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– Tranquilo, Alex. Estamos tan preocupados por ella como tú.

– Te aconsejo -dijo Amelia- que le preguntes a ese empleado que la vio por última vez.

Alex había interrogado a Al Poner hasta la saciedad, y ya se había convencido de que el anciano no tenía nada más que decirle. Mientras Alex cometía la estupidez de ir a aquella tienda, Al había visto cómo Daisy se subía a un camión de dieciocho ruedas. Llevaba puestos los vaqueros y, en la mano, la pequeña maleta de Alex.

– No puedo creer que hiciera autoestop -dijo Max. -Podrían haberla asesinado.

Aquella angustiosa posibilidad había tenido a Alex en vilo durante tres días, pero una tarde Jack salió precipitadamente del vagón rojo para decirle que acababa de hablar con Daisy por teléfono. Al parecer había llamado para asegurarse de que los animales estaban bien.

Colgó sin mencionarlo a él en cuanto Jack intentó sonsacarle dónde se encontraba.

Alex maldijo las circunstancias que habían evitado que fuera él quien contestara al teléfono, luego recordó la media docena de llamadas que no habían tenido más respuesta que un chasquido al otro lado de la línea. Daisy había llamado hasta que fue otra persona la que respondió. No quería hablar con él.

Max se paseó de un lado a otro de la estancia.

– No puedo comprender por qué la policía no se lo toma más en serio.

– Porque desapareció voluntariamente.

– Pero podría haberle ocurrido cualquier cosa desde entonces. No es capaz de valerse por sí misma.

– Eso no es cierto. Daisy es inteligente y no le asusta el trabajo duro.

Max ignoró sus palabras. A pesar del incidente que había presenciado con Sinjun, todavía veía a su hija como una persona inútil y frívola.

– Tengo amigos en el FBI, ya va siendo hora de que hable con alguno de ellos.

– Centenares de testigos vieron lo que sucedió esa noche en la pista. La policía cree que tenía razones de sobra para desaparecer.

– Eso fue un accidente y, a pesar de todos sus defectos, Daisy no es vengativa. Nunca te guardaría rencor. No, Alex. Tiene que haber alguien más implicado, no dejaré que me mantengas al margen más tiempo. Hoy mismo me pondré en contacto con el FBI.

Alex no le había explicado a Max toda la verdad, y era eso lo que le había impulsado a ir allí ese día. Al no haberle puesto al corriente de todos los hechos, se estaba reservando una información que podría dar una pista a Max o a Amelia sobre el paradero de Daisy. No le gustaba tener que decir nada desagradable de sí mismo, pero su orgullo no era tan importante como la seguridad y el bienestar de su mujer y su hijo.

Cuando miró a su suegro se dio cuenta de que había envejecido considerablemente durante el último mes. Había perdido parte de la flema diplomática que le caracterizaba. Sus movimientos eran más lentos y su voz menos firme. A su manera -rígida y prejuiciosa, por lo que Alex había podido observar, -Max quería a Daisy y sufría por ella.

Alex miró por un momento el samovar de plata que había encontrado para Max en una galería de París. Había sido diseñado por Peter Cari Faberge para el zar Alejandro III y llevaba impresa el águila imperial rusa. El distribuidor le había dicho que databa de 1886, pero el detalle de la pieza hacía que Alex pensara que se acercaba más a 1890.

Contemplar el talento de Faberge era menos duro que pensar en lo que tenía que contarle a Max. Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y luego las sacó. Carraspeó.

– Daisy no sólo estaba molesta conmigo por lo que le hice con el látigo.

Max lo miró fijamente.

– ¿Qué?

– Está embarazada.

– Te lo dije -dijo Amelia desde el sofá. Max y Amelia intercambiaron una mirada que puso a Alex en guardia.

– Claro que me lo dijiste, cariño -dijo Max en tono cariñoso.

– Y supongo que la reacción de Alex al oír las buenas nuevas no fue demasiado agradable.

Amelia era irritante pero no estúpida. Aquellas palabras fueron como meter el dedo en la llaga.

– Me comporté mal con ella -admitió él.

Amelia miró a su marido con aire satisfecho.

