to, a veces, se le saltaban las lágrimas, aunque de bronca. ¿Y por qué aparece Irina, ahora? ¿Por qué aparece cada tanto los domingos por la tarde? Jaime Brena se sienta a una mesa, junto a la puerta. Mira a su alrededor otra vez. Nada. De pronto, un hombre sale del baño hablando por teléfono y se acomoda en otra mesa, en diagonal a él. Dice algo así como Okey, ¿me quedo tranquilo, entonces?, un último esfuerzo y terminamos. Aunque Jaime Brena más que oírlo rescata algunas sílabas y lo demás lo adivina en sus labios. Tranquilo, esfuerzo, terminamos. Brena se lo queda mirando. Es un hombre bajo, de unos cincuenta y tantos años, tal vez un poco joven para ser el hermano de Gandolfini. El hombre cierra su celular y juega con él sobre la mesa, girándolo a un lado y al otro. Usa anteojos, lleva puesta ropa de confección, cara, de buena calidad, pero algo antigua. Los pantalones de cintura demasiado alta, la camisa abrochada hasta el último botón, mocasines clásicos y una campera de sarga beige. Jaime Brena lo estudia con la mirada, el hombre se ve inquieto o hasta nervioso. Ahora saca fotos de un sobre de papel madera. Las observa una a una. ¿Será él?, se pregunta. Tiene que ser él. Esa cara le resulta conocida. Pero Jaime Brena no sabe qué cara luce Gandolfini -ni el hermano muerto ni el hermano vivo-, así que si lo conoce tiene que ser de otro lado. El hombre mira el reloj, agita las fotos en el aire como para darse viento. Jaime Brena está cada vez más seguro de que ese que está allí, en diagonal a él, es el hombre con el que se citó, pero espera un poco más, lo sigue observando, estudiando. Se da cuenta de que al hombre la misma espera lo abruma. Y así, abrumado, finalmente se para, mira a su alrededor y dice, casi grita: Soy Roberto Gandolfini, ¿alguno de ustedes me está esperando? Todos -los clientes del bar, los mozos, el cajero- lo miran como si fuera un loco y quedan alertas, detenidos en sus propias acciones, atentos a lo que el loco pueda hacer. Todos menos Jaime Brena, que también se para y dice: Sí, yo. Y avanza hacia la mesa del hombre. Permiso, ¿me puedo sentar?, pregunta. Sí, claro, siéntese, dice Gandolfini y el bar vuelve a la normalidad. Con apuro guarda las fotos en el sobre, como si todavía no estuviera seguro de si va a mostrárselas o no a ese desconocido. ¿Qué quiere tomar?, le pregunta, y Jaime Brena responde: Una lágrima. El hombre dice: Yo también, y luego sonríe y se queda esperando que Brena diga algo más. Brena lo nota y agrega: Gracias por venir. No por favor, le contesta Gandolfini, me gusta tener la oportunidad de hablar de mi hermano con alguien, fue todo tan rápido, tan inesperado. Bueno, qué accidente no lo es, dice Brena. El hombre lo mira en silencio unos segundos y recién después de una pausa algo incómoda pregunta: Pero usted no era compañero de colegio de ellos, ¿no? No me suena su apellido -el apellido del pibe de Policiales, aunque Gandolfini no lo sepa-. No, yo no fui al colegio con ellos, nos conocimos en el viaje de egresados y quedamos en contacto por un tiempo, pero no con toda la camada sino con el grupo de Chazarreta, Collazo, su hermano. Con la famosa Chacrita, dice Gandolfini. Con la famosa Chacrita, repite Jaime Brena sin saber del todo qué está diciendo. Entonces nosotros también nos conocemos de aquella época, le advierte Gandolfini. ¿En serio? Yo era ese chico insoportable que iba con ellos a todas partes, ¿no se acuerda?, incluso al viaje de egresados. Delirios de mi madre que decía que todo lo que hacía mi hermano lo tenía que hacer yo para que fuera justo, ¿usted puede creer? Un concepto de justicia bastante peculiar. Las madres, a veces, queriendo hacer un bien hacen un daño. ¿Sabe la bronca que me tenía mi hermano?, dice Gandolfini y se ríe. Lo mandan al viaje de egresados con un hermano menor y una niñera para que me cuide. Qué