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– ¿Qué?

– Que deberíamos casarnos. -Sheba se llevó un trozo de carne a la boca. -Lo que demuestra lo poco que sabe de la vida.

– No la has entendido bien.

– Aún no se ha dado cuenta de lo incompatibles que somos.

– Excepto ahí dentro. -Brady señaló con la cabeza el dormitorio de la parte de atrás.

– Bueno, lo cierto es… -Una astuta sonrisa se extendió por la cara de Sheba- que parece que los chicos de las clases bajas tenéis vuestra utilidad.

– Pues claro que la tenemos. -La tomó entre sus brazos y ella se apretó contra él. Comenzó a besarla, pero se apartó porque los dos tenían cosas que hacer y una vez que empezaban no habría nada que los detuviera.

Brady notó la preocupación en los ojos de Sheba.

– La temporada termina -dijo ella. -En un par de semanas estaremos en Tampa.

– Nos veremos en invierno.

– ¿Quién ha dicho que quiera verte?

Sheba mentía y los dos lo sabían. Estaban muy a gusto juntos, pero Brady tenía el presentimiento de que ella quería algo que él no podía darle.

Enterró los labios en el pelo de Sheba.

– Sheba, tengo que protegerme de ti. Creo que te amo, pero no puedo casarme contigo. Soy un hombre orgulloso y tú siempre estás pisoteando mi orgullo.

Ella se tensó y se alejó de él, lanzándole una mirada tan desdeñosa que Brady se sintió como una cucaracha.

– Creo que nadie ha hablado de matrimonio.

Brady no sabía expresarse bien, pero había algo importante que quería decirle desde hacía tiempo.

– Me gustaría casarme contigo, pero me resultaría imposible estar casado con alguien que disfruta humillándome todo el tiempo.

– ¿Qué dices? Tú también me humillas.

– Sí, pero yo lo hago sin querer y tú no. Hay una gran diferencia. Lo cierto es que te crees mejor que los demás. Piensas que eres perfecta.

– Nunca he dicho eso.

– Entonces cuéntame algo malo de ti.

– Ya no soy tan buena trapecista como antes.

– No hablo de eso. Hablo de algo que tengas dentro, algo que no sea como debería ser. A todos nos pasa.

– No me pasa nada malo, no sé de qué me hablas.

Brady negó tristemente con la cabeza.

– Te conozco, nena. Y hasta que no resuelvas eso, no hay esperanza para nosotros.

La soltó y se dio la vuelta para marcharse, pero antes de que él llegara a la puerta, Sheba comenzó a gritar:

– ¡No sabes nada de mí! Que sea dura no quiere decir que sea una mala persona. ¡No lo soy, maldita sea! ¡Soy buena!

– Además, eres una esnob -repuso él, mirándola. -Sólo te importa lo que tú sientes. Hieres a los demás. Estás obsesionada con el pasado y eres la persona más engreída que he conocido nunca.

Por un momento Sheba se quedó atontada, pero luego volvió a gritar:

– ¡Mentiroso! ¡Soy buena! ¡Lo soy!

El grito furioso de Sheba hizo que Brady se estremeciera. Supo que ella le atacaría y logró salir antes de que estrellara el plato de tacos contra la puerta.

Mientras daba vueltas esa noche por el recinto, Daisy se dio cuenta de que hubiera preferido seguir actuando con Alex. Al menos hubiera estado ocupada. Cuando le había dicho que no iba a volver a la pista con él, no sintió ni alegría ni decepción. Le dio igual. En las últimas semanas había descubierto un dolor mucho más profundo que cualquiera que pudiera provocarle con el látigo.

Observó el bullicio de la multitud al otro lado del recinto. Los niños cansados se aferraban a sus madres y los padres llevaban en brazos a los más pequeños con manchas de manzana de caramelo en las bocas. Antes, ver a esos padres hubiera hecho que los ojos se le llenasen de lágrimas de emoción, pues imaginaba a Alex llevando en brazos a su hijo. Pero ahora tenía los ojos secos. Junto con todo lo demás, había perdido la capacidad de llorar.

