– Saludos, princesa Meredith NicEssus, Hija de la Paz, Veneno de Besaba, hija de mi hermano.
Mantuve la cabeza inclinada, y la mantendría así hasta que me diera permiso para alzarla. No me había llamado sobrina, aunque había reconocido nuestro parentesco. Era un ligero insulto no mencionar la relación familiar que nos unía, pero hasta que no me llamase sobrina, no la podía llamar tía.
– Saludos, reina Andais, Reina del Aire y la Oscuridad, Amante de la Carne Blanca, hermana de Essus, mi padre. He venido de las regiones al oeste a petición tuya. ¿Qué quieres de mí?
– Nunca he entendido cómo lo haces -dijo.
Mantuve la mirada baja.
– ¿El qué, mi reina?
– Cómo puedes decir exactamente las palabras correctas con exactamente el tono de voz correcto y aun así no sonar sincera, como si lo encontraras todo terrible, terriblemente tedioso.
– Me disculpo si te he ofendido, mi reina.
Ésta era la respuesta más segura que podía ofrecer, porque efectivamente lo encontraba todo terrible, terriblemente tedioso. Simplemente, no había pensado que se manifestaría tan claramente en mi voz. Estaba allí de rodillas, con la cabeza inclinada, esperando que me autorizara a levantarme. Ni con tacones de cinco centímetros podría aguantar mucho tiempo en esta posición. Me costaba mantener el equilibrio. Si Andais lo deseaba, podía dejarme como estaba durante horas, hasta que mi pierna entera se durmiera, a excepción de un punto de dolor en la rodilla, donde descansaba casi todo mi peso. Mi récord de permanecer de rodillas era de seis horas y lo había conseguido después de romper el toque de queda, cuando tenía diecisiete años. Me hubieran dejado más rato, pero o me dormí o me desmayé, no estoy segura.
– Te has cortado el pelo -dijo mi tía.
Estaba empezando a memorizar la textura del suelo.
– Sí, mi reina.
– ¿Por qué te lo cortaste?
– Llevar el cabello casi hasta los tobillos te marca como sidhe de alta corte. Me he hecho pasar por humana.
Sentí que se inclinaba hacia mí. Su mano me levantó el pelo, desplazó sus dedos por él.
– Así pues, sacrificaste tu cabello.
– Es mucho más fácil de cuidar así de corto -dije, con la voz tan neutra como pude.
– Levántate, sobrina.
Me levanté lenta y cuidadosamente.
– Gracias, tía Andais.
De pie, me veía tremendamente baja, comparada con su alta y noble presencia. Con tacones, ella era unos treinta centímetros más alta que yo. La mayor parte del tiempo no tengo conciencia de ser baja, pero mi tía tenía intención de recordármelo. Quería hacerme sentir pequeña.
La miré y luché por no sacudir la cabeza y suspirar. Junto con Cel, Andais era lo que menos me gustaba de la corte de la Oscuridad. La observé con ojos tranquilos y me concentré en no exhalar ningún suspiro.
– ¿Te estoy aburriendo? -preguntó.
– No, tía Andais, por supuesto que no.
La expresión no me había traicionado. Había practicado durante años la expresión de indiferencia. Sin embargo, Andais había tenido siglos para perfeccionar su estudio de la gente. No podía leer nuestras mentes, pero su conciencia del menor cambio en el lenguaje corporal, en la respiración, era casi tan útil como la auténtica telepatía.
Las cejas perfectas de Andais se arrugaron ligeramente cuando me miró.
– Eamon, llévate a nuestra mascota y que te vista para el banquete en la otra habitación.
El consorte real agarró un salto de cama de brocado púrpura de entre la maraña de cojines y se lo puso antes de levantarse. El cabello le caía en una negra melena enmarañada casi hasta los tobillos. El púrpura oscuro de la bata no servía tanto para esconderle el cuerpo como para enmarcar su piel blanca.
Inclinó ligeramente la cabeza al pasar cerca de mí. Yo hice lo mismo. Le dio a Andais un beso delicado en la mejilla y caminó hacia la pequeña puerta que conducía al dormitorio más pequeño y al cuarto de baño situado detrás. La instalación de agua corriente era una de las comodidades modernas que la corte había adoptado.
