CAPÍTULO 25
A las once de la mañana, el remís del diario pasa a buscar a Nurit Iscar por La Maravillosa. La noche anterior ella le había pedido que llegara más temprano, pero el hombre le recordó que vivía en Lanús y que desde allá “se hace pesado llegar”. Nurit se quedó pensando en el adjetivo que modifica al verbo: pesado llegar; se preguntó si por ser un verbo debería decirse: llegar pesadamente; o dejarlo así pero agregar un artículo: se hace pesado “el” llegar. No se decide. Mientras ella se pierde en vanas disquisiciones acerca del uso del lenguaje -cuando está nerviosa, desde chica, se concentra en el uso de las palabras para sacarse de la cabeza lo que la perturba-, el remisero insiste con lo suyo: ¿Usted sabe lo que es la avenida Pavón a esa hora? Y ella no sabe lo que es, pero se lo imagina. En realidad, a Nurit nada la apura, sólo la propia ansiedad y el temor de que el pibe de Policiales llame reclamando la tarjeta de Gandolfini que le dejó Jaime Brena y que él nunca se llevó. Le pidió a Anabella que viniera otra vez unas horas y dejara la casa impecable; le había dicho que sólo trabajaría el fin de semana pero se imagina que ella, Betibú, no estará mucho más tiempo en La Maravillosa y antes de irse quiere que todo quede en el estado en que lo encontró. Mejor aún que como lo encontró. Lleva su celular en la cartera por alguna emergencia, pero lo tiene apagado: prefiere que Jaime Brena o el pibe no la encuentren; si no, intentarán detenerla como hizo Nurit Iscar con ellos.