En el momento en que Nurit Iscar promedia su caminata hacia la entrada del country donde se aloja, Carmen Terrada se sube al auto de Paula Sibona para ir hasta La Maravillosa e instalarse el fin de semana en ese lugar para hacerle compañía a su amiga, como le prometieron. ¿Traés malla?, le pregunta Paula. Traigo, responde Carmen. Es uno de esos días de fines de marzo que se declaran de los mejores del año: sol, cielo despejado, calor pero no agobiante. Mientras tanto, Jaime Brena duerme. El pibe de Policiales lo llama, quiere combinar el horario para pasarlo a buscar. Dame una horita, pibe, que termino un asunto. El pibe está listo y sabe que el asunto es que Jaime Brena tiene todavía la almohada pegada a la cara, pero dice que no importa, que no hay apuro, que lo espera. La novia se queja de que se va a quedar todo el fin de semana sola. Voy por trabajo, contesta el pibe y enciende la computadora para hacer tiempo hasta la hora que arregló con Brena. Tipea en el buscador de Google: José de Zer. Se entera de que el barrio al que le puso nombre es Fuerte Apache -tierra de Carlos Tévez-, hasta entonces bautizado por Cacciatore, el intendente de la dictadura, como Barrio Ejército de los Andes, olvidando -o despreciando- el nombre con que lo habían bautizado sus primeros pobladores: Carlos Mugica, por el cura asesinado en 1974. En medio de un tiroteo, De Zer, sin proponérselo, borró el Ejército de los Andes de la dictadura y lo rebautizó Fuerte Apache, dándole el nombre con el que lo conocemos hasta hoy. ¡Esto parece Fuerte Apache!, gritó a cámara mientras silbaban las balas alrededor de él. Ya con esto, se merece un lugar en la historia, piensa el pibe. Hoy en el mundo lo conocen a Tévez como “El Apache” y muchos no se imaginan que se lo deben a José de Zer. Si De Zer no hubiera rebautizado el barrio, ¿cómo llamarían hoy al jugador argentino?, ¿el soldadito del Ejército de los Andes? El pibe de Policiales se entera, también gracias a Google, de que uno de los primeros trabajos que tuvo De Zer fue en la boletería de un teatro de donde lo echaron por robar. Esa anécdota forma parte de casi todas las biografías que aparecen acerca de este periodista policial, como si fuera necesario conocerla para poder completar el personaje. Y que la frase: “Seguime, Chango, seguime” se la dijo De Zer al camarógrafo Carlos “Chango” Torres, cuando seguían las luces de supuestos ovnis que habían llegado al cerro Uritorco, y que con el tiempo se supo que eran linternas apostadas por el mismo De Zer y su equipo. Seguime, Chango, seguime, y los dos fueron detrás de la luz de esas linternas. Engaños, como el muñeco inflable que tanto tiempo dio lugar a la leyenda del monstruo del lago Ness. El pibe se ríe, ¿cómo no escuchó antes esta historia de las linternas?, se pregunta. De Zer fue un adelantado, le dirá más tarde Jaime Brena cuando conversen de camino a La Maravillosa, un precursor de cada una de las linternas que encienden hoy algunos de nuestros colegas con menos gracia y más impunidad que él, arrogándose ser los paladines del periodismo y ofendidos si alguien osara compararlos con De Zer. Y le confesará que él respeta a José de Zer, a pesar de sus lados oscuros, porque invitaba a un juego que estaba claro y uno decidía si jugaba o no. Hoy esa claridad es más difícil de conseguir, pibe, se lamentará Brena, “la nuestra es una profesión donde la claridad es cada día más oscura”, podría ser una frase de De Zer.
La novia del pibe de Policiales le pregunta otra vez por qué no puede ir con ellos. Él no le contesta y marca el número de Jaime Brena. Sabe que no pasaron ni diez minutos, pero no está dispuesto a esperar tanto. Suena el teléfono de Brena, sin embargo no es el pibe de Policiales, sino el comisario Venturini que le gana de mano. ¿Y, querido, cómo vas? Bien pero pobre, contesta Brena. ¿Cuándo me invitás con ese asado que me debés?, le pregunta el comisario. Hoy estoy yendo a La Maravillosa, El Tribuno le alquiló una casa ahí a Nurit Iscar y vamos a verla con un compañero. Ah, mirá qué justo, también voy a andar por la zona, si me queda tiempo me doy una vuelta y charlamos. Cómo no, llámeme, comisario y me acerco a donde esté, confirma Brena y corta. Otra vez suena el teléfono de Jaime Brena: ¿Y?, paso en diez minutos, ¿te parece?, le pregunta el pibe de Policiales. En quince, le contesta Brena. Quiero ir con ustedes, dice la novia y el pibe de Policiales, por no oírla más, le contesta, ma sí, vení. ¿Llevo traje de baño?, pregunta la chica.
