Cuando entran en la casa, Anabella le cuenta a Nurit que llamó Viviana Mansini para avisar que va a llegar después de comer -¿quién invitó a Viviana Mansini?, pregunta Paula- y que otra vez llamaron de la guardia: Hay una visita en la puerta que tiene que autorizar, dice la mujer y sigue cortando lechuga. Ahora llamo, contesta Nurit mientras evalúa que la cantidad de verdura ya no será suficiente: Agregá una planta más de lechuga y dos o tres tomates que se nos sumaron unos invitados, yo en seguida pido más empanadas. Nurit llama a la guardia: Sí, me dijeron que tengo que autorizar el ingreso de alguien. Ella escucha el nombre de la nueva visita. ¿Juan?, dice, sí, sí, que pase, es mi hijo. Parece que viene Juan también, no me contestan los llamados pero se caen de sorpresa. ¿Le molesta si me pongo la malla y nado un rato mientras vienen Rodrigo y los chicos?, la interrumpe Matías. No, claro, hacé tranquilo como si la casa fuera tuya, dice Nurit con cierta ironía que el amigo de su hijo no advierte. Se lo queda mirando en silencio sin agregar una palabra más como para que el chico entienda que lo mejor que puede hacer es ir y zambullirse en la pileta. Bueno, parece que hoy no estreno el natatorio, dice Paula en cuanto Matías desaparece para cambiarse. ¿Por qué?, le pregunta Nurit. ¿Viste ese cuerpo?, ¿viste esa piel?, ¿viste esa juventud?, bueno, todo eso se va a multiplicar por cinco cuando llegue Rodrigo y por no sabemos cuántos cuando llegue Juan, y yo no estoy preparada para ese contraste. Ay, dejate de joder, somos mujeres grandes, nadie espera de nosotras juventud, le dice Carmen. No, juventud no, pero sí sentido crítico, respeto por los demás y dignidad. Más que nada dignidad. En eso coincido, dice Nurit, y se recuerda a sí misma unos días atrás frente al espejo sintiéndose indigna de que Lorenzo Rinaldi vea cómo su cuerpo envejeció en estos tres años. Yo tendría que haber hecho como Greta Garbo, dice Paula, o como Mina, que se retiraron de la vida pública a tiempo. ¿Mina la de Parole, parole?, pregunta Carmen. Sí, Mina. No sabía que se había retirado. Se recluyó, la vejez nos asusta a los artistas, somos seres estéticos, almas jóvenes en cuerpos que envejecen. Y algo ególatras, agrega Carmen Terrada. Ponele el nombre que quieras, pero yo también fui una artista consagrada aunque ese chico no parezca haberme reconocido, se queja Paula, ¿se dieron cuenta de que no tiene ni idea de quién soy? Pasó por al lado mío y me ignoró como a un poste. Con más razón, metete en la pileta tranquila que el chico ni te va a mirar, le sugiere Carmen. Sí, yo sé que el riesgo es bajo, pero existe, ¿qué pasa si uno de los amigos de Rodrigo me enganchó en una película vieja en el cable, me reconoce, saca una foto y la manda a un programa de chimentos? Me meto en la pileta mañana, total los chicos no se van a quedar a dormir, ¿o sí? A mí me pareció que este tal Matías habló de “fin de semana”, dice Carmen. Las tres se miran. Paula se acerca a la ventana y, con el dedo índice y el meñique haciendo cuernitos, toca madera.
