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Él se acercó más y le rozó la oreja con los labios.

– Cariño, con un chasquido de dedos puedo hacer que te encierren en una mazmorra. ¿Seguro que no quieres reconsiderar tu postura?

La llegada del camarero la salvó de responder. Había retirado los restos de la ensalada mientras ella estaba en el baño y ahora les sirvió el plato principal. Alex había pedido salmón ahumado y ella pasta. Los linguini olían a sabrosas hierbas y a los camarones que se escondían entre las verduras. Mientras probaba el delicado manjar, Daisy intentó olvidarse de que estaba medio desnuda, pero Alex no la dejó.

– ¿Daisy?

– ¿Mmm?

– No quiero ponerte nerviosa, pero…

Él levantó la servilleta que cubría el pan caliente y estudió atentamente la cesta y su contenido. Ya que todos los panecillos eran iguales, ella no entendía por qué tardaba tanto tiempo en elegir uno como no fuera para ponerla nerviosa.

– ¿Qué? -lo azuzó. -¿Qué decías?

Alex partió el pan y lo untó lentamente de mantequilla.

– Si no me satisfaces por completo esta noche… -la miró, y sus ojos estaban llenos de fingido pesar- me temo que tendré que cederte a mis hombres.

– ¡Qué! -Daisy casi se levantó de un salto de los cojines.

– Es sólo para inspirarte. -Con una sonrisa diabólica, hundió con firmeza los dientes blancos en el trozo de pan.

¿Quién podía haber imaginado que ese hombre tan complicado sería un amante tan imaginativo? Pensó que ese pícaro juego podían jugarlo los dos y sonrió con dulzura.

– Entiendo, Su Alteza Imperial. Le aseguro que estoy demasiado aterrada por su real presencia para osar decepcionarle.

Alex arqueó una ceja diabólicamente mientras pinchaba un camarón del plato de Daisy y se lo acercaba a los labios de la joven.

– Abre la boquita, cariño.

Daisy se tomó su tiempo para comer el camarón y, mientras, deslizó los dedos por el interior de la pantorrilla de Alex, agradeciendo la intimidad y la escasa luz del reservado que los resguardaban de miradas curiosas. Tuvo la satisfacción de sentir cómo a su marido se le tensaban los músculos de la pierna y supo que él no estaba tan relajado como parecía.

– ¿Tienes las piernas cruzadas? -preguntó él.

– Sí.

– Sepáralas. -Ella casi soltó un grito ahogado. -Y mantenías así el resto de la velada.

La comida se volvió insípida de repente y todo en lo que Daisy pudo pensar fue en salir del restaurante y meterse en la cama con él.

Separó las piernas unos centímetros. Él le tocó la rodilla bajo el mantel, y su voz ya no sonó tan segura como antes.

– Muy bien. Sabes acatar las órdenes. -Introdujo la mano debajo de la falda y la deslizó hacia arriba por el interior del muslo.

Tal audacia la dejó sin aliento y, en ese momento, se sintió como una esclava bajo el yugo del zar. La fantasía la hizo sentirse débil de deseo.

Aunque ninguno de los dos mostró señales de apresuramiento, acabaron de comer en un tiempo récord y rehusaron tomar el café y el postre. Pronto estuvieron de regreso en el circo.

Alex no le dirigió la palabra hasta que estuvieron dentro de la caravana, donde lanzó las llaves en el mostrador antes de volverse hacia ella.

– ¿Has tenido suficiente diversión por esta noche, cariño?

El roce de la seda en su piel desnuda y su flirteo público habían hecho que Daisy abandonara sus inhibiciones, pero aun así se sintió un poco tonta cuando bajó la vista e intentó mostrarse sumisa.

– Lo que Su Alteza Imperial desee.

Él sonrió.

– Entonces desnúdame.

Ella le quitó la chaqueta y la corbata, y le desabotonó la camisa al mismo tiempo que presionaba la boca contra el torso que dejaba al descubierto. El roce sedoso del vello cosquilleó en sus labios poniéndole la piel de gallina. Lamió una de las oscuras y duras tetillas. Sintió los dedos torpes al forcejear con la hebilla del cinturón y, cuando por fin consiguió abrirlo, comenzó a bajarle la cremallera.

– Desnúdate tú primero -dijo él, -pero antes dame la bufanda.

