Выбрать главу

Nurit Iscar recorre el pasillo que bordea la redacción haciendo más ruido del que quisiera con las rueditas de su valija. ¿Habrá alineación y balanceo de valijas?, se pregunta. El pibe de Policiales, que la ve venir, le da la espalda a propósito, para evitar saludarla otra vez. Karina Vives, frente a la fotocopiadora, la reconoce, pero Nurit apenas la mira, no sabe que sabe quién es, no conoce su cara, aunque si alguien la nombrara, si alguien dijera: Karina Vives, en seguida sabría que esa mujer es quien firmaba la crítica con la que la destrozó El Tribuno cuando apareció su última novela, Sólo si me amas. Jaime Brena, que acaba de salir del ascensor, también se cruza con ella. Buenos días, dice. Buenos días, contesta Nurit Iscar. No se conocen, o mejor dicho, nadie los presentó antes, pero cada uno sabe quién es el otro. Los dos tienen portación de cara y a los dos les ha interesado en algún momento, con mayor o menor intensidad, el trabajo del otro. Jaime Brena se pone de costado de modo que ella tenga lugar para pasar con su valija. Ella le agradece. Pero las ruedas no se dejan gobernar como deberían y la valija termina pasando por encima del pie derecho de Brena. Ay, disculpá, qué torpe que soy. No te preocupes, le dice él, hace rato que estoy necesitando ver un pedicuro. Brena se sonríe, ella le devuelve la sonrisa aunque sigue un poco avergonzada de su torpeza. Buen viaje, le dice él cuando ya cada uno camina en sentido opuesto de espaldas al otro. Nurit Iscar responde: Gracias, y se mete en el ascensor. Brena se instala en su escritorio. Al instante se le acerca el pibe de Policiales. Me llamaste anoche, dice. Sí, no contestaba nadie y después me quedé dormido. ¿Qué hacía Betibú acá? ¿Quién? Nurit Iscar. Ah, la contrató Rinaldi para que escriba non fiction en el asesinato de Chazarreta, dice el pibe y pronuncia non fiction con cierta ironía. No es una mala idea, lo puede hacer muy bien, dice Brena. ¿Por qué?, ¿quién es? Pibe, ¿vos saliste de un tupper? No la conozco. Deberías, es una de las pocas escritoras de novelas policiales que hay en la Argentina, ¿no leíste Morir de a ratos? No. La tenés que leer, eso y todo lo que puedas tenés que leer, para abrir esa cabeza un poco. No tengo tiempo, a veces en las vacaciones leo algo de no ficción. Hacételo, el tiempo, hacételo, y leé ficción. Si querés ser un buen periodista, tenés que leer ficción, pibe, no hubo ni hay ningún gran periodista que no haya sido un buen lector, te lo aseguro. Jaime Brena saca de su morral el sobre que recibió la noche anterior del comisario Venturini. Tomá, fijate esto que me llegó de una fuente confiable, tiene información que te puede servir, le dice. El pibe toma el sobre y mira por encima el contenido delante de él. Sabe, a pesar de su inexperiencia, que lo que acaba de darle Brena vale mucho. Gracias, le dice. Que lo disfrutes, le contesta Brena y se pone a trabajar en su próximo informe: Los bebés varones lloran más, antes, y con voz más fuerte que los bebés mujeres. Maricones, masculla, y empieza a escribir. El pibe de Policiales vuelve y le pregunta: ¿Cómo dijiste que se llamaba? ¿Quién? La mina que escribe policiales. Nurit Iscar. Sí, pero antes dijiste otro nombre. Ah, sí, Betibú. ¿Por los rulos?, algo se parece, sí, confirma el pibe de Policiales. Hace unos años era idéntica a Betty Boop y así la llamábamos: Betibú. ¿Vos y quién más? Eso sí es secreto profesional, pibe. Brena da por terminada la conversación con el pibe de Policiales, se da vuelta hacia el escritorio de Karina Vives y le dice: ¿sabías que los bebés varones lloran más que los bebés mujeres? Y ella dice: No, no sabía, y se le llenan los ojos de lágrimas. ¿Pasa algo?, le pregunta él. Alergia, le dice ella, a esta altura del año siempre me lloran los ojos. Jaime Brena no le cree, pero respeta que, por ahora, su compañera de redacción no quiera decirle qué la hace llorar. Ya tendrán tiempo después, cuando salgan a la vereda a fumar un cigarrillo.

