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¿Existe el sino trágico? Esa fuerza inmodificable a la que según los griegos se le oponía en vano la hybris, algo así como la soberbia o el orgullo insolente. En vano, porque el camino hacia lo fatal es tan incomprensible como ineludible.

¿Pero de qué está hablando esta mujer?, se preguntarán ustedes, los lectores de este diario.

Hablo del crimen de Chazarreta, sí. Y tal vez del de Gloria Echagüe. Pero sin duda hablo de las muertes de cuatro amigos de Chazarreta que sucedieron en los meses anteriores y posteriores a su muerte en accidentes de distinto tipo. O que al menos eso parecen: accidentes.

Las muertes sucesivas en grupos de personas relacionadas entre sí, y estas personas lo estaban, si no son evidentemente planeadas por uno o varios asesinos, suelen aceptarse como muertes de sino trágico. Pero que en sus vidas haya hechos trágicos no impide que detrás de esos sucesos se esconda el crimen, como una tragedia más.

Los Kennedy, por ejemplo. Una familia cuyos miembros ejercieron poder económico, político y gubernamental, nada menos que en un país como los Estados Unidos. Joseph Kennedy y Rose Fitzgerald tuvieron nueve hijos. Su hijo Joseph (Jr) murió a los 29 años piloteando un avión en la Segunda Guerra Mundial. John Fitzgerald murió asesinado a los 46 años siendo presidente de los Estados Unidos. Kathleen Agnes murió a los 28 años cuando el avión en el que viajaba se estrelló contra los Alpes franceses. Robert murió asesinado en el Hotel Ambassador de Los Ángeles a los 42 años, minutos después de ganar las elecciones primarias. También falleció trágicamente uno de los nietos del clan, el hijo de John F., John-John, al estrellarse el avión en el que viajaba cuando tenía 38 años.

Tres de los hermanos varones del clan, una de las mujeres y un nieto murieron asesinados o estrellados en aviones. ¿Se puede leer esto como una casualidad?, ¿como destino?, ¿como sino trágico? Tratamos de encontrarle explicación a la muerte y no siempre es posible. A veces no nos queda más que quedarnos en la incomodidad que provoca no entender por qué una vida llega a su fin. Hoy no sabemos aún quién mató a Gloria Echagüe. Sé que muchos de quienes lean estas líneas están convencidos de que sí lo saben, de que el asesino fue Pedro Chazarreta. Los envidio, esa seguridad los corre de la incomodidad que yo siento. Pero aunque no estemos de acuerdo en ese punto, sé que ustedes sí compartirán conmigo la ansiedad por la espera de alguna explicación que dé sentido a la muerte del mismo Chazarreta. Y yo, que tuve en mis manos una foto de sus amigos, de los cuales sólo queda uno vivo, estoy más incómoda todavía. Intento responderme también si las muertes de Luis Collazo, José Miguel Bengoechea, Arturo Gandolfini y Marcos Miranda son producto del destino, del sino trágico al que los condujo la propia hybris, o si hay detrás de esas muertes otra explicación, una explicación más humana, más terrenal, relacionada con algo tan propio del ser humano y no de los dioses, como es el crimen. Una explicación que me aterrorizaría pero que, a su vez, me sacaría de la incomodidad de que estas muertes no tengan sentido.

Jaime Brena termina de leer y piensa: Esta mina es buena. Muy buena. ¿Eso solo piensa? Y luego escribe la respuesta a su maiclass="underline" Adelante, Betibú, está muy bien. Un día de éstos te voy a invitar a comer a mi casa. Un beso. Jaime Brena.

CAPÍTULO 24

A las tres de la tarde, ya en la redacción del diario y después de haber desechado la poca información irrelevante que encontró en Google, el pibe de Policiales llama al Colegio San Jerónimo Mártir y pide por el secretario. Hay pocos datos, lo último que aparece es que Casabets administra desde hace unos años un establecimiento rural en Capilla del Señor, donde también vive. ¿Dirección, teléfono, algo?, pregunta el pibe. El establecimiento se llama “La Colmena”, es lo único concreto que aparece, pero si lo googleás seguro… Sí, sí, interrumpe el pibe, gracias.

