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Alex metió las manos en los bolsillos del impermeable y se apoyó en la cerca contra huracanes que marcaba el borde del recinto donde pasarían los dos días siguientes. Estaban en Monroe County, Georgia; la fresca brisa de esa mañana del mes de octubre traía la esencia del invierno.

Brady se acercó a él.

– Tienes un aspecto horrible.

– Bueno, tú no pareces estar mucho mejor.

– Mujeres -bufó Brady. -No se puede vivir con ellas, pero tampoco sin ellas.

Alex ni siquiera logró esbozar una sonrisa. Puede que Brady tuviera problemas con Sheba, pero al menos su relación con Heather iba viento en popa. Pasaban mucho tiempo juntos, y era un entrenador más paciente que nunca. Algo que daba frutos, porque las actuaciones de Heather habían mejorado sustancialmente.

Daisy y él habían regresado diez días antes y todos se habían dado cuenta de que a Daisy le pasaba algo malo. Su esposa ya no se reía ni rondaba por el recinto con su coleta rebotando al viento. Era educada con todos -incluso ayudaba a Heather con los deberes, -pero todas las cualidades especiales que la hacían ser como era parecían haber desaparecido. Y todos esperaban que él tomara cartas en el asunto.

Brady cogió un palillo del bolsillo do su camisa y se lo puso en la boca.

– Daisy no parece la misma.

– Son los primeros meses de embarazo, nada más.

Brady no pareció convencido.

– Echo de menos cómo era. Bueno, no echo de menos que meta la nariz en mis asuntos como solía hacerlo, eso te lo aseguro, pero sí que añoro la manera en que se preocupaba por todos. Parece que ahora sólo le interesan Sinjun y los elefantes.

– Lo superará.

– Supongo.

Observaron en silencio cómo un camión descargaba heno. Alex miró cómo Daisy lavaba a Puddin. Le había dicho que no quería que siguiera trabajando, pero ella le respondió que se había acostumbrado a hacerlo. Luego había intentado que se mantuviera alejada de los elefantes a excepción de Tater, temiendo que alguno le hiciera daño. Daisy lo había mirado sin responder y había hecho lo que le vino en gana.

Brady se cruzó de brazos.

– Creo que deberías saber que anoche volví a verla dentro de la jaula de Sinjun.

– ¡Maldita sea! Te juro que la esposaré para que se mantenga alejada de la jaula de ese tigre.

– Me asusta cómo está. Odio verla así.

– Bueno, pues no eres el único.

– ¿Por qué no haces algo?

– ¿Qué me sugieres? He hecho traer uno de mis coches desde Connecticut para que no tuviera que desplazarse en la camioneta, pero me dijo que le gustaba la camioneta. Le he comprado flores, pero las ignora. Intenté que nos trasladáramos a una caravana RV nueva, pero casi le dio un ataque cuando se enteró, así que lo dejé pasar. Ya no sé qué hacer. -Alex se pasó una mano por el pelo. -Pero ¿por qué te cuento todo esto? Si supieras algo de mujeres no andarías detrás de Sheba.

– No pienso discutir contigo.

– Daisy se pondrá bien. Es sólo cuestión de tiempo.

– Puede que tengas razón.

– Te aseguro que la tengo.

Si se lo repetía lo suficiente, tal vez se convertiría en realidad. La echaba de menos. Ahora Daisy ya no lloraba. Aquellas lágrimas repentinas que habían sido parte de ella como el aire que respiraba, habían desaparecido; era como si se hubiese anestesiado para no sentir nada. Recordaba cómo solía lanzarse a sus brazos desde la rampa del camión, su risa, cómo le acariciaba el pelo. La necesitaba como nunca había necesitado a nadie… Y para colmo, la noche anterior había tocado fondo.

Hizo una mueca sólo de recordarlo.

Estaba soñando que Daisy le sonreía como antes, con su cara iluminada por completo y ofreciéndose a él. Se había despertado acurrucado contra ella. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que habían hecho el amor y la deseaba demasiado para alejarse.