– También te dije que ocurriría eso.

Alex trago saliva antes de obligarse a decir el resto.

– Le ordené que abortara.

Max apretó los labios.

– ¿Cómo te atreviste a decirle eso?

– Cualquier cosa que me digas ya me la he dicho yo mil veces.

– ¿Sigues pensando igual?

– Por supuesto que no -dijo Amelia. -Sólo hay que mirarle a la cara para darse cuenta. La culpa le pesa sobre los hombros. -Se levantó del sofá. -Voy a llegar tarde al masajista. Ya resolveréis esto vosotros solos. Felicidades, Max.

Alex percibió que había algo oculto en las últimas palabras de Amelia y en la sonrisita cómplice que intercambió con Max. Se la quedó mirando mientras abandonaba la estancia y supo que Max y ella le ocultaban algo.

– ¿Tiene razón Amelia? -inquirió Max. -¿Ya no piensas lo mismo?

– Tampoco lo pensaba cuando se lo dije a ella. Pero me dio la noticia de sopetón y la adrenalina me nubló la razón -estudió a Max. -Amelia no se ha sorprendido al oír que Daisy estaba embarazada a pesar de saber que tomaba la píldora. ¿Por qué?

Max se acercó a la vitrina de nogal y observó la colección de porcelana a través de las puertas de cristal.

– Lo esperábamos, eso es todo.

– ¡Estás mintiendo! Daisy me dijo que era Amelia quien compraba las pastillas. ¿Qué me estás ocultando?

– Nosotros… hicimos lo que creímos más conveniente.

Alex se quedó paralizado. Pensó en el pequeño bote de las píldoras de Daisy. Como si lo estuviera viendo en ese momento, recordó que no tenía precinto. En esta época de medicamentos precintados, aquellas píldoras no lo llevaban.

La presión que sentía desde que Daisy desapareció le oprimió el pecho. Una vez más había dudado de su esposa y, de nuevo, se había equivocado.

– Lo planeaste tú, ¿no? Igual que planeaste todo lo demás. Reemplazaste sus píldoras.

– No sé de qué me hablas.

– No quiero jugar al gato y al ratón. Dime la verdad, Max. Dímela ya.

El hombre pareció derrumbarse. Se le doblaron las rodillas y se hundió en la silla que tenía más cerca.

– ¿No lo entiendes? Era mi deber.

– ¿Tu deber? Debí suponer que lo verías así. No puedo creer que haya sido tan estúpido. Siempre he sabido lo obsesionado que estás con la historia de mi familia, pero nunca se me ocurrió que pudieras hacer algo así. -La amargura le revolvió el estómago. Desde el principio, Daisy y él no habían sido más que títeres de Max.

– ¿Y qué? Por Dios, deberías agradecérmelo. -Max se levantó de un salto de la silla. Apuntó a Alex con un dedo tembloroso. -Para ser historiador, no respetas tu linaje. ¡Eres bisnieto del zar!

– Soy un Markov. Eso es lo único que significa algo para mí.

– Una panda de vagabundos. Vagabundos, ¿me oyes? Eres un Romanov y tu deber era tener un hijo. Pero no querías ser padre, ¿verdad?

– ¡Ésa era una decisión mía, no tuya!

– Esto es mucho más importante que un capricho egoísta.

– Cuando Daisy me dijo que estaba embarazada pensé que lo había hecho a propósito. ¡La acusé de haberme mentido, bastardo!

Max hizo una mueca y la justa indignación de Alex perdió fuelle.

– Alex, míralo desde mi punto de vista. Sólo disponía de seis meses y tenía que aprovecharlos. No podía esperar que llegaras a enamorarte de ella, es imposible que un hombre con tu inteligencia se interese por alguien tan atolondrado como mi hija, salvo para acostarse con ella.

Alex sintió ganas de vomitar. ¿Cómo era posible que su educada e inteligente esposa sintiera cariño por un padre que tenía tan poco respeto por ella?

– Daisy es más lista que nosotros dos juntos.

– No es necesario que enmascares los hechos.

– No lo hago. No conoces a tu hija en absoluto.