La Colmena se presenta en su página web como una de las primeras chacras de la provincia de Buenos Aires que fueron adaptadas a finalidades turísticas: asados criollos, cabalgatas, hospedaje de fin de semana, grupos de extranjeros, eventos. En la página hay un mapa para llegar. Primero tomar la ruta 6, luego el Camino de Arroyo de la Cruz, y unos pocos kilómetros más allá del casco histórico de Capilla del Señor -asegura la página- empezarán a aparecer los carteles indicativos. Al pibe de Policiales no le cuesta convencer a Jaime Brena de que lo acompañe. Sí, poder, puedo, ya mandé mi informe y no creo que nadie me extrañe. ¿Me dejan sola?, pregunta Karina Vives cuando los ve preparándose para salir. Jaime Brena contesta con un chiste: No vayas a salir a fumar sin mí que la nuestra es una relación monogámica. Pero el pibe de Policiales no escucha el chiste de Brena porque se queda pensando en que Karina Vives lo incluyó, dijo: ¿Me dejan sola?, en plural, lo que quiere decir que le hablaba a Jaime Brena pero también a él. Y eso le gustó.

¿La invitamos a Nurit Iscar?, le pregunta Brena al pibe, cuando se están subiendo al auto, y el pibe responde que sí y la llama. Pero no la encuentra, porque mientras ellos arrancan hacia Capilla del Señor, Nurit está caminando por La Maravillosa y, una vez más, no se llevó su celular con ella. Salió distraída, pensando en que en cuanto aparezca en El Tribuno el informe que acaba de escribir ya no podrá andar por esas calles con la misma tranquilidad. Sabe que nombrar públicamente -en uno de los medios de mayor circulación- a vecinos de ese lugar, y dejar en el aire la sospecha de que tal vez sus muertes esconden algo que debería, cuanto menos, investigarse, no resultará gratuito para ella. Se pregunta si el pibe de Policiales o Jaime Brena habrán encontrado algún dato más que les permita llegar al amigo de Chazarreta que falta ubicar. El único que aún vive. O al menos eso cree, que aún vive. Le extraña que no la hayan llamado todavía. Tantea sus bolsillos buscando el celular y se da cuenta de que no lo trajo con ella. Mejor, piensa, no me va a venir mal andar un rato sin estar conectada a nada, andar incluso sin rumbo, eligiendo el camino de acuerdo con el color de los árboles, o el perfume de alguna flor, o el silencio. Se escucha a sí misma y se siente cursi. Ella siempre tuvo algo de cursi, pero antes lo disimulaba mejor. Con los años no es que se profundice lo peor de uno, sino que por fin sale a la luz. Lo que se fingía ya no se puede fingir más. Le molesta reconocerlo, pero ese lugar, La Maravillosa, le gusta. Si uno pudiera olvidarse del muro que lo rodea, de los requisitos con los que hay que cumplir para poder entrar, de la mirada de algunos vecinos, de que para comprar un antibiótico hay que hacer mínimo diez kilómetros, de que no hay transporte público ni bares en las esquinas ni teatros que funcionen cualquier día de la semana, podría decirse que La Maravillosa es un lindo lugar. En eso piensa, en todas esas cosas de las que no es tan fácil olvidarse y de por qué uno elige un camino o el otro, cuando se da cuenta de que está frente a la casa de Collazo. Le extraña que nada marque el lugar de los hechos, que nada impida el acceso como lo hacía la cinta roja alrededor de la casa de Chazarreta. Si ella quisiera podría llegar al camino de adoquines que pasa junto al árbol de donde colgaba ayer ese hombre, podría llegar al árbol mismo, a la rama exacta. Lo hace, avanza por el camino y se detiene debajo del roble, mira hacia arriba, busca los rastros de la soga que sostuvo el peso de un cuerpo sin vida, las marcas, la madera lastimada. Ahí están, la corteza descascarada, el tronco húmedo y claro, como si sudara. Se imagina a Collazo colgando justo encima de donde ella está parada en ese momento. Los pies inertes a la altura de su cabeza. Si ya no queda nadie en la casa, si no pusieron un guardia frente ella ni la rodearon con una cinta plástica, es porque dieron el caso por terminado: suicidio. Demasiado pronto. Si un día decidiera suicidarse, ella, Nurit Iscar, Betibú, jamás elegiría colgarse de un árbol. Se imagina que debe doler, colgar así, ese instante entre la vida y la muerte. Debe doler. Además no sabría hacer el nudo. Al pensar en eso, en el nudo, se acuerda de que dejó pendiente a la mujer del transportista y su Desarma los nudos. La tendría que llamar, para que no se inquiete, decirle que en un par de semanas le entrega el trabajo. Lo va a hacer. Cuando termine con sus informes. Pronto. Mira hacia la copa del roble. No, ella no elegiría colgarse de un árbol. Tampoco elegiría tirarse debajo de un tren o pegarse un tiro. Reventar el cuerpo que la cobijó de esa manera no le parece justo. Seguramente tomaría pastillas, muchas, para pasar del sueño a esa otra cosa que todos desconocemos. ¿Habrá una manera propia y singular de suicidarse reservada para cada persona? Si Collazo se hubiera suicidado, ¿se habría colgado de un árbol?