– Oh, no, mi señora. Forzosamente tengo que abrir la cerradura.
– Para, Galen. Lo digo en serio.
Barinthus nos siguió tranquilamente, con la maleta en la mano, como un padre que ve a sus hijos ya creciditos comportándose de manera inadecuada. No, no nos hacía el menor caso, casi igual que antes con Jenkins. Lo volví a mirar, pero no pude leer nada en aquella cara pálida, reservada e impenetrable. Hubo una época en la que reía más, sonreía más, ¿verdad? Me acordaba de sus brazos levantándome del agua en medio de una carcajada, con su cabello flotando sobre su cuerpo como una nube. Me habría sumergido en esa nube, me habría aferrado a ella con mis manitas. Habíamos reído juntos. La primera vez que nadé en el Pacífico, pensé en Barinthus. Le quería mostrar aquel vasto océano nuevo. Que yo supiera, no lo había visto nunca.
Galen me aguardaba ante la puerta. Me detuve y esperé a que Barinthus me alcanzara.
– Pareces muy serio hoy Barinthus.
Me miró con aquellos ojos y el segundo párpado pestañeó. Estaba nervioso. ¿Tenía miedo de mí? Le había gustado el anillo, y no le había gustado el hechizo del coche. Pero no le había desagradado demasiado, ni le había impresionado demasiado, como si fuera algo normal. De alguna manera, sí lo era.
– ¿Qué pasa, Barinthus? ¿Qué es lo que todavía no me has dicho?
– Confía en mí, Meredith.
Cogí su mano libre con las mías, y desplacé mis dedos por los suyos. Mi mano estaba perdida en la suya.
– Confío en ti, Barinthus.
Sostuvo mi mano delicadamente como si temiera quebrarla.
– Meredith, mi pequeña Meredith. -Su cara se enterneció al hablar-. Siempre has sido una mezcla de franqueza, orgullo y ternura.
– Ya no soy tan tierna como antes, Barinthus.
Asintió.
– Desgraciadamente, el mundo intenta arrebatarte estas cualidades.
Puso mi mano en sus labios y me dio un tierno beso en los dedos. Sus labios frotaron el anillo y enviaron una ola palpitante sobre nosotros.
Recuperó el semblante serio cuando me soltó la mano.
– ¿Qué, Barinthus? ¿Qué ocurre? -Le cogí el brazo.
Negó con la cabeza.
– Ha pasado mucho tiempo desde que este anillo cobró vida de esta manera.
– ¿Qué tiene que ver el anillo en todo esto? -pregunté.
– Se había convertido en sólo un trozo de metal, y ahora vuelve a vivir.
– ¿Y? -pregunté.
Miró a Galen.
– Llevémosla a la habitación. A la reina no le gusta esperar indefinidamente.
Galen me cogió la llave y abrió la puerta. Comprobó que no hubiera hechizos ni peligros ocultos en la habitación mientras Barinthus y yo esperábamos en la entrada.
– Dime qué significa que el anillo reaccione ante ti y ante Galen, pero no ante mi abuela.
Suspiró.
– En una ocasión, la reina utilizó el anillo para elegir a sus consortes.
Arqueé las cejas.
– ¿Y eso qué significa?
– Reacciona ante hombres que el anillo considera dignos de ti.
Lo miré, buscando su cara agradable y exótica.
– ¿Qué significa eso de dignos de mí?
– La reina es la única que conoce los poderes completos del anillo. Yo sólo sé que desde hace siglos el anillo está vivo en su mano. Que el anillo viva para ti es al mismo tiempo bueno y peligroso. Puede que la reina esté celosa de que el anillo sea tuyo ahora.
– Ella me lo dio, ¿por qué tendría que estar celosa?
– Porque es la Reina del Aire y la Oscuridad.
Lo dijo como si esto lo explicara todo. En cierto modo sí lo explicaba; en cierto modo, no. Como tantas cosas de nuestra reina, era una paradoja.
Galen se acercó a la puerta.
– Todo está limpio.
Barinthus pasó junto a él, obligando a Galen a apartarse.
– ¿Cuál es el problema? -preguntó Galen.
– El anillo, creo. -Entré en la habitación. Era una típica habitación encajonada pintada con sombras de azul.
Barinthus había colocado la maleta en una de las colchas azul oscuro.