A Daisy le temblaron las manos cuando se desató la bufanda dorada de la cintura y se la dio. Se quitó los pendientes y se deshizo de las sandalias. Con un grácil movimiento se pasó el jersey por la cabeza mostrando los pechos. La cinturilla de la falda cedió bajo los dedos y la frágil seda se le deslizó por las caderas. La apartó con el pie y se quedó desnuda ante él.

Alex la acarició con la mano, desde el hombro a la cadera, desde las costillas a los muslos, como si estuviera marcando una propiedad. El gesto licuó la sangre de Daisy en sus venas, enardeciéndola hasta tal punto que apenas era capaz de mantenerse en pie. Satisfecho, él cogió la bufanda y dejó que el extremo se deslizara lentamente entre sus dedos.

Había una amenaza erótica en el gesto y Daisy no pudo apartar la vista de la tela. ¿Qué iba a hacer Alex con ella?

Contuvo el aliento cuando él le pasó la bufanda alrededor del cuello dejando que los extremos colgasen sobre sus pechos. Tomando los flecos en las manos, Alex levantó primero un extremo y luego el otro, deslizándolos de un lado a otro. Los dorados hilos de seda le rozaron los pezones con suavidad. La sensación, cálida y pesada, se extendió por el vientre de Daisy.

A Alex se le oscurecieron los ojos hasta adquirir el color del brandy.

– ¿A quién perteneces?

– A ti -susurró ella.

Él asintió con la cabeza.

– ¿Ves qué sencillo es?

Terminó de desnudarlo. Entonces, Daisy deslizó las palmas de las manos por los muslos de Alex, sintiendo las duras texturas de la piel y los músculos. Estaba majestuosamente excitado. Ella sintió los pechos pesados y consideró que tenía más que suficiente, pero siguió con la fantasía.

– ¿Qué quieres ahora de mí? -preguntó.

Él apretó los dientes y emitió un profundo sonido inarticulado mientras la empujaba por los hombros hacia abajo.

– Esto.

A Daisy se le paró el corazón. Acató su orden silenciosa y lo amó como quería. El tiempo perdió su significado. A pesar de estar en aquella postura sumisa, nunca se había sentido tan poderosa. Alex le enredó los dedos en el pelo, mostrándole sin palabras lo que necesitaba. Los ahogados gemidos de placer de Alex incrementaron la excitación de Daisy.

La joven sintió la rígida tensión de los músculos bajo las palmas de las manos y la película de sudor que cubría aquella dura piel masculina. En ese momento Alex la puso bruscamente en pie y la tendió en la cama.

Retrocedió un paso para mirarla a los ojos.

– Ábrete para mí y dejaré que me sirvas otra vez.

Oh, Santo Dios. Alex debió de sentir el estremecimiento que la recorrió porque sus ojos se entornaron con satisfacción. Daisy separó las piernas.

– No tan rápido. -Él le atrapó el lóbulo de la oreja entre los dientes y lo mordisqueó con suavidad. -Primero tengo que castigarte.

– ¿Castigarme? -Ella se quedó rígida pensando en los látigos guardados bajo la cama, justo debajo de sus caderas.

– Me has excitado, pero no has terminado lo que empezaste.

– Eso fue porque tú…

– Basta. -Alex se levantó de nuevo y la miró con toda la noble arrogancia heredada de sus antepasados Romanov.

Daisy se relajó. Él jamás le haría daño.

– Cuando quiera tu opinión, mujer, te la pediré. Hasta entonces, será mejor que controles la lengua. Mis cosacos llevan demasiado tiempo sin una mujer.

Ella le lanzó una mirada afilada.

A Alex le tembló la comisura de los labios, pero no sonrió. Se limitó a inclinar la cabeza y rozarle con los labios el interior del muslo.

– Sólo hay un castigo adecuado para una esclava que no sabe guardar silencio. Una severa y cruel reprimenda.

El techo dio vueltas mientras él cumplía su amenaza y la llevaba a un reino de ardiente placer, a un éxtasis tan antiguo como el tiempo. El cuerpo de Alex se volvió resbaladizo por el sudor y tensó los músculos de los hombros bajo las manos de Daisy, pero no se detuvo. Sólo al final, cuando ella le rogó que forzara la dulce penetración que necesitaba con tanta desesperación.