Nurit Iscar se acerca a la entrada de La Maravillosa. Unos metros antes de llegar a la barrera ya puede ver a las mujeres que esperan. Apenas sale del barrio se le acerca una, más rápida que las otras. La necesidad tiene cara de hereje, tituló hace unos días su editorial Lorenzo Rinaldi, en el que les reprochaba a ciertos gobernadores de la oposición con problemas de caja alianzas con el Presidente. ¿Necesita empleada por hora?, le pregunta la mujer que se le acerca. Nurit Iscar no lo sabe pero esa mujer rubia que le habla es aquella que gritaba en la cola el día en que Gladys Varela esperaba para entrar en La Maravillosa, ese último día que vino a trabajar, cuando un rato después encontró a Pedro Chazarreta degollado. Sí, necesito empleada por hora, le contesta Nurit, ¿podés trabajar hoy hasta media tarde y mañana el mismo horario? Lo que necesite usted, yo puedo, dice la mujer. Okey, vamos, le dice Nurit y se dirige a la entrada otra vez. Cuando van a cruzar la barrera, caminando, las detiene el guardia. ¿La señora tiene permiso de trabajo o tarjeta?, le pregunta el hombre a Nurit pero refiriéndose a la empleada. Nurit Iscar a su vez la mira como repitiendo la pregunta. No, responde la mujer incómoda. Entonces que pase a la oficina para completar los datos de ingreso y usted le firma la autorización. Cómo no, dice Nurit, y acompaña a la mujer a hacer los trámites. La mujer da su nombre, su número de documento, lo muestra, muestra su cartera -el contenido de su cartera-, le preguntan si tiene que declarar algo de lo que ingresa, ella dice que no, pero en seguida se retracta, sí, dice, el celular, y lo entrega al guardia para que él anote la marca y el modelo. El guardia carga los datos de la mujer en la computadora, algo de lo que ve en la pantalla le llama la atención, imprime el permiso, pero antes de dárselo a Nurit Iscar para que lo firme le pide a la mujer que gritaba en la cola de entrada, el mismo día en que mataron a Pedro Chazarreta, que espere afuera. La mujer lo hace. Se para del otro lado de la puerta con desconfianza. Mira hacia adentro por la ventana. Espera. El guardia la mira a Nurit Iscar y le dice: Le pedí hablar a solas, porque me aparece en la pantalla un alerta. ¿Y eso qué quiere decir?, pregunta Nurit. Que el sistema me pide que le avise que Anabella López, dice el guardia y señala con la cabeza a la mujer que está detrás de la puerta, trabajó en la casa de una vecina y socia de La Maravillosa, la señora Campolongo, ¿la conoce? No, yo no conozco a nadie acá. Bueno, la señora Campolongo pidió que se le prohíba el ingreso en el barrio, ¿me entiende? No. Que la señora Campolongo pidió que Anabella López no ingrese en La Maravillosa. ¿Y por qué? Porque la señora Campolongo tuvo un problema con López. ¿Pero eso es legal? ¿Legal qué? Le pregunto si la señora Campolongo tiene hecha alguna denuncia, si hay alguna orden judicial para impedirle el ingreso. No, es algo de cortesía, entre los socios. De cortesía. Sí, nos manejamos así, nos manejamos con el alerta en la computadora, la señora Campolongo no puede hacer la denuncia “legal”, como dice usted, porque no tiene pruebas y estas chicas en seguida se consiguen un abogado que hace un juicio interminable y, lo que es peor, impagable. Hubo una hace años que le hizo a una socia un juicio federal por impedirle el derecho constitucional al trabajo y a la libre circulación. Todavía nos acordamos todos, casi nos cuesta el puesto, nos preguntaron si la mujer había trabajado para esa socia y dijimos que sí, porque estaba en los registros, en fin, un lío. Por eso la señora Campolongo no hizo la denuncia en la policía, pero sí la hizo acá, en la guardia y control de ingreso, para que nosotros previniéramos a posibles nuevos damnificados de esta situación. Ajá, dice Nurit, ¿y cuál es “esta situación”? Que la señora Campolongo no quiere que esta mujer ingrese. Pero cuál es el motivo, aunque no esté probado. Que aparentemente Anabella López le robó. Le robó. Sí, un queso. ¿Un qué? Una horma de queso. Una horma de queso. El hombre se la queda mirando, ella también a él. Si quiere la llamamos a la señora Campolongo y ella le cuenta mejor. ¿Me cuenta cómo le robaron el queso? Le cuenta lo que usted necesite saber. Y dígame, si yo a pesar del riesgo de que esta mujer me robe un queso la quiero tomar igual, ¿ustedes me van a dejar pasar con ella o me lo van a impedir a punta de rifle? Son escopetas. Ah, a punta de escopeta, entonces. No, nosotros no le podemos impedir que usted lleve a trabajar a su casa a quien quiera, por eso que le dije de la libre circulación y el derecho al trabajo, es sólo un consejo que la señora Campolongo les da a sus vecinos. Cortesía. Sí, cortesía. Qué amable. Sí. ¿Dónde tengo que firmar? ¿Firmar qué? La autorización de trabajo. Entonces le autoriza el ingreso. Sí, total, yo queso no como. Entiendo, dice el hombre de seguridad y ya no dice más.