El auto avanza por la calle principal. Una hilera de árboles altos a un lado y al otro ocupa una vereda que no existe. Algunas ramas se tocan arriba, en las copas. ¿Ves?, esto sí que me gusta, se dice Nurit a sí misma. Pero el placer le dura poco, porque a medida que avanza la corona de árboles se va transformando en un túnel cerrado en el que ella siente que ingresa y del que no está segura si podrá salir. Como esos niños que en los cuentos infantiles abren una puerta y se sumergen en otro mundo, o se caen en un pozo que los lleva a otro reino, o se meten en un ropero que desaparece para dar lugar a un bosque encantado. O embrujado.
El remisero llega a destino. La casa no es de las más importantes de La Maravillosa, pero sin embargo es mucho más grande, imponente y llamativa que ninguna otra que haya habitado nunca Nurit Iscar. El hombre abre el baúl, saca la valija, la deja junto a Nurit, y luego le da un comprobante de viaje para que le firme. Bueno, cualquier cosa que necesite, me llama, acá le dejo mi número, dice y le da una tarjeta de la remisería para la que el hombre trabaja. Me dijeron que todos los viajes que tenga que hacer están a cargo del diario, siempre trabajamos con El Tribuno, tienen cuenta con nosotros, así que usted quédese tranquila, me llama, y listo. Ah, perfecto, lo llamo, entonces. Eso sí, llámeme con tiempo, porque yo vivo en Lanús y llegar hasta acá me debe tomar dos horas, dos horas y media en horas pico. ¿Lanús?, repite ella. Lanús Oeste, aclara él. ¿Y qué hago si me duele la cabeza y necesito ir a una farmacia a comprar aspirinas? Yo le recomiendo que para esas emergencias pida el teléfono de una remisería de la zona en la guardia y que cuando vaya a comprar algo junte, stockee, le va a salir más barato que andar pidiendo un remís cada vez que le falta alguna cosa. Claro, dice ella, voy a stockear. El remís se va, Nurit Iscar se queda un instante allí, sobre la grava gris, con la valija en una mano, las llaves de esa casa que no le pertenece en la otra, pensando en cuántas cosas tendría que stockear para no sentir que puede caer en cualquier momento en una emergencia de esas que, ella sabe, son insalvables.
CAPÍTULO 09
A última hora de la tarde el pibe recibe el primer informe que Nurit Iscar le envía desde La Maravillosa a Rinaldi, con copia a él. Lo lee. Y siente odio. Ganas de patear algo. Levanta la vista y busca a Jaime Brena en su escritorio pero él no está ahí sino parado frente al de Karina Vives, hablando con la chica. El pibe de Policiales se dirige hacia allá. En serio, no me pasa nada, dice ella. Pero es raro que no te prendas a fumar, le contesta Brena. Es la alergia que no me deja meterme más nicotina adentro, está diciendo Karina cuando el pibe se acerca. Jaime Brena, de espaldas a él, le contesta a la mujer: No fumes si no querés, pero acompañame. Ella se niega, sabe que si sale a la vereda a fumar con Brena va a contarle de su embarazo y hoy no se levantó con ánimo como para darle ni siquiera a él, su mejor amigo dentro de la redacción de El Tribuno, la noticia. ¿Por qué ayer cuando se bañaba estaba segura de lo que quería hacer y hoy duda otra vez? Sin proponérselo, el pibe la salva: ¿Tenés un minuto?, le pregunta a Brena. Tengo, dice él, guarda la caja de Marlboro en el bolsillo de su camisa con resignación y le hace un gesto con la cabeza que indica que lo acompañe a su escritorio. La mina ya mandó su informe, le cuenta el pibe. ¿Qué mina?, pregunta Brena. La escritora que puso Rinaldi en La Maravillosa. Nurit Iscar. Sí, Nurit Iscar, confirma el pibe. Aprendete el nombre, le dice Brena. Lo sé, pero estoy caliente. ¿Qué pasa? Que la mina inventa una teoría que va a contramano con la mía y no podemos publicar mi nota al lado de la de ella porque va a parecer que somos esquizofrénicos. Y, un poco somos. En serio, yo no puedo publicar lo que manda. ¿En qué no están de acuerdo?, pregunta Jaime Brena. Ella dice, basándose en pelotudeces que escuchó