El remís que lleva a Nurit Iscar, poco después de su salida ruidosa de El Tribuno, está entrando en la Panamericana. Es un día fresco pero con sol del mejor otoño. Hace rato que ella no recorre esa autopista, años. Nurit Iscar es del sur del Gran Buenos Aires, un conurbano muy diferente de ese donde se está metiendo ahora. Al conurbano sur ella regresa cada tanto a ver a sus amigos del colegio Comercial N° 2. Pero lo que ahora ve a un lado y al otro de la Panamericana, y lo que ve cuando va hacia al sur por el Camino de Cintura, es bien distinto. En los costados del Camino de Cintura hay gomerías, talleres mecánicos, piletas de obras sociales o sindicatos, una universidad, y desde hace unos años un hipermercado y hasta un driving de golf, recuerda. También recuerda que en la Panamericana había muchos hoteles alojamiento. Ya no hay tantos, o no los descubre hoy en medio del progreso que inundó una banquina y otra. Los coches que la rodean también son distintos de los que la rodearían si fuera hacia el sur del conurbano. Cuando ella se aleja hacia el sur el parque automotor envejece, aparecen autos destartalados, con alguna luz que no prende y patentes con las primeras letras del abecedario. En cambio los autos que la rodean ahora, a medida que se aleja de la capital, son cada vez más lujosos, más nuevos, con patentes que empiezan con H o I. Shoppings, cines, restaurantes, fábricas, bancos, empresas de distinto tipo, clínicas. Y ya en el ramal Pilar la sorprende el verde de las banquinas, el pasto recién cortado, la prolijidad a un lado y al otro de la ruta. Sobre la colectora, en muchos tramos todavía con calle de tierra para la que no llegó el asfalto, hay casas de decoración, casas de antigüedades, cementerios privados, agencias de autos de todas las marcas, pequeños complejos de oficinas, malls -ese invento yanqui de negocios de primera necesidad, farmacia, minimercado, quiosco, etc., para abastecer poblaciones alejadas de la ciudad-, un restaurante de sushi de la cadena que tiene un local en Puerto Madero cerca de la oficina donde trabaja su ex marido. Pensar en el sushi la llevó a su ex marido y su ex marido a sus hijos, y entonces Nurit Iscar se da cuenta de que ni Rodrigo ni Juan le contestaron el mensaje en el que ella les avisaba que se ausentaba por unos días y dónde podían encontrarla. Ya están grandes, piensa. Pero no le da consuelo.

Poco antes del peaje detecta los primeros countries. El country al que va usted no se ve desde la ruta, le dice el chofer, hay que meterse. Hay que meterse, repite ella más para sí misma que para el hombre. En algún kilómetro del ramal Pilar el auto toma una salida hacia la derecha y deja la ruta para transitar por una calle lateral, perpendicular a la Panamericana. Recorre unas cuantas cuadras, más de diez, luego dobla a la izquierda, cruza una vía que parece muerta, y después avanza otras cuadras más hasta quedar, por fin, frente a la entrada de La Maravillosa. Todavía quedan dos móviles de canales de noticias haciendo guardia. Y entonces Nurit Iscar se tiene que enfrentar con el primer problema. “Primera prueba de resistencia” la llamó cuando más tarde se lo contó a Carmen Terrada. No hay nadie en la casa que autorice el ingreso, le dice el guardia. No, claro, en la casa no hay nadie porque yo voy a ocupar la casa, le contesta ella. Pero es que nadie me dio la autorización para dejarla pasar. Mire, acá tengo las llaves, como voy a tener llaves sin autorización. No sería la primera, señora. Llame al dueño, por favor, le pide Nurit. Lo estamos llamando pero en la casa no hay nadie. Claro que no hay nadie, llámelo a otra parte, a un celular. No tenemos sus datos personales, sólo el teléfono de la casa. Okey, yo lo ubico, dice ella. Sí, como no, dice el guardia, pero por favor libere la entrada hasta que consiga la autorización. La libero, la libero, dice Nurit