Como el circo permanecería allí esa noche, los empleados tenían la urde libre y se habían dirigido al pueblo en busca de comida y alcohol. El recinto se fue quedando en silencio. Mientras Alex se ocupaba de Misha, ella se puso una de las viejas sudaderas de su marido y se movió entre los elefantes dormidos hasta llegar a Tater. Se arrodilló y se acurrucó entre las patas delanteras del animal y dejó que le apoyase la trompa en las rodillas.

Se arrebujó dentro de la sudadera de Alex. La suave prenda olía a él, a esa particular combinación de jabón, sol y cuero que ella habría reconocido en cualquier parte. ¿Llegaría a perder todo lo que amaba?

Oyó unos pasos. Tater se incorporó sobre los cuartos traseros y Daisy vio un par de piernas enfundadas en vaqueros que no tuvo ninguna dificultad en reconocer.

Alex se puso en cuclillas a su lado y apoyó los codos en las rodillas, dejando colgar las manos entre ellas. Parecía tan triste que por una fracción de segundo quiso consolarlo.

– Por favor, sal de ahí -susurró él. -Te necesito tanto.

Daisy apoyó la mejilla contra la arrugada piel del pecho de Tater.

– Creo que me quedaré aquí un rato más.

Alex hundió los hombros y pasó un dedo por el suelo.

– Mi casa… es grande. Hay una habitación de invitados con una buena vista del bosque que hay al sur.

Daisy soltó el aliento con un suave suspiro.

– Hace frío esta noche. Va a nevar.

– He pensado que podríamos convertirla en una habitación infantil. Es una estancia agradable, soleada, con un gran ventanal. Tal vez podríamos tener allí una mecedora.

– Siempre me ha gustado la nieve.

Los animales se movieron y uno de ellos bufó en sueños. Tater levantó la trompa de la rodilla de Daisy y la pasó por los hombros de Alex. El tono suave de Alex no disimuló su amargura.

– ¿No vas a perdonarme nunca? -Ella no dijo nada. -Te amo, Daisy. Te amo tanto.

Ella oyó el sufrimiento en su voz, vio la vulnerabilidad en su cara y, si bien sabía que era debido a lo culpable que se sentía, Daisy había sufrido demasiado dolor para encontrar placer en infligírselo a otro, en especial a alguien que era tan importante para ella.

– Tú no sabes cómo amar, Alex.

– Puede que eso fuera cierto antes, pero ya no lo es.

Tal vez fuera por lo cómoda que se sentía bajo el corazón de Tater, o tal vez fuera el dolor de Alex, pero Daisy sintió que la gélida barrera que rodeaba su corazón comenzaba a agrietarse. A pesar de todo, todavía 1c amaba. Se había mentido a sí misma cuando se dijo que no lo hacía. Él era su alma gemela y su corazón siempre le pertenecería. Con esa certeza llegó un conocimiento más profundo y amargo. Si volvía a caer víctima del amor que sentía por él, podría acabar destruida y, por el bien del bebé, no podía permitir que eso ocurriera.

– ¿Es que no lo ves? Sólo te sientes culpable.

– Eso no es cierto.

– Eres un hombre orgulloso. Has violado tu código del honor e intentas arreglarlo. Lo entiendo, pero no voy a dejar que mi vida se base en unas palabras que no sientes de verdad. Este bebé es demasiado importante para mí.

– El bebé también es importante para mí.

Ella hizo una mueca de dolor.

– No digas eso, por favor.

– Te probaría mi amor si pudiera, pero no sé cómo hacerlo.

– Tienes que dejarme ir. Sé que eso heriría tu orgullo y lo siento, pero vivir contigo así es demasiado duro para mí.

Él no dijo nada. Ella cerró los ojos e intentó ocultarse tras la helada barrera que la había mantenido en pie hasta entonces, pero Alex había provocado demasiadas grietas.

– Por favor, Alex -susurró entrecortadamente. -Por favor, deja que me vaya.

La voz de Alex apenas era un susurro.

– ¿Es eso lo que quieres de verdad?

Daisy asintió con la cabeza.

Jamás había pensado que lo vería tan derrotado, pero en ese momento la chispa que ardía en el interior de Alex pareció apagarse.