Le deslizó la mano por la cadera y por el vientre redondeado. Ella se despertó al momento y se tensó bajo sus caricias, pero no se apartó. Ni siquiera se resistió cuando le separó los muslos y se colocó encima. Daisy se mantuvo inmóvil mientras él añadía un pecado más a la lista de los que ya había cometido contra ella. Se había sentido como un violador y esa mañana ni siquiera se había afeitado para no verse en el espejo.

– Sigue hablando con Heather -dijo Brady. -Pero no como solía hacerlo. Heather está tan preocupada como todos nosotros.

Heather terminó los tacos que Sheba había preparado y se limpió los dedos en la servilleta de papel.

– ¿Quieres saber lo que me dijo mi padre ayer por la noche?

Sheba la miró desde el fregadero.

– Claro.

Heather sonrió ampliamente, luego resopló.

– Me dijo: «Bueno, Heather, saca tus cosas del sofá. Que te quiera tanto no significa que quiera mancharme el culo de maquillaje.»

Sheba se rio.

– Tu padre sabe cómo engatusar a la gente.

– Sheba, aquel día en el aeropuerto… -Heather parpadeó. -Mi padre tenía los ojos llenos de lágrimas.

– Te quiere mucho.

– Supongo que sí. -Su sonrisa se desvaneció. -Me siento culpable de ser tan feliz cuando Daisy está tan jodida. Ayer dije «joder» delante de ella y ni siquiera se inmutó.

Sheba pasó un paño por la encimera de la cocina.

– No hacéis más que hablar de ella. Me pone enferma.

– Eso es porque no la soportas. No entiendo por qué. Quiero decir que sé que Alex y tú estuvisteis saliendo y todo eso, pero a ti ya no te interesa él y Daisy está muy deprimida. ¿Qué es lo que tienes contra ella?

– Lo que pasa es que Sheba no puede aguantar que haya alguien que no la considere el ombligo del mundo. -Brady estaba al lado de la puerta, aunque ninguna de las dos lo había oído entrar.

Sheba se volvió hacia él hecha una furia.

– ¿No sabes llamar a la puerta?

Heather suspiró.

– ¿Vais a empezar a discutir otra vez?

– Yo no discuto -dijo Brady. -Es ella.

– ¡Ja! Se cree que puede decirme lo que tengo que hacer y no pienso consentirlo.

– Eso es lo que él dice de ti -señaló Heather con paciencia. Y luego, aunque pensaba que gastaba saliva inútilmente añadió: -Si os casarais de una vez por todas estaríais tan ocupados dándoos órdenes mutuamente que nos dejaríais en paz a todos los demás.

– ¡No me casaría con él por nada del mundo!

– ¡No me casaría con ella aunque fuera la última mujer de la tierra!

– Entonces no deberíais acostaros juntos. -Heather imitó lo mejor que supo a Daisy Markov. -Papá, sé que sales a hurtadillas todas las noches para dormir con ella, pero mantener relaciones sexuales con otra persona sin estar enamorado de ella es inmoral.

Sheba se puso roja. Su padre abrió y cerró la boca un par de veces como si fuera una carpa dorada, luego comenzó a farfullar.

– No sabes lo que dices, señorita. Sheba y yo sólo somos amigos, eso es todo. Tuvo problemas con el depósito de agua y yo…

Heather puso los ojos en blanco.

– No soy imbécil, papá.

– Escúchame…

– ¿Qué clase de ejemplo crees que me estás dando? Ayer mismo leí algo sobre madurez psicológica en mis deberes, y parece que tengo dos cosas en mi contra.

– ¿Cuáles?

– Perdí a mi madre y soy producto de una familia desestructurada. Eso y lo que veo que hacen los dos adultos más influyentes de mi vida hace que tenga muchas posibilidades de acabar embarazada antes de cumplir los veinte años.

Brady arqueó las cejas hasta que prácticamente se perdieron en el nacimiento del pelo, y Heather llegó a pensar que perdería c! control. Aunque Brady ya no le daba el mismo miedo que antes, no era estúpida.

– Me piro. Nos vemos, chicos.

Cerró de un portazo al salir de la caravana.

– ¡Qué cabrita!

– Siéntate -dijo Sheba. -Sólo intenta decirnos algo.