Iscar, y mientras el remisero se estaciona a un costado ella llama a El Tribuno, le explica a la secretaria de Rinaldi su problema y la mujer le asegura que lo arregla en seguida, que se despreocupe. Nurit Iscar baja la ventanilla y deja que el sol le pegue en la cara. Suspira. Tranquila, señora, le dice el remisero, en un ratito nos dan vía libre, hay que tenerles paciencia, siempre es así en estos lugares. Pero ella mucha paciencia no tiene y, aunque se esfuerza, se impacienta. Unos minutos después se acerca un guardia al auto. El remisero pone el motor en marcha, ahí vienen a darnos el okey, dice. Pero se equivoca. Señor, no puede estacionarse acá. Ah, ya me corro, dice el remisero. ¿Por qué?, pregunta Nurit, indicándole al hombre que la lleva, con una palmada en el hombro, que no se mueva de donde está. Porque no se puede estacionar frente a la entrada del country responde el guardia. No veo ningún cartel de Vialidad Nacional ni Provincial que diga prohibido estacionar. Es una disposición del country, señora. El remisero suspira. El country no puede disponer de lo que no es suyo, la calle es pública, señor. Son órdenes de arriba, insiste el guardia. ¿De arriba de dónde?, pregunta ella. De arriba, repite el guardia. Ella mira el cielo. Arriba no hay más que nubes, le dice. De las autoridades del country, le aclara el hombre. Explíqueles a las autoridades que el country no tiene jurisdicción sobre la calle, ni sobre mi vida, ni sobre dónde decido estacionarme mientras no esté prohibido por disposiciones de Vialidad Nacional o Provincial, insiste ella. Es que está prohibido, señora, usted no escucha lo que le digo. Me parece que el que no escucha es usted. No se enoje, dice el remisero, corro el auto y listo. No, lo detiene ella, yo de acá no me muevo. Señora, ¿no se da cuenta de que un auto estacionado frente a la puerta de un lugar como éste pone en peligro la seguridad de los socios? No, no me doy cuenta, y la que estoy en peligro soy yo delante de esa gente con armas, que ni sé si tiene permiso para portarlas. ¿Tienen permiso para portarlas? El hombre no responde. Se acerca otro guardia. El remisero insiste, corro el auto y listo, no se haga mala sangre. La calle es de todos, repite ella. Yo cumplo órdenes, dice el guardia que se acercó primero. La señora está autorizada para ingresar, dice el guardia que acaba de llegar. El remisero suspira aliviado y avanza en primera. Menos mal que éstos no le van a hacer el asado del domingo, le dice. Nurit no entiende. Si le hacen el asado, se lo escupen. Es importante saber defenderse de los abusos, le dice ella. Hay causas perdidas, le dice el remisero. Eso es cierto, reconoce Nurit. Cuando llegan a la barrera, otro guardia les pide el documento a ella y a él. Y al remisero también el registro, la cédula verde y el seguro del auto. A ella le sacan una foto con una camarita. Para que ya quede registrada y no la tengamos que volver a molestar, le dice el hombre que controla la barrera. ¿Me permite el baúl?, le dice el mismo guardia al remisero, y el remisero acciona el botón que lo abre sin moverse de su asiento. Nurit Iscar se pregunta dónde quedó el resto de la oración, dónde están las palabras que faltan, la sintaxis completa. Por qué alguien dice ¿Me permite el baúl?, y omite el verbo. ¿Cuál es ese verbo? ¿Ver, o abrir, o mirar? ¿Por qué el otro entiende y acepta? No hay verbos tácitos. Me permite el baúl podría ser, me permite llevarme el baúl, sacarle el baúl, quemarle el baúl, mearle el baúl. ¿Quién le robó esos verbos al guardia, al remisero, a los que se quedaron sin verbos y ni siquiera lo saben? ¿Por qué ese robo a nadie le importa? ¿Robar palabras no es delito? ¿Se roba sólo la palabra o también lo que nombra? Okey, dice el guardia finalmente, y pasa una tarjeta magnética por un lector que hace que la barrera se levante delante de ellos. Adelante.