Jaime Brena lo mira irse a través de la ventana. ¿Dónde vio esa foto? Saca su anotador Congreso, tacha Desconocido 1 y escribe Marcos Miranda. Tacha Desconocido 2 y escribe Vicente Gardeu. A la derecha de la flecha de Marcos Miranda escribe: muerto en ee.uu. por ataque de francotirador. Guarda otra vez el anotador Congreso en el bolsillo de su campera. Piensa en Chazarreta y sus otros muertos. Piensa en Gloria Echagüe. Piensa en lo mucho que trabajó en la noticia de la muerte de esa mujer. Piensa en él, hace unos años, reconstruyendo ese crimen, entrevistando a Chazarreta, haciendo informes incluso para la televisión. La televisión. Eso, la televisión, ahí vio la foto, en el informe que pasaron no bien mataron a Chazarreta, cuando todavía no tenían nada, ese informe en el que aparecía él, y que cerraba con una serie de fotos del matrimonio Chazarreta: fotos de Gloria Echagüe, fotos de Pedro Chazarreta, fotos de los dos juntos, fotos de cuando eran jóvenes, fotos actuales. Fotos de Gloria Echagüe con unas amigas. Fotos de Chazarreta con unos amigos. Y más fotos, pero las otras ya no le importan. Le importa sólo esa en la que Chazarreta estaba con sus amigos. Apostaría doble contra sencillo que es la misma foto. Tiene que conseguir ese tape, si no fuera domingo sería fácil, pero si llama a alguien ahora lo van a patear hasta el lunes. O hasta el martes. Se lo va a comentar al pibe de Policiales, seguro que él se las ingenia para encontrarlo en algún lugar de la red. Jaime Brena no tiene idea de dónde ni cómo, pero le tiene fe al pibe para esas cosas, mucha fe.
Por fin, deja sobre la mesa la plata que paga las dos lágrimas y sale. Mientras cruza la calle en dirección al auto del pibe de Policiales, se pregunta cuánto tiempo pasará antes de que escriba en la columna de la derecha de su anotador Congreso la causa de la muerte de Vicente Gardeu y la de Luis Collazo.
CAPÍTULO 20
El portón de entrada de La Maravillosa está cerrado a la hora en que llegan Jaime Brena y compañía: las ocho de la noche. Desde la ventanilla de ingreso, el guardia le pide al pibe de Policiales que apague las luces exteriores y encienda las de adentro del auto. Pero el pibe no entiende sus indicaciones, él sólo ve un hombre que hace gestos con la mano, abriendo y cerrando los dedos extendidos como si imitara el pico de un pato, un hombre que no levanta la barrera de ingreso ni piensa acercarse a darle explicaciones, sino que está esperando que el pibe de Policiales haga aquello que él pretende. Jaime Brena sí entiende su gesto y se lo explica: Apagá las luces de afuera y prendé las de adentro. El pibe, entonces, lo hace. Pero aun cuando él, Jaime Brena, sí entiende lo que ese guardia pide, o justamente por eso, y a pesar de que es un hombre paciente, se irrita. El método tiene para Brena la marca del abuso de poder y le recuerda otras épocas. En sus años de matrimonio discutió muchas veces con Irina acerca de lo que ella consideraba una más de sus incoherencias y contradicciones: tener paciencia y, sin embargo, irritarse con tanta rapidez. Si te irritás, hacé algo; y si vas a tomártelo con paciencia, no te irrites, se quejaba su mujer. Cuando un mosquito te pica, la piel se irrita inmediatamente, eso nada tiene que ver con la paciencia o la impaciencia, respondía él, por otra parte, si ya te picó, además de rascarte, ¿qué podés hacer? Jaime Brena era paciente entonces, cuando estaba casado con Irina, y es también paciente ahora, frente a la puerta de entrada a La Maravillosa, porque sabe que no serlo ayudará muy poco, que cualquier cosa que haga no servirá en absoluto y sólo demorará el ingreso. Aunque eso no impide que, como si lo hubiera picado una banda de mosquitos, se irrite. Cuando llegan junto a él, el guardia pregunta nombre, número de documento, número de la chapa patente, el modelo del auto y el color. ¿El color?, dice el pibe de Policiales. El color, repite el guardia. Verde, dice el pibe con tono de respuesta evidente a pregunta tonta. ¿Verde qué?, insiste el guardia. ¿Cómo?, pregunta el pibe. ¿Qué verde?, dice el hombre invirtiendo el orden de las palabras que componen la pregunta como si eso ayudara a que pueda ser entendida. Verde, vuelve a decir el pibe. Otro guardia que merodea por la zona con una escopeta apoyada sobre el hombro, se acerca y, como quien en el hipódromo pasa por lo bajo una fija para la siguiente carrera, dice: Verde Tahití. Verde Tahití, oka, agradece el guardia que registra el ingreso de las visitas mientras tipea con dos dedos en el teclado de su computadora seguramente esa palabra: Tahití. El pibe mira a sus compañeros y dice: Lo peor de todo es que esto no es joda. Ni me lo digas, responde Jaime Brena. El guardia ahora le pide al pibe el registro, el documento de identidad, el seguro del auto, el talón de pago del seguro del auto, le pide que abra el baúl y luego que abra el capot. El pibe lo hace, hace una a una cada cosa que le indica ese hombre, pero aclara: Ayer estuve acá, entré de visita en la misma casa, ya me sacaron una foto y cargaron todos estos datos en el sistema, menos el color… Sí, eso es nuevo, dice el guardia, se le habrá pasado a mi compañero. ¿Y hace falta anotar todo otra vez?, pregunta el pibe. No, no tendría que hacer falta, pero se cayó el sistema y tenemos que volcar los datos a mano. Jaime Brena se irrita un poco más. Karina Vives se ríe: Estos tipos son increíbles, no existen… ¿Vos te creés que este tipo no se da cuenta de que saber si tu auto es verde Tahití o verde musgo no sirve para una mierda?, pregunta Brena, la idea genial no es de ellos sino de los que les dan las instrucciones. Con cada nuevo asalto a un barrio privado agregan algún requisito de control que no va a servir en absoluto para evitar el próximo suceso, pero que nadie se atreve a cuestionar. Karina dice: Yo creo que tendrían que desarmar los asientos como hace la policía antidrogas, levantar las alfombras, probar el matafuego para ver si no está cargado con alguna sustancia que sirva para hacer bombas caseras, palparnos de armas, revisar mi cartera, pasarnos por el detector de metales… Dales tiempo, interrumpe Jaime Brena, ya más resignado que irritado, mientras la barrera se levanta delante de ellos y les permite, por fin, el acceso a La Maravillosa.