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Recorren varios kilómetros en silencio, no porque no tengan de qué hablar, sino porque no pueden. Está oscureciendo y por el espejo retrovisor el pibe de Policiales ve el sol aún encendido a punto de ponerse. ¿Cómo puede haber elegido vivir ahí?, pregunta recién cuando salen de la Panamericana y toman el camino que lleva a La Maravillosa. No sé, dice Brena, de verdad no sé. Yo tengo una teoría, confiesa el pibe, ¿puedo decir una barbaridad aunque no sea políticamente correcta? Podés, a mí me tiene harto lo políticamente correcto. A veces pienso que las mujeres están más preparadas que nosotros para pasar por algo como esto, dice el pibe, que la violación es un hecho temido por ellas, pero del que tienen conciencia. Alguien, en algún momento de sus vidas, les advirtió que un hombre puede hacerles daño, que tienen que tener cuidado, que no vayan por lugares peligrosos, oscuros, cercanos a las vías, no sé, todas esas cosas que mi mamá le decía a mi hermana y nunca a mí. A los varones no, nosotros no hablamos de esos temas, no nos pertenecen, nadie nos advierte que también pueden vejarnos, violarnos, entonces, cuando sucede, quedamos absolutamente perdidos, desarmados, muertos como le pasó a Casabets, porque lo que sucedió no podía pasar, a nosotros no, y hasta dudamos de la propia percepción: lo que pasó no pasó, es imposible, no es real. Quizá para Casabets eso, que le hayan mentido tantos años después, que le hayan hecho dudar de lo que vivió, que los que lo violaron siguieran hoy negando que lo que sucedió, sucedió, le produjo el efecto de una nueva violación. Primero violaron su cuerpo, y después su conciencia y su memoria. Y su dolor. La primera violación no la podía reparar, la segunda sí, yendo allí donde tuvo lugar la desgracia, reconociendo esas paredes, buscando testigos cómplices, mudos y fieles, recuperando los recuerdos que durante años quiso matar. Para después matarlos él, otra vez como un acto de voluntad, como decisión propia, tapiarlos detrás de una puerta y colgarle un escudo encima, un escudo que parece un corazón lastimado atravesado por un hilo de plata. El pibe se calla, Brena lo mira. ¿Dije una boludez?, pregunta el pibe. No, dijiste una verdad, y lo dijiste lindo, sentido, casi literario. Algún día vas a escribir bien, vos, pibe, si leés un poco más, algún día vas a escribir.

Cuando llegan a la puerta, no les importa el tiempo que los guardias les hacen perder ni los controles por los que tienen que pasar. Hoy no. Hoy no hay margen ni para la discusión ni para el enojo. Lo que le piden, el pibe de Policiales se lo da. Y Jaime Brena espera sin irritarse. Cuando llegan a la casa de Nurit Iscar, ella los está esperando en el camino de grava. Apenas los ve se da cuenta de que a esos hombres les pasó un camión por encima. Prepara café mientras ellos le cuentan. ¿No hay ninguna posibilidad de que el asesino sea el mismo Casabets?, pregunta Nurit. No, lo descarto totalmente, contesta Brena, creo que algo entiendo después de tantos años viendo asesinos y víctimas, y ese hombre es incapaz de matar a nadie. Además, según dijo la mujer, Casabets no se mueve de esa chacra desde hace tres años, agrega el pibe de Policiales. Parecía sincero, tanto cuando se sorprendió por la muerte de Miranda y de Collazo, como cuando no se preocupó por mostrar la más mínima tristeza por la muerte de ellos ni la de ninguno de los integrantes de ese grupo. Ahora se entiende por qué a Collazo le afectaba más que se supiera la verdad que sospechar que a él también lo iban a