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Metió la mano en el bolsillo de los vaqueros y tomó una decisión. No había razón para seguir postergándolo más. De todas maneras era imposible seguir viviendo así. ¿Para qué seguir atormentándose? Se lo diría esa tarde. Eran necesarios dos para hacer un bebé y ya iba siendo hora de que ambos aceptaran sus responsabilidades.

En cuanto acabó la función de la tarde fue a buscarlo, pero la camioneta no estaba. Daisy estaba cada vez más nerviosa. Después de haber estado posponiendo esa conversación tanto tiempo, lo único que deseaba era quitarse ese peso de encima.

Deberían haberse visto a la hora de la cena, pero el inspector de sanidad retuvo a Alex hasta que dio comienzo la última función. Cuando se dirigió a la puerta trasera del circo antes de la actuación, Daisy lo vio junto a Misha. Llevaba uno de los látigos enrollado al hombro y el extremo le colgaba sobre el pecho. La brisa le removía el pelo oscuro y la tenue luz arrojaba profundas sombras a sus rasgos.

No había nadie con él. Era como si hubiera dibujado un círculo invisible a su alrededor, un círculo que mantenía a todo el mundo fuera, incluyéndola a ella. En especial a ella. Las lentejuelas rojas del cinturón de Alex brillaron cuando pasó la mano sobre el flanco del animal. La frustración de Daisy fue en aumento. ¿Por qué tenía que ser tan testarudo?

Mientras el público reía por las travesuras de los payasos, Daisy se acercó a él. Misha resopló y echó la cabeza hacia atrás. Daisy miró a la bestia con aprensión. No importaban las veces que representara el número, nunca se acostumbraría a él, incluyendo el aterrador momento en el que Alex la montaba delante de él en la silla.

La joven se detuvo delante del caballo.

– ¿Crees que alguien podría sustituirte después de la función? Tengo que hablar contigo.

Alex le respondió sin mirarla mientras ajustaba la cincha de la silla de montar.

– Tendrás que esperar. Tengo mucho que hacer.

Pero a Daisy se le había agotado la paciencia. Si no resolvían sus problemas ya, no serían capaces de sacar ese matrimonio adelante.

– No puedo esperar.

Las holgadas mangas de la camisa blanca de Alex se hincharon cuando se incorporó.

– Mira, Daisy, si es por lo de la bombona, ya te he dicho que lo siento. Sé que no ha sido fácil vivir conmigo estos últimos días, pero he tenido una semana muy dura.

– Has tenido muchas semanas duras, pero nunca lo has pagado conmigo.

– ¿Cuántas veces tengo que disculparme?

– No quiero tus disculpas. Lo único que quiero es hablar de los motivos por los que te distancias de mí.

– Déjalo estar, ¿vale?

– No puedo. -El número de los payasos llegaba a su fin. Daisy sabía que ése no era el mejor momento para hablar, pero ahora que había comenzado, no podía parar. -Nos estamos haciendo daño el uno al otro. Tenemos un futuro juntos y necesitamos hablar de ello. -Le acarició el brazo esperando que se apartara y, como no lo hizo, Daisy se sintió confiada para seguir. -Estos meses han sido los mejores de mi vida. Me has ayudado a encontrarme a mí misma, y espero haberte ayudado a hacer lo mismo. -Le puso las manos en el pecho y sintió el latido del corazón de Alex a través de la tela de seda. La flor de papel que llevaba entre los pechos crujió y el extremo del látigo rozó la mano de Daisy. -¿No sientes cómo nos envuelve el amor? ¿No estamos mejor juntos que separados? Somos perfectos el uno para el otro -sin haberlo planeado siquiera, las palabras que había estado conteniendo tanto tiempo surgieron de su boca, -y también lo seremos para el bebé que estamos esperando.

Durante un segundo no pasó nada. Y luego todo cambió. Los tendones del cuello de Alex se tensaron y los ojos se le oscurecieron mientras la miraba con algo que parecía terror. Después retorció la cara en una máscara de furia.

