero en una cena tan cara con un bebé en camino. Tan pronto como terminara la gira, buscaría un trabajo y trabajaría hasta que llegara el momento del parto, así podría ayudar con los gastos extra. Cuatro meses antes no se le hubiera pasado por la cabeza tal cosa, pero ahora la idea de trabajar duro no le preocupaba. Pensó que le gustaba mucho la persona en la que se había convertido.
– Come. Me encanta verte meter el tenedor en la boca. -La voz de Alex se había vuelto ronca y manifiestamente seductora. -Me recuerda a todas esas otras cosas que haces con ella.
Daisy se ruborizó y volvió a concentrarse en la ensalada, pero sentía los ojos de Alex clavados en ella con cada bocado que daba. Un montón de imágenes eróticas comenzó a desfilar por su mente.
– ¡Deja de hacer eso! -Soltó el tenedor con exasperación.
Él acarició el tallo de la copa con aquellos dedos largos y elegantes, luego deslizó el pulgar por el borde.
– ¿Que deje de que hacer qué?
– ¡Deja de seducirme!
– Pensaba que te gustaba que te sedujera.
– No cuando me he arreglado para cenar en un restaurante.
– Entiendo. Ya veo que no llevas sujetador. ¿Llevas bragas?
– Por supuesto.
– ¿Algo más?
– No. Con las sandalias no uso pantis.
– Bien. Pues vas a hacer lo siguiente: levántate y ve al baño. Quítate las bragas y mételas en el bolso. Luego vuelve aquí.
El calor se extendió por los lugares más secretos del cuerpo de Daisy.
– ¡No pienso hacer eso!
– ¿Sabes qué pasó la última vez que un Petroff desafió a un Romanov?
– No, y no sé si quiero saberlo.
– Perdió la cabeza. Literalmente.
– Entiendo.
– Pues te doy diez segundos.
Aunque mantenía una expresión desaprobadora, a Daisy se le había disparado el pulso ante la idea.
– ¿Es una orden?
– Apuesta tu dulce trasero a que sí.
Aquellas palabras fueron como una caricia erótica que casi la hizo disolverse, pero logró apretar los labios y levantarse de la mesa con aparente renuencia.
– Señor, es usted un tirano y un déspota.
Salió del comedor con la ronca risa de Alex resonando en sus oídos.
Cuando regresó cinco minutos después, se acercó apresuradamente al reservado. Si bien las luces eran tenues, estaba segura de que todos podían darse cuenta de que estaba desnuda bajo la delgada tela de seda. Alex la estudió con atención mientras se acercaba. Había tal arrogancia en su postura que no cabía duda de que era un Romanov de los pies a la cabeza.
Cuando Daisy se acomodó a su lado, él le pasó un brazo por los hombros y le deslizó un dedo por la clavícula.
– Pensaba decirte que abrieras el bolso y me mostraras tu ropa interior para estar seguro de que habías seguido mis órdenes, pero me parece que no será necesario.
– ¿Se nota? -Miró a los lados, alarmada. -Ahora todos saben que estoy desnuda debajo de la ropa y es culpa tuya. Nunca debí dejar que me convencieras de esto.
Alex le deslizó la mano bajo el pelo y la cogió por la nuca.
– Tal y como yo lo recuerdo, no tenías otra opción. Fue una orden real, ¿recuerdas?
Él había aprovechado todas las oportunidades que se le presentaban para tomarle el pelo desde el domingo, y ella disfrutaba de cada minuto. Le lanzó una mirada reprobatoria.
– Yo no obedezco órdenes reales.