Unos minutos después el pibe llega con el informe de Nurit Iscar impreso y se lo entrega a Jaime Brena que, de inmediato, lee:
“Todo es calma en La Maravillosa. Uno camina por este lugar, a la sombra que dan sus árboles, oliendo el perfume de las flores y del pasto recién cortado, y puede soñar que nada malo le podría pasar estando aquí, detrás del muro. Los chicos van solos por la calle, en bicicletas, carros a batería y hasta en triciclos. La gente todavía deja las llaves puestas en los autos y las casas abiertas. No hay ruido de frenadas ni de colectivos, no hay escapes de autos que contaminen el ambiente, es muy difícil escuchar una bocina que suena si no es porque un vecino saludó a otro. Sin embargo, así como en la película Carrie, de Brian De Palma (basada en la novela de Stephen King), cuando la serenidad gana la escena y el espectador desprevenido al fin comienza a relajarse, la mano de Carrie atraviesa la tierra y sale de su tumba para agarrar a su amiga que le lleva flores, así también, en medio de una escena bucólica, la muerte irrumpe, inesperada, y esta vez termina con la vida de Pedro Chazarreta en su casa de La Maravillosa. El escenario dice una cosa y la realidad otra. La realidad ya habló hace tres años cuando apareció muerta Gloria Echagüe. Aunque por un tiempo nos quisieron hacer creer que sólo fue un lamentable accidente, la muerte de la mujer de Chazarreta no fue sino un asesinato. Como cualquier otro. Un asesino, un móvil y un muerto. Así de simple. Así de tremendo. Sólo que en un lugar donde no podía pasar. Allí no. Allí, en el mismo lugar donde tres años después, sin que todavía la justicia haya encontrado al culpable de aquel crimen, se comete otro. También una persona muere degollada. Y para agregar coincidencias y detalles que llaman la atención, digamos que esas dos personas fueron marido y mujer. Y que ese hombre fue acusado de matar a su esposa. Y que ese hombre fue sobreseído por falta de pruebas. Tal vez por eso, y por la sorpresa, y por el shock, lo primero que se escuchó en La Maravillosa, apenas se descubrió el cadáver de Pedro Chazarreta ayer por la mañana, fue que el viudo de Gloria Echagüe se había suicidado. El rumor tomaba como indicio una prueba absolutamente débiclass="underline" el cuchillo que se utilizó en el degüello estaba en su mano derecha, como si él lo hubiera empuñado. Como si. Pero ese rumor sólo podía correr de boca en boca hasta que se enfrentara conalgunos de los que más lo conocían. Amigos y relaciones aseguran que si el cuchillo estaba en su mano es porque alguien lo puso ahí. En la proveeduría de La Maravillosa, yo misma escuché a dos vecinos que mientras elegían yogures frente a la góndola de productos frescos decían uno al otro contotal convicción que la muerte de Pedro Chazarreta no fue un suicidio. Y daban sus razones. Las mismas razones que oí después en el quiosco y en el bar del house. Que no puede de ninguna manera haber sido un suicidio. Que sólo quien no lo conocía lo suficiente a Chazarreta puede creer esa versión. Ellos, quienes sí lo conocían, no necesitan esperar los resultados de la autopsia ni que se levante el secreto de sumario para confirmarlo. ¿Por qué? Lo saben, simplemente porque Pedro Chazarreta jamás habría dejado a medio jugar la copa del club, un torneo four ball de golf que se realiza en dos fines de semana consecutivos. Menos si en el primer fin de semana, tal como sucedió, él y su compañero habían hecho el mejor puntaje registrado en La Maravillosa en los diez años que tiene su cancha de golf. A nadie en este sitio repleto de árboles y que huele a flores y pasto recién cortado le importa si había un cuchillo en la mano de Chazarreta. Lo único que les importa es la certeza de que él jamás habría abandonado un four ball. Menos el más importante del club. Menos si estaba jugando como nunca. Nadie lo haría. Y él, Pedro Chazarreta, menos que nadie. Hace tres años el four ball del club coincidió con el entierro de Gloria Echagüe. Lo suspendieron una semana, y Chazarreta estuvo ahí, la semana siguiente.
Yo también, como los vecinos, descarto la hipótesis del suicidio. No sé de golf, pero sí de perfil de personajes. Si Pedro Chazarreta hubiera sido un personaje de una de mis novelas no habría pensado en Y dejó muy en claro con sus actitudes que tampoco creía que nadie merecía que él les diera una explicación. Si era así, entonces, ¿por qué suicidarse? Menos ahora que la justicia lo sobreseyó definitivamente en la causa por falta de pruebas. Menos ahora que va a ganar otra vez el torneo de golf del club. No, definitivamente, si Pedro Chazarreta fuera el personaje de una de mis novelas, no se habría suicidado. Pero entonces por qué querer hacernos creer que sí, por qué dejar el arma homicida en su mano. ¿Una broma? ¿Un error? ¿Subestimación de todos nosotros?