– Por favor, date prisa, Meredith. Galen y yo todavía nos hemos de vestir para la cena.
Lo miré. Estaba de pie en la habitación azul, vestido de azul. Se adecuaba al decorado. Si la habitación hubiese sido verde, habría combinado con Galen. Uno podía dar a los guardaespaldas el código de color que correspondiera a la habitación. Me eché a reír.
– ¿Qué pasa? -preguntó Barinthus.
Me acerqué a él.
– Haces juego con la habitación.
Miró a su alrededor como si se fijara por primera vez en el papel pintado de azul, las colchas azul oscuro y la moqueta azul.
– Pues sí. Ahora, por favor, vístete.
Abrió la maleta para hacer hincapié en su petición, aunque tenía el regusto de una orden, con independencia de su formulación.
– ¿Hay algún plazo del que no sea consciente? -pregunté.
Galen se sentó en la otra cama.
– En esto estoy de acuerdo con el grandullón. La reina te está organizando una ceremonia de bienvenida, y no querrá esperar a que nos vistamos, y si no nos vestimos con la ropa que nos ha preparado, se enfadará con nosotros.
– ¿Vais a tener problemas los dos? -pregunté.
– No si te das prisa -dijo Galen.
Me metí en el cuarto de baño con el bolso de mano. Había colocado mi vestido para esa noche en el bolso por si se perdía la maleta. No quería tener que comprar a última hora un vestido que contara con el beneplácito de mi tía, un vestido a la moda de la corte. Los pantalones no eran ropa adecuada para una mujer en una cena. Sexista pero verdadero. A las cenas era preciso asistir siempre con ropa formal. Si uno no quería vestirse, tenía que comer en su habitación.
Me puse bragas de satén negro con puntillas. El sujetador era de aros y también llevaba puntillas. Las medias eran negras y altas hasta los muslos. El antiguo dicho humano de que hay que llevar ropa interior limpia por si te atropella un autobús también se aplicaba en la corte de la Oscuridad. Allí, uno llevaba ropa interior bonita porque la reina podía verla. Aunque, a decir verdad, me gustaba saber que todo lo que llevaba era bonito, incluso las prendas que tocaban mi piel.
Me puse sombra de ojos y rímel oscuros y me apliqué suficiente delineador para que mis ojos resaltaran como esmeraldas y oro incrustados en ébano. Escogí una tonalidad de pintura de labios color burdeos.
Tenía dos navajas Spyderco. Abrí una de ellas. Su hoja de quince centímetros, larga y fina, brillaba como la plata, pero era de acero, el modelo militar. Acero o hierro era lo que uno necesitaba contra mis familiares. La otra navaja era mucho más pequeña, una Delica. Cada navaja tenía un clip para sujetarla a la ropa. Comprobé que las dos fueran fáciles de sacar, después las cerré y me las puse. La Delica encajaba perfectamente en el centro del sujetador, en el aro. Me puse una liga negra en la pierna izquierda, no para aguantar las medias (no lo necesitaban), sino para sostener la navaja militar.
Saqué el vestido de su funda. Era de un color granate oscuro y su escote a duras penas tapaba el sujetador. El corpiño era satinado, grueso y ajustado; el resto del vestido, de una tela más fina y con un aspecto más delicado, caía hasta el suelo dibujando mi figura. La chaqueta a juego estaba tejida en la misma tela color burdeos, salvo las solapas que eran de satén.
Tenía una cartuchera de tobillo con una Beretta Tomcat en su interior, el modelo de pistola automática más moderno, de calibre treinta y dos. El arma pesaba cuatrocientos gramos. Había armas más pequeñas, pero si tenía que disparar a alguien esa noche, quería contar con algo más que una veintidós. El verdadero problema con las cartucheras de tobillo es que te hacen caminar de forma extraña. Una tiene tendencia a arrastrar el pie en cuya pierna está la cartuchera, a ampliar el paso con un pequeño movimiento raro. Las medias suponían un problema adicional, y las posibilidades de que no se quedaran enganchadas en la cartuchera mientras caminaba eran prácticamente nulas. Pero era el único sitio que se me ocurría para esconder un arma que no resultaba evidente con sólo mirarme, y no me importaba sacrificar las medias para conservar el arma.