El padre de Keelin era un durig, un duende con un sentido del humor muy sombrío: el tipo de humor que podría costarle la vida a un ser humano. Su madre era una brownie. Keelin había sido escogida como mi compañera casi desde la infancia. Fue una elección de mi padre, y nunca había tenido motivo para quejarme de ello. A1 crecer, nos habíamos hecho grandes amigas. Quizá se debiera a la sangre de brownie que teníamos ambas. Fuera cual fuese la causa, se estableció una conexión inmediata entre nosotras. Habíamos sido amigas desde el primer momento que miré sus ojos marrones.
Ver a Keelin al extremo de la correa de Cel me dejó sin palabras. Había gran variedad de maneras de acabar como «mascota» de Cel. Una era ser castigado por la reina y ser entregado a Cel; otra, voluntariamente. Siempre me había sorprendido cuántas duendes menores permitían a Cel que abusara de ellas de la manera más infame por la sola esperanza de que si quedaban embarazadas se convertirían en miembros de la corte. Exactamente como Gran.
Aunque Gran hubiera clavado una punta de hierro en el corazón de mi abuelo antes que permitir que la tratara como a un perro.
Me aparté de Barinthus hasta que él bajó las manos y me quedé sola en el camino. Galen y Barinthus estaban detrás de mí, cada uno a un lado como buenos guardias reales.
– Keelin -dije-, ¿qué haces… aquí?
No era exactamente la pregunta que quería formular. Mi voz sonó tranquila, razonable, ordinaria. Lo que quería hacer era gritar, chillar.
Cel la atrajo hacia sí, tirándole del pelo, presionándole la cara contra su pecho. Su mano se desplazó por su hombro, cada vez más abajo, hasta que cogió uno de sus pechos, amasándolo.
Keelin volvió la cabeza y su cabello le escondió la cara de mí. El sol ya casi se había puesto, faltaban pocos minutos para la verdadera oscuridad; ella era sólo una sombra más densa contra la oscuridad de Cel.
– Keelin, Keelin, háblame.
– Quiere ser un miembro de la corte -dijo Cel-. Que yo disfrute de ella la hace partícipe de todas las celebraciones. -Se acercó más al cuerpo de Keelin, y su mano se perdía de vista bajo el cuello redondo de su vestido-. Si tiene un hijo, será una princesa, y su hijo heredero al trono. Su hijo te podría desplazar al cuarto lugar de la sucesión al trono -dijo, con voz clara y sosegada mientras su mano se desplazaba por el cuerpo de Keelin.
Di un paso hacia adelante, estirando el brazo.
– Keelin…
– Merry -dijo ella, girándose para mirarme durante un momento, con una voz con el mismo sonido dulce que había tenido siempre.
– No, no, animalito mío -dijo Cel-. No hables. Ya hablaré yo por los dos.
Keelin se quedó en silencio y ocultó de nuevo la cara.
Me quedé allí, y hasta que Barinthus me tocó el hombro no me di cuenta de que mis puños estaban apretados… Volvía a temblar, pero no de miedo, sino de ira.
– La reina nos ha prohibido contarte nada, Merry. Debería haberte avisado de todos modos -se disculpó Galen, moviéndose hacia el otro lado.
Era casi como si los dos esperaran tener que agarrarme para retenerme antes de que hiciera algo descabellado. Pero no iba a hacerlo. Eso era lo que buscaba Cel. Había venido para hacer ostentación de Keelin, para enrabiarme, con Siobhan a su espalda para matarme. Estoy segura de que habría urdido alguna historia, habría explicado que yo le había atacado y su guardia se había visto obligada a defenderle. La reina se había creído historias con menos fundamento a lo largo de los años. Tenía motivos para mostrarse confiado respecto a la reina. Yo debía mantener la calma, porque lo único que podía hacer ahí era morir. Podía haberme llevado a Cel por delante. Era una de las pocas personas con las que utilizaría la mano de carne sin perder el sueño por ello. Pero Siobhan era diferente. Siobhan me mataría.