Daisy apartó las manos de su pecho. El instinto la impulsó a escapar, pero ya había hecho lo más difícil y estaba dispuesta a mantenerse firme.

– Alex, no he buscado este bebé. Ni siquiera sé cómo ocurrió. Pero no voy a mentirte y a decir que lo siento.

– Confié en ti -dijo el sin apenas mover los labios.

– En ningún momento he traicionado tu confianza.

Alex cerró los puños y tragó compulsivamente. Por un momento, Daisy pensó que iba a golpearla.

– ¿De cuánto estás?

– De unos dos meses y medio.

– ¿Cuánto hace que lo sabes?

– Más o menos un mes.

– ¿Lo sabes desde hace un mes y no me has dicho nada?

– Me daba miedo decírtelo.

La alegre música de los payasos fue en aumento señalando el final del número. Alex y ella eran los siguientes. Digger, que era el encargado de enviar a Misha a la pista en el punto álgido de la actuación, se acercó para hacerse cargo del caballo.

Alex agarró a Daisy del brazo y la alejó de los demás.

– No vas a tener ningún bebé. ¿Entiendes lo que te digo?

– No, no lo entiendo.

– Mañana por la mañana, en cuanto nos levantemos, tú y yo nos iremos. Y cuando volvamos, no existirá ningún bebé.

Ella lo miró conmocionada. Se le revolvió el estómago y tuvo que llevarse el puño a la boca. El público guardó silencio como siempre que Jack Daily comenzaba la dramática introducción de Alexi el Cosaco.

– Yyyy… ahora, el circo de los Hermanos Quest se enorgullece en presentar…

– ¿Quieres que aborte? -susurró Daisy.

– ¡No me mires como si fuera un monstruo! ¡No te atrevas a mirarme así! Te dije desde el principio lo que pensaba de ese tema. Te abrí mi corazón para que lo entendieras. Pero, como siempre, has decidido que sabes más que nadie. Aunque no tienes ni una pizca de cordura en tu maldito cuerpo, ¡decidiste que eres más lista que nadie!

– No me hables así.

– ¡Confié en ti! -Alex hizo una mueca cuando las primeras notas de la balalaica rompieron el silencio de la noche. Era la señal para entrar en la pista. -Creía que tomabas las pastillas, pero me has engañado.

Ella negó con la cabeza y se tragó la bilis que le subía por la garganta.

– No voy a deshacerme del bebé.

– ¡Por supuesto que sí! Harás lo que yo diga.

– Tú tampoco quieres. Sería algo horrible.

– No tan horrible como lo que tú has hecho.

– ¡Alex! -gritó uno de los payasos. -Es tu turno.

Cogió el látigo de su hombro.

– Nunca te lo perdonaré, Daisy. ¿Me oyes? Nunca. -Apartándose de ella, desapareció en dirección a la pista.

Daisy se quedó paralizada, embargada por una desesperación tan profunda y amarga que no podía respirar. Oh, Santo Dios, ¡qué tonta había sido! Había pensado que él la amaba, pero Alex había tenido razón todo el tiempo.

No sabía amar. Le había dicho que no podía hacerlo y ella se negó a creerle. Ahora tendría que pagar por ello.

Demasiado tarde recordó algo que había leído sobre los tigres: «Los machos de esta especie se desvinculan por completo de la vida familiar. No participan en la cría de los cachorros, ni siquiera los reconocen.»

Alex iba incluso más lejos. Quería aplastar esa brizna de vida que se había vuelto tan preciosa para ella. Quería destruirla antes de que pudiera llegar al mundo.

– ¡Espabila, Daisy! Te toca. -Madeline la agarró y la empujó hacia la puerta trasera del circo.

El foco la iluminó. Desorientada, levantó el brazo, intentando protegerse los ojos.

– … y ninguno de nosotros sabe cuánto le ha costado a esta joven entrar en la pista con su marido.