matar, dice Nurit. Sí, ahora se entiende, asiente Jaime Brena y le pide al pibe que saque otra vez la foto y se la muestre a ella. La clave está en esta imagen, lo vi en su cara. Casabets dice que hay una séptima persona que no vemos, y da a entender que esa persona, además de testigo de lo que le pasó, es el asesino. Nurit toma la foto y la observa con detenimiento. ¿Tenés una lupa?, pregunta Brena, a lo mejor hay un detalle que es demasiado pequeño, un pie o una mano escondido detrás de ellos. Nurit no le contesta, no sabe si en la casa hay lupa ni le importa, está atenta a lo que mira. ¿Ves algo?, pregunta Brena. Ves algo, sí, se responde a sí mismo. No es lo que veo, corrige ella, ¿no pensaron que tal vez lo que buscamos no está escondido detrás de ellos sino delante? ¿Delante dónde?, dice Jaime Brena. ¿Cómo delante?, pregunta el pibe de Policiales. Una foto es un testimonio de lo real, y el testigo es el fotógrafo. Siempre hay un fotógrafo. Ése es el séptimo hombre, dice Nurit. El fotógrafo, repite Brena. Tenemos que averiguar quién sacó esta foto, dice el pibe de Policiales, podemos insistirle a la mujer de Casabets. No hace falta preguntarle a nadie, dice Jaime Brena, yo sé quién sacó esa foto. ¿Quién?, pregunta Nurit. Roberto Gandolfini, iba con ellos a todos lados, lo usaban de che pibe, pero no pertenecía al grupo. Él sacó esa foto. ¿Estás seguro?, pregunta Nurit. Casi, contesta Brena, la madre lo obligaba a su medio hermano a que lo llevara a todas partes, incluso al viaje de egresados. Lo convirtió en una carga. ¿Sabés el cariño que le debían tener éstos a ese chico? Me imagino, dice el pibe de Policiales, él también los debe haber padecido. Estoy seguro de que estuvo también en la chacra de los Chazarreta aquella noche, dice Brena. Él es el testigo. El vengador. ¿Alcanza ese dolor, el de haber sido testigo de las barbaridades que hicieron, para matarlos a todos?, pregunta el pibe de Policiales. Qué es suficiente motivo para matar -y qué no- es una pregunta que no tiene respuesta lógica para nosotros, pibe, le contesta Brena. Que sea él explicaría además por qué todas las noticias de la muerte de Miranda en New Jersey no aparecieron sino hasta varias horas después de que él te lo contó, dice el pibe de Policiales, él lo supo antes que nadie. Lo que no entiendo es por qué dijo que el sexto amigo se llamaba Vicente Gardeu. Gandolfini sabía muy bien quién era el sexto amigo y quién era Vicente Gardeu. Estaba haciéndole una advertencia a Brena, dice Nurit, quería que si llegaba a la verdad, supiera. ¿Qué cosa?, pregunta el pibe. Con quién se estaba metiendo. Gandolfini fue a esa reunión para medirte, para ver quién es ése que anda preguntando por él y sus muertos, concluye Nurit Iscar. Ahora ella mira a Jaime Brena y le habla a éclass="underline" Quería que sepas que él sabe, quería que si por fin entendías, supieras que aquella tarde, cuando lo encontraste en el bar, él ya sabía. Sabía quién sos y por qué querías verlo. Lo que hizo fue una advertencia. O tal vez lo que quiso hacer es una guapeada, dice Jaime Brena, una manera de vanagloriarse de sus actos. Más que eso, dice Nurit, yo creo que lo que quiso hacer es amenazarte. Los tres se quedan en silencio, ninguno refuta la teoría de Nurit. ¿Cómo seguimos?, pregunta al rato el pibe de Policiales. Por ahora tenemos conjeturas, dice Jaime Brena, pero puede ser que no estemos lejos de la verdad. Gandolfini es un tipo de empresas, poderoso, tiene suficiente dinero como para pagar un sicario, o varios, él puede contratar una muerte prolija de su hermano y sus