El rubio se sentó en el borde de la cama, desnudo. Se levantó, estirando su cuerpo hasta formar una larga línea de carne bronceada. Me lanzó una mirada mientras lo hacía, y cuando se dio cuenta de que lo estaba observando, sonrió. Su sonrisa era depredadora, lasciva, agresiva. Las «mascotas humanas» nunca entendían bien la desnudez despreocupada de los guardias.
El rubio se dirigió hacia nosotros contoneándose. Provocador. No era su desnudez lo que me hacía sentir incómoda, sino su expresión.
– Supongo que es nuevo -dije.
Andais dedicó al hombre una mirada gélida. Tenía que ser muy novato para no darse cuenta de lo que significaba aquella mirada. No le gustaba, no le gustaba en absoluto.
– Dile lo que piensas de su alarde, sobrina.
Su voz era muy tranquila, pero había un tono subyacente que una casi podía sentir en la lengua, como algo amargo entre dulces. Miré al joven desde sus pies desnudos hasta su pelo recién cortado. Sonreía mientras lo hacía, acercándose a mí, como si la mirada fuese una invitación. Decidí acabar con su sonrisa.
– Es joven y guapo, pero Eamon está mejor dotado.
Esto detuvo al mortal y le hizo torcer el gesto. Recuperó la sonrisa, pero había perdido toda su seguridad.
– No creo que sepa lo que significa dotado -dijo Andais.
La miré.
– Nunca los has elegido por su inteligencia -dije.
– Uno no habla con su mascota, Meredith. Ya deberías saberlo.
– Si quiero una mascota, me conseguiré un perro. Esto… -señalé al joven-. Me resulta demasiado caro de mantener.
El joven estaba frunciendo el entrecejo, mirándonos a las dos, obviamente descontento y también desconcertado. Andais había roto una de mis normas fundamentales para el sexo. Independientemente de lo cuidadosa que una sea, puede acabar embarazada. Éste es el motivo para el que está pensado el sexo, al fin y al cabo. Así pues, no te acuestes nunca con nadie que sea mezquino o estúpido. El rubio era guapo, pero no lo bastante para compensar el asombro de su rostro.
– Ve con Eamon. Ayúdale a vestirse para el banquete -dijo Andais.
– ¿Puedo ir al baile de esta noche, mi señora? -preguntó.
– No -dijo.
Se volvió hacia mí, como si el mortal hubiera dejado de existir. Cuando me miró percibí en ella un sombrío temor. Sabía que la había insultado, pero no estaba muy segura de cuándo. Su mirada me hizo estremecer. Había gente en la corte mucho más fea que su nueva mascota con la que me habría acostado antes.
– No lo apruebas -dijo.
– Sería presuntuoso por mi parte aprobar o desaprobar las acciones de mi reina -dije.
Se echó a reír.
– Ya estás otra vez, diciendo exactamente lo que tendrías que decir, pero logrando que suene como un insulto.
– Perdóname -dije, y empecé a arrodillarme de nuevo.
Me puso una mano en el brazo para detenerme.
– No, Meredith, no. La noche no durará eternamente, y tú te alojas en un hotel. De manera que no tenemos mucho tiempo. -Apartó su mano sin hacerme daño-. Ciertamente, no tenemos tiempo para juegos, ¿verdad?
La miré, estudié su cara sonriente, e intenté decidir si era sincera o si se trataba de algún tipo de trampa. Finalmente, dije:
– Si deseas jugar, mi reina, entonces me honraré en ser incluida. Si hay cuestiones que atender, me honro entonces en que también se me incluya, tía Andais.
Volvió a reír.
– Oh, buena chica, por recordarme que eres mi sobrina, mi pariente de sangre. Tienes miedo de mi carácter, no confías en él, así que me recuerdas lo que verdaderamente vales para mí. Muy bien.
No parecía una pregunta, de modo que no dije nada, porque además tenía toda la razón.
Me miró a la cara, pero dijo:
– Frost.
El guardia se acercó a ella, con la cabeza inclinada.