tremenda mi madre, qué tremenda. El hombre se queda un rato con la mirada perdida en sus manos, como si mirarlas le ayudara a recordar. Brena dice: Lamento lo de su hermano. Gandolfini hace una mueca triste, una especie de sonrisa rara, melancólica, y asiente con la cabeza. Sí, fue un accidente tremendo, llovía, a mi hermano le gustaba correr con el auto, ¿sabe? De una manera u otra, todos imaginábamos que algún día iba a morir así. El hombre saca otra vez las fotos y ahora sí se las pasa a Brena. La primera, la que inicia la pila, sospecha él, Jaime Brena, es similar a la que falta en el portarretrato de Pedro Chazarreta: seis compañeros, en un lugar montañoso, probablemente Bariloche, con una bandera del colegio sostenida entre todos: San Jerónimo Mártir. Él vio esa foto en alguna otra parte, está seguro. ¿O será un deja vú? La Chacrita, dice Jaime Brena con la foto en la mano, nunca supe por qué se hacían llamar así. El hombre mira el retrato invertido, sostenido frente a él. Tuvo suerte, se ríe Gandolfini. No entiendo, dice Brena. Nada, un chiste, aclara el hombre y vuelve a su sonrisa melancólica. Brena espera. Se hacían llamar la Chacrita porque en la chacra de los Chazarreta hacían las ceremonias de iniciación. ¿Ceremonias de iniciación?, pregunta Jaime Brena. Bueno, esas cosas que hacen las banditas de pibes para dejar ingresar a alguien, a un nuevo miembro, rituales para pertenecer, dice Gandolfini, pruebas que había que atravesar, esas cosas, pasó tanto tiempo, ya ni me acuerdo. ¿Usted era parte del grupo?, pregunta Brena. ¿De qué grupo? De la Chacrita. Ah, no, no, a mí no me dejaban. Decían que era muy chico. Yo iba a todas partes con ellos como una carga, un impuesto que tenían que pagar para que dejaran ir a mi hermano, pero no me incluían en nada; eso sí, me usaban de cadete cuando podían. Mi hermano me llevaba casi diez años. Y no éramos hijos de la misma madre. Mi padre enviudó y se casó con mi mamá. Al tiempo me tuvieron a mí. Teníamos el mismo padre pero distinta madre. Medio hermanos. Entiendo, dice Jaime Brena. Los dos se quedan en silencio otra vez. Se observan mutuamente sin disimulo. Brena se pregunta de dónde conoce a ese hombre, pero el que lo pregunta primero es Gandolfini. Le veo cara conocida, dice, ¿puede ser que lo conozca de alguna parte? Bueno, responde Jaime Brena y va directo al punto para evitar sospechas, algunos dicen que me parezco a un periodista del diario El Tribuno, me paran en la calle cada tanto porque me confunden con él. Ah, sí, es eso, usted se parece a Jaime Brena. A Jaime Brena, sí. ¿Y a usted puede ser que lo conozca de alguna parte, Gandolfini? Bueno, yo soy desarrollador de empresas, en mi estudio armamos compañías, las ponemos en funcionamiento y después las vendemos. También hacemos estudios de factibilidad, análisis de mercados nacionales e internacionales, trazamos tendencias a futuro, esas cosas, nos consultan mucho, de grandes grupos económicos, incluso algunos políticos, por eso muchas veces estuve en programas de televisión o noticieros donde me llevan a hablar sobre algún aspecto relacionado con lo que sé, con lo que es mi materia, dice el hombre con orgullo indisimulable y remata: Soy un referente en ciertos temas en este país. Temas económicos más que nada, ¿sabe? Sí, sí, ahora que me dice, lo vi en algún programa de cable. Seguramente. Otra vez los dos hombres quedan en silencio y luego Gandolfini apura la charla: ¿Por qué no me hace esas preguntas que le hizo a mi hijo?, aproveche ahora que me tiene enfrente. Bueno, nada, yo más que preguntas quería contactarme con este grupo de amigos de la juventud, saber qué fue de ellos, todo lo que pasó con la mujer de Chazarreta primero y con él después puso algunos recuerdos de aquella época en primera plana. El hombre se lo queda mirando, una mirada que asiente pero a