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– ¿Dónde está Doyle?

Se produjo un movimiento entre los reunidos, a mi derecha. Doyle dio un paso adelante. Parecía muy alto visto desde el suelo. Un pilar con capa negra que se cernía sobre mí. Sólo los pendientes con plumas de pavo real que enmarcaban su rostro suavizaban un poco el aspecto absolutamente intimidador de su figura. Su expresión y el porte eran los del viejo Doyle. La Oscuridad de la Reina estaba a mi lado, y las plumas de colores parecían fuera de lugar. Lo habían vestido para una fiesta y se encontraba en medio de una batalla. Su semblante no decía nada, aunque de hecho su absoluta inexpresividad ya revelaba que no era feliz.

De repente, volví a sentirme confusa y vagamente asustada ante ese hombre oscuro que había estado al lado de mi tía. Sin embargo, en ese momento no estaba a su lado, sino al mío. Me acomodé de nuevo en el regazo de Galen y encontré consuelo en sus caricias, pero era a Doyle a quien pedí ayuda.

– Tráeme a Kurag si quiere rescatar a este ladrón -dije.

Doyle arqueó una ceja.

– ¿Ladrón?

– Bebió de mi sangre sin que le invitara. El único robo más importante entre los trasgos es el robo de carne.

Rhys se arrodilló a mi otro lado.

– He oído decir que los trasgos pierden mucha carne durante el acto sexual.

– Sólo si se acuerda con anterioridad -dije.

Galen se inclinó hacia mí. Murmuró:

– Si te sientes tan débil por la hemorragia que no puedes acostarte con nadie esta noche… -Rozó mi mejilla con sus labios-. No creo que resistiera contemplarte en uno de sus espectáculos de sexo. Tienes que ponerte bien para meterte en la cama con alguien esta noche, Merry. Deja que Fflur te cure las heridas.

Con el rabillo del ojo veía su cara como un borrón pálido, sus labios como una nube rosa al lado de mi mejilla. No es que estuviese equivocado, pero no pensaba más allá de lo inmediato.

– Tengo un uso mejor para mi sangre que empapar vendas.

– ¿De qué estás hablando? -preguntó Galen.

Doyle contestó:

– Los trasgos consideran cualquier cosa que proceda del cuerpo más valiosa que las joyas o las armas.

Galen lo miró. Sentí el movimiento de su pecho cuando suspiró.

– ¿Y qué tiene esto que ver con Merry? -Pero había algo en su voz que reveló que conocía la respuesta.

Doyle apartó de mí sus ojos oscuros para clavarlos en Galen

. -Eres demasiado joven para recordar las guerras de los trasgos.

– Merry también -dijo Galen.

Los ojos negros se posaron de nuevo en mí.

– Es joven, pero conoce la historia. -Volvió a dirigir su mirada a Galen-. ¿Conoces tú la historia, joven cuervo?

Galen asintió. Tiró de mí en su regazo para alejarme de Fflur, para alejarme de todo el mundo. Me abrazó y mis brazos mancharon su piel de sangre.

– Conozco la historia. Lo que pasa es que no me gusta.

– Todo va bien, Galen -dije.

Me miró, asintiendo, pero sentí que no me creía.

– Ve a buscar a Kurag -dije a Doyle.

Éste miró a la multitud que esperaba.

– Sithney Nicca, traed aquí al rey de los trasgos.

Sithney se volvió acompañado por un remolino de largo cabello castaño. No vi el pelo color púrpura oscuro de Nicca; el pálido brillo de su piel de lila debería haber destacado entre las pieles negras y blancas de la corte. Pero si Doyle lo llamaba, estaba allí.

La multitud se apartó y entró Kurag con su reina al lado. Los trasgos, como los sidhe, consideraban que el consorte real era un miembro armado, no alguien que tuviera que ser escondido y protegido. Ella tenía muchos ojos en la cara. La boca ancha y sin labios mostraba unos colmillos lo suficientemente largos como para intimidar a cualquiera. Algunos trasgos tenían veneno en sus cuerpos, y apostaba a que la nueva reina de Kurag era una de éstos. Sus ojos, el veneno y un juego de brazos alrededor de su cuerpo como una colección de serpientes la convertían en el ideal de belleza entre los trasgos, aunque sólo podía presumir de un juego de piernas arqueadas. Las piernas adicionales eran la muestra más rara de belleza entre los trasgos. Keelin no apreciaba su buena suerte.