amigos, contratar a alguien que mate a cada uno de la manera que debería morir. Y si fue así, mañana vamos a confirmarlo, concluye Jaime Brena. ¿Qué pasa mañana?, pregunta el pibe de Policiales. Voy a presentarme en su oficina y le voy a contar nuestra teoría. Vos estás loco, dice Nurit, ¿acabo de decir que este tipo te amenazó y vos pensás presentarte ante él así como así? Pará, Brena, coincide el pibe, es un tipo peligroso. No conmigo, a mí por qué habría de hacerme nada. Porque sabés. No creo que le importe, si total no tenemos ni una prueba. Te advirtió aquella tarde en el bar, te amenazó, insiste Nurit. Pero no me mató, hace rato que sabe que sé y no me hizo nada, contesta Brena. No me parece sensato que te presentes ante él, a decir qué, a confirmarle qué, dice el pibe de Policiales. Jaime Brena lo interrumpe: Es mi trabajo, pibe, dice con firmeza. El pibe se ve preocupado, Nurit también. Es una locura que vayas, dice ella, te está esperando. Es mi trabajo, vuelve a decir Brena. El pibe lo mira, duda, y luego se decide y dice: No, no es tu trabajo, ahora es el mío, vos no estás más en Policiales. Jaime Brena se queda sorprendido por la respuesta del pibe. Desarmado, casi ofendido. No es que no sepa que él ya no está más en Policiales, pero en estos días junto al pibe y a Nurit Iscar había recuperado la ilusión de que, a pesar de todo, a pesar del traslado, a pesar de Rinaldi, a pesar de los tontos informes que le toca analizar y publicar, él estaba otra vez en el lugar donde quería estar. Pero no. Fue sólo una ilusión. Jaime Brena mira a Nurit Iscar que nada dice, pero es evidente que su silencio avala lo que acaba de decir el pibe, aunque sea como única alternativa para protegerlo. Niega un par de veces con la cabeza, suspira, parece que fuera a decir algo pero se interrumpe, abre su billetera, saca de allí la tarjeta que le dio unos días atrás Gandolfini, y la tira sobre la mesa. Si ahora es tu trabajo, ahí tenés la dirección, le dice al pibe, por si te atrevés. Luego guarda la billetera, se pone su saco y se despide: Que tengan suerte. ¿A dónde vas?, pregunta Nurit. A mi casa, contesta él. ¿Y cómo? Caminando hasta la puerta y ahí me pido un taxi o un remís. No seas cabrón, dice el pibe, si yo te puedo llevar. Soy cabrón, sí, dice Brena, a veces no está tan mal ser cabrón, mantiene tu dignidad a flote. Y en tiempos en que todo lo que te rodea es mierda, mantenerse a flote es importante. Jaime Brena hace el movimiento imaginario de levantar un sombrero que no tiene sobre su cabeza, esta vez sólo dedicado a Nurit Iscar, y luego sale. El pibe se queda preocupado. Yo sólo quise protegerlo, dice. Ya lo sé, contesta Betibú, y Jaime Brena también lo sabe. Lo sabe muy bien. Pero es terco y se cree inmortal, una combinación muy poco aconsejable. ¿Cómo seguimos?, pregunta otra vez el pibe de Policiales. No sé, dice Nurit, todavía no sé. Tal vez lo mejor sea que nos tomemos unas horas para pensar. Descansemos un poco y mañana después del mediodía resolvamos qué hacer. Como dijo Brena, sólo tenemos conjeturas, aunque confiemos en ellas. ¿Qué te parece? Me parece bien, dice el pibe de Policiales. Vení, dice Nurit, antes de subirte a esa ruta tomate otro café, vamos a la cocina. Nurit Iscar le indica el camino. Andá enchufando la cafetera que yo bajo las cortinas y voy, dice. El pibe asiente y sale, pero ella no hace lo que anunció. Vuelve sobre sus pasos, toma la tarjeta que Jaime Brena tiró sobre la mesa con la dirección de Gandolfini, la mira, la guarda en el bolsillo de su pantalón y, ahora sí, va a la cocina a preparar café.