la vez lo penetra, y luego dice: Sí, la muerte de la mujer de Chazarreta nos volvió a conectar a todos, para cuando la mataron hacía tiempo que no nos veíamos. O por lo menos, yo hacía tiempo que no los veía. A mi hermano sí, claro, no tan seguido por las ocupaciones de cada uno, pero estábamos en contacto, sabíamos el uno del otro, éramos familia. Al resto no. Y después las otras muertes, una desgracia tras otra. El hombre detiene el relato y otra vez se queda con la vista perdida en sus manos. Jaime Brena lo observa, el tiempo pasa y parece que Gandolfini no fuera consciente de cuánto rato se mantiene así, en silencio y mirándose las manos. Por fin dice: Lo que es el destino, ¿no? Sí, asiente Brena; luego señala en la foto y dice: Sobre seis amigos, tres muertos. El hombre lo corrige: Tres no, cuatro muertos. Jaime Brena se impacta con la noticia. ¿Cómo que cuatro? El hombre toma la foto y va señalando: Mi hermano en un accidente automovilístico, Chazarreta aparentemente asesinado, Bengoechea en una tonta caída mientras esquiaba y Marcos Miranda, dice y señala al hombre más alto del grupo de amigos, que acaba de morir en Estados Unidos en uno de esos absurdos ataques en los que un tipo se vuelve loco y dispara contra cualquiera que sale de un supermercado empujando un chango con sus compras. ¿Acaba de morir un amigo más? Sí, Marcos Miranda, hace un par de horas, me topé de casualidad con la noticia en la CNN. Un argentino que vivía en New Jersey desde hacía años y que era el CEO de un banco importante. ¿No oyó nada, usted? No, contesta Brena. Ya va a oír, ya va a estar en todos los diarios, es una noticia de esas que nadie se pierde. Por suerte, sólo hubo un par de heridos pero nadie de gravedad, la gente está muy loca hoy día. Sí, dice Brena, la gente está muy loca, y no sale de su asombro. O sea que los únicos dos amigos vivos son Luis Collazo y… ¿cómo es que se llama el otro que se me fue el nombre?, finge Brena. Gandolfini lo mira un instante, se rasca la cabeza como si eso lo ayudara a recordar, lo mira y luego dice: ¿Vicente Gardeu? Eso, Vicente Gardeu, contesta Brena. Gandolfini asiente varias veces con la cabeza, como si acabara de confirmar algo. Y otra vez los dos se quedan en silencio, mirándose, midiéndose, pero esta vez Brena siente que la mirada de Gandolfini cambió, levemente, apenas, pero cambió. Gandolfini busca la hora en su reloj. Bueno, si no tiene nada más que preguntar, dice y empieza a guardar las fotos. Brena lo detiene: Preguntar no, pero dígame, ¿hay alguna posibilidad de que usted me preste esta foto para yo saque una copia y luego se la devuelva? No, mire, es uno de los pocos recuerdos de mi hermano y sus amigos que me quedan, dice Gandolfini. Para mí sería muy importante, insiste Brena, me gustaría quedarme también con ese recuerdo. No es una buena foto, dice el hombre, es una foto sacada así nomás. Eso es lo de menos. No, disculpe, esta foto no, si quiere otra lo pienso, pero ésta no. Gandolfini cierra el sobre con las fotos como dando por terminado el asunto, luego mete la mano en un bolsillo interno de la campera, saca un tarjetero y le da su tarjeta personal. Por cualquier cosa, por si me quiere consultar algo por una vía más directa que el Facebook. Okey, muchas gracias, acepta Brena. Un último favor, ¿me deja ver la foto una vez más? El hombre duda, pero finalmente mete la mano en el sobre y se la da. Jaime Brena la observa como si quisiera retenerla en su memoria. Está seguro de que vio esa foto en alguna parte. Está seguro. Se maldice por su memoria que fue implacable, pero que siente que desde hace un tiempo empezó a palidecer. Gandolfini estira la mano como para que le devuelva la foto. Él se la da. Gracias, dice Jaime Brena, y déjeme que pague el café, vaya tranquilo. Me parece un trato justo, dice el hombre, usted pague el café, y se va.