La reina de los trasgos mostraba un aire de satisfacción, prueba de que tenía ante mí a una mujer que comprendía su auténtico valor y sabía cómo sacar partido de él. El juego de brazos se pegaba al cuerpo de Kurag, acariciándolo. Un par de brazos se había deslizado entre las piernas del rey para acariciar tanto su miembro como sus testículos a través de la fina tela de los pantalones. El hecho de que sintiera el impulso de hacer algo tan explícitamente sexual cuando me la presentaron era un indicio de que me consideraba una rival.

Mi padre consideraba importante que yo conociera bien la corte de los trasgos. La habíamos visitado muchas veces, del mismo modo que ellos habían visitado nuestra casa. Él había dicho: «Los trasgos son los que más luchan en nuestras guerras. Son ellos, no los sidhe, la columna vertebral de nuestros ejércitos.»

Esto había sido verdad desde la última guerra de trasgos, cuando firmamos un tratado que se había mantenido. Kurag se encontraba tan a gusto con mi padre que había pedido mi mano como consorte. El resto de los sidhe lo consideraron una ofensa, y algunos hablaron incluso de declarar la guerra. Los trasgos, por su parte, consideraron su deseo de tener una esposa con aspecto tan humano como la máxima expresión de la perversión y hablaban a espaldas suyas de buscar un nuevo rey. No obstante, otros trasgos veían lo beneficioso que era tener una reina con sangre de sidhe. Entonces hizo falta una buena dosis de diplomacia para alejarnos de la guerra o de una boda con un trasgo. Fue poco después de esto que se anunció mi compromiso con Griffin.

Kurag se cernía sobre mí. Su piel era de un tono amarillo similar al de Fflur, pero mientras que la de ella era delicada y perfecta como el marfil, la piel de Kurag estaba cubierta de verrugas y protuberancias. Cada imperfección de su piel era una marca de belleza. Un ojo sobresalía de una gran protuberancia de su hombro derecho, un ojo errante, así lo llamaban los trasgos, porque estaba apartado de la cara. De niña, me gustaba aquel ojo, la manera que tenía de moverse con independencia de su cara; me gustaban los tres ojos que le agraciaban sus rasgos anchos y marcados. El ojo de su hombro era del color de las violetas, con unas pestañas negras muy largas. Se abría una boca justo encima de su pezón derecho, una boca de carnosos labios rojos, con unos pequeños dientes blancos. Una delgada lengua rosa lamía aquellos labios, y salía aire de aquella boca. Si uno ponía una pluma delante de aquella segunda boca, ésta la soplaba hacia arriba. Mientras mi padre y Kurag hablaban, me entretenía mirando aquel ojo, y aquella boca y los dos brazos gemelos que salían de forma poco elegante desde el costado derecho de Kurag. Jugábamos a cartas, aquel ojo, aquella boca, aquellos brazos y yo. Siempre había pensado que Kurag era muy inteligente para poder concentrarse en cosas tan dispares a la vez.

Lo que no supe hasta la adolescencia era que había dos piernas delgadas debajo del cinturón de Kurag, del lado derecho, completadas con un pene pequeño pero completamente funcional. La concepción del cortejo entre los trasgos era poco sutil, por no decir grosera. La proeza sexual era muy importante entre ellos. Cuando me mostré apática ante la proposición de Kurag, éste se bajó los pantalones y me mostró tanto su propio miembro como el de su gemelo parásito. Yo tenía dieciséis años y todavía recuerdo el horror de darme cuenta de que había otro ser atrapado en el cuerpo de Kurag. Otro ser con suficiente inteligencia para jugar a cartas con un niño cuando Kurag no prestaba atención. Había una persona entera atrapada allí dentro. Una persona completa que, si la genética hubiese sido más generosa, podría haber tenido otro ojo de lavanda.