Juan no es sólo Juan, y llega en el auto que le prestó su padre. Casi lo convenzo al viejo de que venga, dice mientras saluda y ante el estupor de su madre. Trae con él a su novia -a la que Nurit no conocía hasta hoy-, a la hermana de su novia y al caniche toy de su novia. Bingo, canta Paula Sibona cuando ve el perro salticando en el jardín. No me dijiste nada que venías, le dice Nurit a su hijo mayor. Perdí el celular y no me acordaba de tu teléfono de memoria, ¿te jode que haya venido sin avisar? No, al contrario, lindo, dice ella y a pesar de la complicación que se deriva de recibir visitas inesperadas, Nurit Iscar no miente. Si siempre se queja en silencio de lo poco que los ve, su estadía en La Maravillosa ya le dio a esta altura un importante beneficio secundario. Está buena la quinta, vieja, le dice Juan mientras acerca unas reposeras para que se tumben su novia y la hermana. El caniche toy corre a ladrarle a alguien que se asoma detrás del ligustro. Un morocho con bigotes que no es Zippo, le avisa Paula a Nurit. Permiso, dice el hombre y pasa tratando de ignorar los ladridos histéricos del perro que salta a su alrededor. Bueno, la cosa mejora, dice Paula mientras Nurit se acerca a ver quién es y qué quiere. Comisario Venturini, mucho gusto, dice él, un admirador suyo y de sus novelas, señora Iscar, que espera con ansiedad la próxima. Gracias, pero ya no escribo novelas. Cómo que no escribe novelas. Por el momento, a lo mejor más adelante. Seguiré esperando, entonces, confío en que algún día volveré a tener entre mis manos una novela suya. Por los gestos parece galante el morocho, me gusta, le dice Paula a Carmen a unos metros de ellos. Ya me di cuenta de que te gusta, le contesta ella. Yo estaba en la zona, le dice el comisario Venturini a Nurit, y quedé con Jaime Brena que nos juntábamos para charlar un rato en su casa, si a usted no le molesta, claro. ¿Jaime Brena? Sí, me dijo que venía para acá. No sabía. ¿Cómo que no?, bueno, no sé…, pero delo por hecho, lo llamé hace una hora y ya estaba saliendo. Si usted lo dice, hoy ya perdí la lista de invitados, contesta Nurit con resignación y luego lo invita a pasar: Adelante, por favor. No, no se preocupe, vuelvo en un rato, tengo que darme una vuelta por la casa de Chazarreta a ver un tema con un colega. Nurit se pone alerta, le interesa mucho lo que acaba de escuchar, desde que llegó a La Maravillosa fue varias veces hasta la casa de Chazarreta pero nunca pudo pasar más allá de las cintas de plástico a rayas rojas y blancas que puso la policía el primer día, custodiadas por un hombre de la Bonaerense y por un guardia de La Maravillosa. No quiero ponerlo en un compromiso, comisario, pero ¿hay alguna posibilidad de que usted me lleve a conocer la casa? Bueno, no es lo habitual. Entiendo. Pero tratándose de usted, el comisario hace una pausa y le sonríe, yo creo que podremos encontrar la forma. Más tarde, cuando vuelvo para ver a Brena, se lo confirmo. Gracias, no sabe lo importante que será para mí. Antes de irse, el comisario Venturini dice: permiso, no quiero ser descortés con las señoras, y avanza hacia donde están las amigas de Nurit a las que saluda con un fuerte apretón de manos -usa las dos manos al saludar-, que a Carmen le molesta y a Paula la excita. Comisario Venturini, dice dos veces, mientras sostiene la mano de Carmen primero y la de Paula después. Y el “comisario” se le clava a Paula en medio del estómago y la deja muda. ¿Usted no es Paula Sibona?, le pregunta. Ella tarda unos segundos en reaccionar y luego dice: Sí, soy Paula Sibona. Pero qué emoción conocerla, usted es una de mis actrices favoritas. Me acuerdo de que la vi en esa película, cómo se llamaba… esa que usted hace de la mujer de un hombre muy poderoso… El camino de la sal… ahí me salió… El camino de la sal. El camino al salitral, corrige ella. Eso, al salitral, me encantó, repite él que todavía sigue con la mano de Paula apretada en las suyas. Bueno, me voy y vuelvo en un rato, ya tendremos tiempo de charlar un poco más, Paula, dice el comisario, ¿la puedo llamar así? Así me llamo, contesta ella. El comisario Venturini se despide de las tres y se va. Te gustó, dice Nurit. Está que arde la hija de puta, confirma Carmen. Me emocionan los hombres que te aprietan la mano con esa firmeza, y si son morochos y bigotudos, más. Pero vos no sos de conformarte con que te aprieten sólo la mano, amiga, dice Carmen. ¿Qué querés decir? Que te lo vas a cojer, traduce Nurit. Me calienta, es cierto, pero no puedo. ¿Por qué? ¿Cómo por qué?: yo hice el Conservatorio, yo fui Medea y Lady Macbeth en el Teatro San Martín, ¡yo estuve en Teatro Abierto!, ¿entienden?, no me puedo cojer a un comisario… es una cuestión ideológica. ¿Y desde cuándo lo ideológico se te mezcla con el sexo?, se ríe Carmen. Desde siempre. ¿Querés que te nombre una seguidilla de ideológicamente incorrectos que te cojiste?, pregunta Nurit. No, prefiero olvidarlos y además, en todos los casos, me enteré después: primero fue el sexo, después la ideología. Parece un tipo agradable y además lee, dice Carmen, ¿no dice que leyó todas las novelas de Nurit? No insistan chicas, con un comisario me bloqueo y no acabo, yo sé lo que les digo.