– ¿Cuánto tiempo lleva Keelin con él? -pregunté.
Cel empezó a contestar, pero levanté una mano.
– No, no hables, primo. He preguntado a Galen.
Cel me sonrió, como un destello de blanco en la oscuridad. Curiosamente, permaneció en silencio. Me sorprendió, aunque también sabía que si tenía que oír su voz todavía una vez más, empezaría a gritar hasta acallarle.
– Respóndeme, Galen.
– Casi desde que te fuiste.
Sentí una opresión en el pecho, me ardían los ojos. Ése era mi castigo, mi castigo por escapar de la corte. A pesar de que no le había dicho a Keelin que me iba, aunque ella era inocente, le habían hecho daño para hacérmelo a mí. Cel la había conservado como mascota durante casi tres años, esperando que yo regresara a casa. Pasándoselo bien sin duda, y si nacía un niño, tanto mejor. Pero no era el deseo de niños lo que había motivado la elección de Keelin. Miré el rostro petulante de Cel, y hasta a la luz de la luna interpreté su expresión. Ella había sido elegida por venganza, para castigarme. Y yo había estado a miles de kilómetros, desaparecida.
Cel y mi tía habían esperado pacientemente para mostrarme su sorpresa. Tres años de tormento de Keelin y nadie me lo había dicho. Mi tía me conocía mejor de lo que yo imaginaba, porque saber que Keelin había sufrido durante todo el tiempo que yo había estado fuera me hubiera corroído. Y si me reservaba la libertad de Keelin como pago por aquello que quería de mí, me podría tener. Necesitaba hablar a solas con Keelin.
Por mucho que odiara a Cel, ésta era una de las pocas maneras en las que Keelin podría entrar en la corte. Había sido una de mis damas durante la espera, mi compañera. Pero ser mi amiga y mi sirvienta le había permitido ver los tejemanejes de la corte. Sabía que tenía gran necesidad de ser aceptada entre aquella turba, hambre suficiente, quizá, para resistir a Cel y quedar resentida si yo ponía fin a la situación. El hecho de que yo lo viera como un rescate no significaba necesariamente que Keelin lo viera igual. Hasta saber exactamente cómo se sentía, no podía hacer nada.
La mano de Cel apareció finalmente a la vista. Ver su mano pálida en el hombro de Keelin en lugar de en las profundidades de su vestido me ayudaba a quedarme mirando, sin actuar.
– La reina me ha enviado para escoltar a mi prima hasta sus aposentos. Vosotros dos tenéis una cita en el salón del trono.
– Ya sé lo que tengo que hacer -dijo Barinthus.
– ¿Cómo podemos confiar en que no le harás daño? -preguntó Galen.
– ¿Yo? ¿Hacer daño a mi prima? -Cel volvió a reír.
– No deberíamos marchar. -La voz de Barinthus sonó grave y firme. Había que conocerle muy bien para percibir su ira.
– ¿Tú también tienes miedo de que le haga daño, Barinthus?
– No -dijo Barinthus-. Tengo miedo de que te haga daño ella a ti, príncipe Cel. La vida de su único heredero es de gran importancia para nuestra reina.
Cel soltó una carcajada larga y sonora. Continuó riendo hasta que le saltaron las lágrimas, o fingió limpiárselas.
– Quieres decir, Barinthus, que tienes miedo de que intente hacerme daño y yo la coloque en su sitio.
Barinthus se inclinó hacia mí y murmuró:
– No puedes permitir mostrarte débil ante Cel. No creo que se enfrente a nosotros. Sería una osadía. Si has adquirido poder en las tierras del oeste, muéstralo ahora, Meredith.
Me di la vuelta para mirarle a la cara. Estaba tan cerca de mí que su cabello me rozaba el pecho; olía a océano y a hierba fresca. Volví a murmurarle:
– Si le muestro mis poderes ahora, perderé el factor sorpresa. Su voz era como el delicado murmullo de agua sobre un lecho de guijarros. Usaba su propio poder para asegurarse de que Cel no nos podría oír.