en un supermercado, que la muerte de Chazarreta fue un asesinato y para mí está claro que el tipo se suicidó. ¿Por qué? Tenía el arma en la mano. Eso se planta, no es prueba suficiente. No hay signos de violencia en la casa. No siempre hay signos de violencia en un homicidio, sobre todo cuando está bien planeado. Y no hay cortes de defensa en las manos de Chazarreta. Lo pueden haber degollado mientras dormía en el sillón, con mucho alcohol encima; hasta ahora no me dijiste nada contundente. ¿Dice el informe si la mano derecha estaba llena de sangre?, pregunta Brena. Al pibe le sorprende la pregunta: No, no dice nada, ¿por? Si no dice, seguro que es porque no había sangre: Es asesinato, pibe. Varios sitios de noticias en Internet se inclinan por la hipótesis del suicidio y hay montones de tweets y retweets…, insiste el pibe de Policiales. Tuits y retuits, repite Brena. Y luego: ¿Sabés cuál es tu problema, pibe?, mucho Internet y poca calle. Un periodista policial se hace en la calle. ¿Cuántas veces te escondiste detrás de un árbol vos?, ¿cuántas veces llamaste a un testigo de un crimen o a un pariente del muerto haciéndote pasar por el comisario Fulano de Tal?, ¿cuántas veces te disfrazaste para meterte en un lugar donde no te dejaban entrar? El pibe no contesta, pero es evidente que nada hizo de lo que le pregunta Brena. Acordate, pibe, mucha calle, ser entrador y mimetizarte con la situación: vos tenés que ser el ladrón, el asesino, el muerto, el cómplice, lo que haga falta para entenderles la cabeza. Y largá un poco la computadora, tanto Google te está haciendo mal. ¿Te das cuenta de por qué los chinos lo prohíben? Internet va a ser el nuevo opio de los pueblos, la nueva religión. Vení, sentate, le dice Brena, y le ofrece su propia silla. Abre el cajón de su escritorio, agarra una vieja regla de madera de unos veinte centímetros, se pone detrás de él y apoya la regla sobre el cuello del pibe como si fuera a degollarlo pero sin hacer todavía el movimiento. El pibe se estremece cuando la regla lo toca. Brena le pregunta: ¿Cómo era el corte?, ¿paralelo al piso?, ¿hacia arriba?, ¿o hacia abajo? Paralelo al piso y sobre el final levemente hacia arriba. Lo mataron. ¿Por qué? Brena le da la regla. Degollate, le dice. El pibe lo mira sin hacer nada. Degollate, pibe, le dice otra vez. Sin demasiado convencimiento, el pibe mueve la regla de izquierda a derecha. ¿Dónde terminó tu mano? Levemente hacia abajo. Si te estuvieras desangrando sería notoriamente hacia abajo, es imposible cortarse uno mismo el cuello hacia arriba, es un movimiento antinatural, pibe. Averiguá si la mano derecha estaba llena de sangre, el primer chorro de sangre siempre va a parar ahí, a la mano que está cortando las arterias. Pero no había cortes de defensa en las manos, insiste el pibe. No importa, el tajo hacia arriba y la mano sin sangre son evidencias más contundentes, no debe haber habido cortes de defensa porque a Chazarreta no le dieron tiempo a despertarse y reaccionar. Vas a ver que cuando llegue la autopsia definitiva va a decir que había mucho alcohol en sangre, seguro estaba dormido, borracho, y hasta le pueden haber puesto algo en el whisky, un tranquilizante, por ejemplo, o varios, o un puré de tranquilizantes. Entonces la mina puede tener razón. La mina no, Nurit Iscar. Nurit Iscar, o Betibú. O Betibú, sí, ella debe tener razón; ¿tiene los datos de la autopsia preliminar que te mandé a vos? No, no se los di, pensaba guardar esa información para mi nota. Está bien, hay que ser tacaño con la información de uno, aprueba Brena. Ella se basa en comentarios de lo más pelotudos, dice el pibe, ya te dije, cosas que escuchó mientras compraba un yogur en el supermercado, por ejemplo. Ves, calle, ella encuentra en la calle, aunque no parezca, el supermercado de La Maravillosa, en este asunto, es la calle. ¿Puedo leer lo que escribió? Te lo mando a tu mail, le dice el pibe. No, pibe, imprimímelo, yo soy de la generación paper.