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Nurit ya no quiere estar allí; como puede, va hacia la puerta y la abre. En cierta forma me halagó con sus sospechas, creerme capaz de montar una empresa así, no es algo que pueda hacer cualquiera. ¿Se acuerda de las Erinias? -¿las qué?, preguntará el pibe de Policiales un rato después cuando Nurit Iscar le cuente-; sería algo así como levantar su bandera, creo que Esquilo se equivocó al transformarlas en Euménides, pasaron de ser vengadoras impiadosas a benévolas, una pena. Las Euménides respetan la ley y la justicia, no hacen justicia por mano propia, logra decir Nurit. Por eso, una pena, dice Gandolfini, ¿no le parece justo que alguien haya hecho justicia con estos hijos de puta que violaron a un amigo? Olvídese de lo políticamente correcto y dígame exactamente lo que piensa. Que usted me da miedo, eso pienso, dice Nurit Iscar y está a punto de irse pero Gandolfini la detiene una vez más: Dos últimas cosas. Ella gira la cabeza y lo mira sin soltar el picaporte de la puerta. La primera: Ni una palabra de esto a nadie, me divierte hablar con ustedes pero no quiero tener el mismo problema que tuve después de ver a Jaime Brena. Y la segundo: Maidenform, dice Gandolfini y se sonríe. ¿Cómo? Maidenform. Entonces sí, Nurit Iscar se va, casi huye. De camino al ascensor se detiene frente a la secretaria, le pregunta por el baño y hacia allí se dirige.